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(ca) Italy, FAI, Umanita Nova #12-26 - Cuidado con el L.U.P.O. Catania: el Estado desaloja, la experiencia se multiplica (de, en, it, pt, tr)[Traducción automática]

Date Sun, 17 May 2026 07:08:49 +0300


Eran las 4 de la madrugada del 31 de marzo, y llovía afuera, cuando los títeres del Estado, con sus vehículos blindados pintados con símbolos de opresión, rodearon y saquearon el Laboratorio Urbano Popolare Occupato, el gimnasio del L.U.P.O. en el corazón de Catania. Más de 11 años de ocupaciones por diversos grupos y ocho días de protesta permanente por cientos de personas que, con el tiempo, demostraron solidaridad entre diferencias, afinidades, errores, victorias, amor, represión y luchas.
El L.U.P.O. no era solo un espacio físico ocupado; también podía constituir un proceso de sanación. Sí, exactamente, pero no del tipo institucional, medicalizado, jerárquico y mercantilizado, basado en fármacos psicotrópicos, tratamientos médicos obligatorios o tratamientos de belleza para ajustarse a la última moda capitalista; hablamos de una sanación radical y compartida, arraigada en las relaciones y los valores. En una sociedad que ha sistematizado la explotación performativa, el abandono y la soledad, los espacios autogestionados representan hoy una práctica alternativa concreta: lugares donde la vida se mide no en términos de productividad o velocidad, sino en términos de intensidad, conexión y posibilidad.

Mark Fisher habló de la dificultad de imaginar alternativas al capitalismo, de esa sensación asfixiante donde "no hay alternativa" se convierte en un horizonte mental incluso antes de convertirse en uno económico, el nihilismo que lleva a encerrarse en un refugio desde el que se mira con odio y miedo. Espacios como L.U.P.O. desafían precisamente esta jaula perceptiva. No porque ofrezcan un modelo perfecto, sino porque hacen visible, tangible y habitable otra organización de la vida. Son interrupciones del realismo capitalista, fisuras en las que se experimenta una sociabilidad no mediada por el mercado, sino por ideales de libertad y antiautoritarismo. Pero su fuerza no reside en su excepcionalidad, sino en su naturaleza fragmentada.

Como sugirió David Graeber, la anarquía no es un proyecto que se realizará en un futuro lejano, sino una constelación de prácticas ya existentes, diseminadas en el presente. Fragmentos de autonomía, momentos en los que las personas deciden organizarse sin jerarquías, sin imposiciones, sin esperar autorización. El cuidado, en este sentido, se convierte en el tejido conectivo de estos fragmentos: lo que les permite existir, perdurar, transformarse.

Cuidar, en estos contextos, significa muchas cosas a la vez: escuchar, apoyar, compartir recursos, crear espacios seguros, abordar conflictos sin recurrir a la autoridad. También significa fracasar, volver a empezar, aprender y levantarse. Es una práctica imperfecta, pero viva y humana. Y es precisamente esta vitalidad la que la hace incompatible con la lógica del lucro y el control. El capitalismo actual, por el contrario, vacía el cuidado de su significado, transformándolo en una actuación, en trabajo invisible o mal remunerado, en responsabilidad individual. Te dice que debes "sentirte bien" mientras destruye las condiciones materiales y relacionales para lograrlo. Aísla, viola, crea precariedad, engaña y luego medicaliza el malestar que produce para poder venderte su inútil cura.

Los espacios autogestionados invierten esta dinámica. No tratan los síntomas adaptando a las personas a un mundo enfermo, sino que intentan aunque sea por breves instantes construir micromundos menos enfermos. Son laboratorios de posibilidades, pero también refugios, redes de supervivencia, lugares donde se redistribuye la carga de la existencia. Por eso resultan tan aterradores para quienes se han rendido y para quienes desean controlar la vida de obligación; porque demuestran que la dependencia de las instituciones y del mercado no es inevitable, que podemos organizarnos, mantenernos y vivir de otra manera. Y cada vez que esta posibilidad se materializa, se vuelve urgente para quienes detentan el poder neutralizarla, eliminarla, borrarla.

Pero la cura que se creó en L.U.P.O. no se limita a sus muros. No puede limitarse. Ha pasado por las personas, se ha sedimentado en las relaciones, ha transformado percepciones y deseos. Ya está presente en otros lugares, ya circula, lista para resurgir. Y ahí reside el límite estructural de la represión y de estos desalojos absurdos de espacios ocupados que seguimos presenciando a un ritmo incesante.

Sí, claro, los monstruos del capitalismo pueden demoler con sus máquinas su propio hormigón, las casas de los palestinos en Gaza o Cisjordania, o incluso uno, dos o cien edificios ocupados aquí, pero no pueden desmantelar una práctica una vez que se ha convertido en una experiencia compartida, arraigada en el alma y el cuerpo. Pueden aislar un lugar con mil barreras, pero no pueden impedir que lo aprendido allí se reproduzca en otros contextos, de otras formas, quizás menos visibles, pero más extendidas.

Recordemos que la verdadera amenaza al orden existente no reside en el espacio ocupado en sí, sino en su capacidad para generar autonomía, para enseñar cooperación, para convertir el cuidado en una responsabilidad colectiva, para generar vida, igualdad, amor y anarquía. Cada espacio autogestionado es un fragmento de otra sociedad. No una isla paradisíaca, sino un campo de pruebas. No un modelo para replicar, sino una práctica para reinventar. Y su multiplicación no sigue una lógica lineal: se produce por propagación, por contagio, por deseo, por amor. La L.U.P.O. fue uno de esos fragmentos. ¡Ni el primero, ni el último! La L.U.P.O. fue una grieta en el sistema que permitió ver más allá de la oscuridad. Ahora existen 10, 100, 1000 grietas en cada una de esas almas, anarquistas o no, que han aprendido a ver a través de la oscuridad de la nada que avanza.

Y mientras exista siquiera una grieta en el asfalto del presente, mientras haya personas dispuestas a encontrarse al margen de la lógica del lucro, mientras el cuidado se siga practicando como un gesto político y colectivo, ningún desalojo podrá cerrar realmente lo que ya se ha abierto.

En este sentido, la demolición de espacios ocupados no es necesariamente una pérdida: también puede constituir una liberación inesperada de energía. No, no es romanticismo, es estrategia. Se rompen los contenedores, se liberan energías libres que tal vez habían permanecido concentradas en el refugio durante demasiado tiempo, reprimidas, protegidas, sedadas en la comodidad de un lugar.

Su demolición ha liberado, de hecho, anticuerpos contra esta sociedad. Anticuerpos que funcionan no como una defensa pasiva, sino como una inteligencia generalizada. Son prácticas, lenguajes y atenciones aprendidas con el tiempo que ahora circulan sin un centro, sin muros que las delimiten. Se injertan en los barrios, en las relaciones cotidianas, en los conflictos, contaminando otros espacios, otras vidas. No buscan integrarse en el sistema: lo penetran, socavándolo desde dentro. Lo que queda tras la destrucción es más peligroso para este sistema enfermo que lo que existía antes.

Como cualquier organismo vivo, el cuerpo social nunca es completamente controlable, y estos anticuerpos actúan precisamente ahí, en sus puntos débiles, impidiendo que la dominación se vuelva total, impidiendo que la adaptación se convierta en resignación. Son gestos mínimos pero radicales: una red de apoyo mutuo que emerge, una práctica compartida que se extiende, una negación que se vuelve colectiva, una práctica de escuchar sin juzgar. No hacen ruido como las excavadoras del poder, pero actúan con el tiempo, transformando lo que tocan, como el agua perenne. Y cuanto más se dispersan, más difíciles se vuelven de neutralizar, porque ya no habitan un lugar hecho de ladrillos y cemento: habitan a las personas.

Y cuando el cuidado se convierte en cuerpo, en relación y en memoria compartida, ya no se puede desalojar. Se convierte en una presencia persistente, una fuerza que resurge, se adapta y resiste. Cuando el cuidado se extiende como práctica, no pide permiso a nadie: transforma, como una poderosa explosión, todo lo que encuentra a su paso.

Mi idea de anarquía (no necesariamente un ejemplo) no se compone de ruido, bombas, gritos ni violencia; mi idea de anarquía susurra al oído. Es una idea que se multiplica en la complicidad de miradas amables y recíprocas, de abrazos y ayuda mutua, de prácticas de igualdad, pero también de deserción, sabotaje y resistencia. Mi anarquía es puro escepticismo que me permite mirar incluso aquello de lo que estoy más segura con los ojos de quien sabe que existen millones de otras posibilidades. En esta sociedad en transición que normaliza la violencia, humaniza a los monstruos y nos aísla en nuestros miedos, ¿qué hay más conflictivo que la bondad, el amor, la alegría de la complicidad en la batalla? Soy anarquista. No me interesa matar a nadie, ni siquiera a reyes o reinas; todos están ya muertos dentro de mí. Y no me interesa perder el tiempo gritando insultos a los guardias. Hace tiempo que no los veo. Así que me pregunto, ¿qué sentido tiene gritar al vacío esperando una respuesta? No sería un conflicto, sino una connivencia y un enredo.

Hoy, la L.U.P.O. ha emergido del hormigón, pero ahora está en las calles, está en el sonido disperso de esa pelota de ping-pong sobre las mesas donde antes jugaban los niños (nunca lo suficiente), está en las manos y los corazones de sus camaradas, está en sus poemas de protesta grabados en los muros de la ciudad.

El hormigón siempre es hormigón. La L.U.P.O. es libre de transformarse.

Gabriele Cammarata

https://umanitanova.org/attenti-alla-l-u-p-o-catania-lo-stato-sgombera-lesperienza-si-moltiplica/
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