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(ca) Italy, Sicilia Libertaria #468 - LOS ENEMIGOS DEL PADRE. - La institucionalización religiosa de la dominación sobre las mujeres (de, en, it, pt, tr)[Traducción automática]
Date
Tue, 4 Aug 2026 07:43:17 +0300
Al explorar las raíces griegas y bíblicas del estatus de la mujer en
Occidente, emerge un hecho estructural: la cultura occidental ha
construido su estabilidad sobre la invención de la "culpa femenina". Si
en la mitología griega Pandora abre la vasija, desatando el mal en el
mundo por una curiosidad incauta, en el contexto bíblico es Eva quien
perturba el orden divino. Ambos mitos expresan su responsabilidad no
solo en el origen del sufrimiento humano, sino también en su propia
subyugación: si las mujeres son ontológicamente peligrosas o débiles, la
dominación masculina deja de ser un abuso y se convierte en una
necesidad del orden público y moral. La "ley del padre" se reviste de
sacralidad, convirtiéndose en un mandato divino irrevocable contra el
cual cualquier rebelión es, por definición, no solo un crimen, sino
sobre todo un pecado. Sin embargo, fue con el advenimiento y desarrollo
de las iglesias cristianas, tanto católicas como protestantes, que esta
"culpa mitológica" se transformó en práctica política e institucional.
Sus raíces bíblicas fueron explotadas durante siglos de dominación,
transformando la sumisión en una estructura burocrática autoritaria. En
el mundo católico, la institucionalización del patriarcado se produjo
mediante una doble maniobra: la exclusión jerárquica y la mistificación
de la figura femenina. Mientras que, por un lado, el sacerdocio se
presenta como un atributo exclusivamente masculino, reflejando la idea
de un Dios Padre que habla solo a través de sus hijos, por otro, las
mujeres reales quedan oprimidas entre el modelo negativo de la pecadora
Eva y el modelo inalcanzable de María, la Virgen Madre del Hijo de Dios.
Esta dicotomía encontró su máxima expresión en la teología escolástica,
donde teólogos como Tomás de Aquino, siguiendo a Aristóteles,
codificaron a las mujeres como «hombres fallidos» (mas occasionatus),
seres naturalmente imperfectos que requieren la guía masculina para
evitar el error. Por otro lado, la devoción mariana, lejos de elevar el
estatus de la mujer, ha sancionado su neutralización política. María es
la "esclava del Señor", una madre privada de deseo y sin voz propia,
cuyo único destino es la intercesión subordinada. El derecho confesional
y canónico se convirtieron en los nuevos tribunales donde la libertad de
la mujer se sacrificaba en el altar de la "naturaleza femenina",
definida por los teólogos varones como frágil, emocional y necesitada de
protección constante.
Con la Reforma Protestante, este control no disminuyó, sino que cambió
de forma, volviéndose más generalizado y doméstico. Mientras que el
catolicismo ofrecía el monacato como alternativa al matrimonio, aunque
separada y controlada, Lutero y Calvino clausuraron los conventos,
eliminando el único espacio para la autonomía intelectual, económica y
social de la mujer. Las mujeres fueron "liberadas" del claustro solo
para quedar permanentemente confinadas en el hogar: su santidad ya no
residía en la virginidad mística ni en el estudio, sino en la obediencia
absoluta a su esposo-pastor. El patriarcado eclesiástico se transformó
así en patriarcado doméstico, donde cada hogar se convirtió en una
pequeña iglesia con un soberano absoluto: el padre, y luego el esposo.
Las mujeres perdieron todo vestigio de espacio público, relegadas al
papel de "sacerdotisa del hogar", cuya virtud coincidía con su completa
desaparición como individuos.
A pesar de estos aparatos represivos, la historia del mundo católico
está marcada por formas, incluso radicales, de resistencia intelectual y
comunitaria que buscaban socavar el poder masculino. Si la Iglesia
intentó silenciar el pensamiento femenino, muchas mujeres respondieron
imaginando mundos alternativos. Este es el caso extraordinario de
Cristina da Pizzano, quien, en su obra La Ciudad de las Damas (1405),
invirtió la narrativa de la "culpa": partiendo precisamente de una
crítica a aquellos textos que representaban a la mujer como un error de
la naturaleza, construyó simbólicamente una ciudad fortificada donde las
mujeres educadas, activas y reflexivas pudieran vivir libres de la
violencia masculina. Junto a ella estaban las beguinas, mujeres laicas
en comunidades autónomas que dirigían hospitales y estudiaban textos
sagrados fuera del control de un marido o un sacerdote. El misticismo
también se convirtió en un arma política: figuras como Hildegarda de
Bingen y Catalina de Siena utilizaron la autoridad de la "visión" para
hablar en igualdad de condiciones con papas y emperadores, transformando
la renuncia al cuerpo y al rol social en un acto de autonomía
intelectual derivado de la inspiración divina.
Lamentablemente, la institucionalización de la culpa se transformó, a
finales de la Edad Media, en una operación sistemática de exterminio con
la caza de brujas, una verdadera guerra contra el saber femenino durante
la transición a la modernidad. Entre los siglos XV y XVII, la figura de
la «bruja» fue construida deliberadamente por juristas y teólogos para
atacar a herbolarias, parteras y curanderas, guardianas de un saber
milenario sobre los ciclos naturales, la salud y la fertilidad. Mediante
una propaganda despiadada, este saber popular, que garantizaba a las
mujeres un papel central y de autoridad en las comunidades, fue
renombrado y estigmatizado como «artes diabólicas». La acusación de
brujería sirvió para configurar un espacio social totalmente sumiso: el
miedo a ser quemada en la hoguera impuso el silencio, destruyó la
solidaridad entre las mujeres y entregó el control del cuerpo femenino
al Estado y a la medicina masculina. La «bruja» puede considerarse, por
tanto, la máxima transformación de Pandora y Eva: la mujer que,
poseedora de su propio conocimiento autónomo, amenaza el orden paterno y
debe ser borrada físicamente. Con la llegada del Estado moderno, esta
subyugación se seculariza sin perder su fuerza coercitiva. Si bien el
poder de las Iglesias parece retroceder ante la razón, su legado es
absorbido por las nuevas ciencias médicas y jurídicas. Las mujeres ya no
son «pecadoras» en sentido estricto, sino que se las define como
«histéricas» o «naturalmente frágiles». El patriarcado eclesiástico cede
el testigo al científico: la función materna se exalta como el único
destino aceptable, mientras que el espacio público sigue siendo una
prerrogativa masculina. Las Iglesias reaccionan a la modernidad
endureciendo sus límites y reconduciendo a las mujeres a su «misión
natural» en el hogar, manteniendo ese «silencio público» codificado
siglos antes por los Padres de la Iglesia y los teólogos de la Reforma.
En conclusión, queda claro que la preeminencia masculina en Occidente no
es ni un hecho biológico ni un destino ineludible, sino el resultado de
una historia violenta que ha ocultado sistemáticamente la alteridad
femenina. Cada época simplemente ha rebautizado la sumisión: lo que
antes era "la voluntad de los dioses" se convirtió en "la palabra de
Dios", luego en "naturaleza inferior" y, finalmente, en "destino
biológico". El legado de esta guerra ancestral aún pervive hoy en la
pretensión patriarcal de legislar sobre el cuerpo femenino. Sin embargo,
aunque solo en una minoría, este círculo de hierro se está rompiendo
gracias a las luchas de mujeres que se niegan a someterse al poder
masculino, identificando sus nudos e intrigas donde se han vuelto más
rígidos y asfixiantes. Si bien a menudo solo a nivel intelectual y solo
parcialmente político, las luchas de las mujeres han expuesto la
complicidad entre el dogma de las Iglesias, que expropiaba el alma, y la
violencia del Estado moderno, que secuestra el cuerpo mediante leyes
discriminatorias. Redescubrir figuras de resistencia, desde místicas
hasta "brujas", desde pensadoras medievales hasta feministas radicales,
significa reconocer que otra coexistencia siempre ha sido posible. El
futuro dependerá de la capacidad de emerger definitivamente de la
"Ciudad del Padre", restituyendo a las mujeres la soberanía absoluta
sobre su propia historia, su propio conocimiento y, sobre todo, sus
propios cuerpos, el territorio último e innegociable de la libertad.
Emanuele Amodio
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