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(ca) Spaine, Regeneration: El Nuevo Contrato Social en la Era Digital Neoliberalismo, Tecnocracia y la Lucha de Clases Por LIZA (en, fr, it, pt, tr)[Traducción automática]
Date
Sat, 1 Nov 2025 08:53:01 +0200
La Ilusión del Nuevo Contrato Social ---- El nuevo contrato social es
una idea que ha cobrado fuerza en los últimos años, impulsada por
organismos como el Foro Económico Mundial (WEF), la ONU y el FMI. La
premisa es clara: el mundo ha cambiado, y las estructuras económicas y
laborales que antes ofrecían estabilidad han quedado obsoletas. La
digitalización, la precarización del trabajo y la crisis climática han
desmantelado el viejo pacto social, exigiendo nuevas reglas que
garanticen seguridad y oportunidades en un contexto de incertidumbre y
transformación acelerada.
Desde el WEF se argumenta que las empresas deben asumir un papel más
activo en la construcción de una economía inclusiva, mientras que el FMI
plantea la necesidad de un modelo que combine flexibilidad con
estabilidad, permitiendo a los mercados adaptarse sin sacrificar del
todo la protección social. En el ámbito académico, autores como Otero
Iglesias y Paula Oliver Llorente han analizado cómo esta transformación
debería aplicarse en contextos europeos, buscando equilibrar
competitividad y cohesión social.
Sin embargo, detrás de esta narrativa progresista se esconde una
realidad más incómoda: el nuevo contrato social no es más que un ajuste
dentro del marco neoliberal, diseñado para preservar las estructuras de
poder bajo una apariencia de modernización y equidad. Se trata de una
estrategia para gestionar el descontento social sin desafiar realmente
los cimientos del capitalismo en crisis. Aquí es donde debemos
analizarlo desde una perspectiva revolucionaria: no como un avance, sino
como un mecanismo de contención que, lejos de emancipar a las clases
trabajadoras, refuerza su sometimiento a las lógicas del mercado y la
tecnocracia.
Tecnocracia, Extrema Derecha y la Alienación de la Clase Trabajadora
Uno de los aspectos más reveladores de la deriva tecnocrática actual es
su estrecha relación con el auge de la extrema derecha y la
consolidación del poder corporativo en la esfera política. Un ejemplo
claro fue la reciente inauguración presidencial de Donald Trump en 2025,
donde figuras clave de la élite tecnocrática estuvieron presentes,
consolidando la unión entre los intereses empresariales y el poder
estatal. El paso de multimillonarios como Elon Musk a círculos de
decisión política refuerza esta dinámica: Musk, lejos de ser solo un
empresario visionario, ha apoyado abiertamente a partidos de extrema
derecha como Alternativa para Alemania (AfD), Reform UK, Rassemblement
National (RN) en Francia y Vox en España. Su influencia no es casual,
sino parte de un entramado más amplio donde las grandes fortunas
financian proyectos reaccionarios con el objetivo de consolidar un
modelo de gobernanza donde la política responde exclusivamente a los
intereses del capital.
Las raíces de esta tendencia no son nuevas. El abuelo de Elon Musk,
Joshua N. Haldeman, fue un prominente miembro de Technocracy
Incorporated, un movimiento que en los años 30 y 40 abogaba por
reemplazar la democracia representativa con un sistema de planificación
centralizada dirigido por expertos y tecnócratas. En esencia, esta
visión despojaba a la población de cualquier capacidad de
autodeterminación, delegando todas las decisiones en una élite
ilustrada. Hoy, esta idea resurge bajo una nueva apariencia: la fusión
entre poder corporativo y Estado, promovida por figuras como Musk, Jeff
Bezos y Peter Thiel, quienes buscan reestructurar la política mundial
bajo un modelo autoritario donde la tecnología actúa como la nueva
herramienta de control y exclusión social.
En este contexto, The Thiel Network, la red de influencia de Peter
Thiel, ha desempeñado un papel clave en la expansión de las ideas
ultraliberales y autoritarias dentro de Silicon Valley y más allá. A
través de sus inversiones en empresas de datos como Palantir y su
financiamiento de figuras de extrema derecha, Thiel ha promovido un
modelo de gobernanza basado en la vigilancia masiva y la privatización
absoluta de los servicios públicos. Su visión del mundo, en la que las
grandes empresas deben reemplazar a los estados en la provisión de
bienes y servicios básicos, se alinea con el resurgimiento de una
tecnocracia digital que margina cada vez más la voluntad popular.
Otro fenómeno preocupante es el ascenso del presidente argentino Javier
Milei, quien ha abrazado una retórica ultraliberal y antiestatal,
promoviendo la idea de que el mercado debe ser el único regulador de la
vida social y económica. Su gobierno, caracterizado por una
radicalización del neoliberalismo, ha desmantelado servicios públicos
esenciales, eliminado regulaciones laborales y profundizado la
desigualdad social bajo la premisa de la "libertad económica". Sin
embargo, su discurso, lejos de representar una verdadera alternativa,
refuerza la narrativa de que la única salida a la crisis es la entrega
total del poder a los mercados, deslegitimando cualquier posibilidad de
una política colectiva de resistencia y transformación.
A este fenómeno se suma la batalla cultural que se libra en internet,
especialmente en espacios como el movimiento Red Pill, la Alt-Right y
foros reaccionarios que capitalizan el descontento de los jóvenes y los
hombres para alejarlos de la lucha de clases y la movilización política.
Estas comunidades promueven un nihilismo extremo donde se refuerza la
idea de que el sistema es inmutable, fomentando el individualismo y la
resignación en lugar de la organización colectiva. En este marco, se
establece una dicotomía falsa entre el Homo Sapiens, ser social y
político, y el Homo Economicus, individuo atomizado cuya única función
es sobrevivir dentro del mercado sin aspirar a un cambio estructural.
Esta construcción ideológica es clave para entender cómo el
neoliberalismo ha logrado vaciar de contenido la lucha de clases,
reemplazándola por una lógica de competencia individual y meritocracia
ficticia. Si el sistema es inmutable y el cambio imposible, entonces la
única opción es adaptarse o ser marginado. En este contexto, la política
se reduce a una cuestión de consumo y status, y cualquier intento de
transformación es tachado de ingenuo o peligroso.
Este panorama plantea una pregunta urgente: ¿cómo podemos contrarrestar
esta alienación y recuperar el sentido de lucha colectiva? La respuesta
no radica únicamente en rechazar estas narrativas, sino en construir
alternativas reales que permitan a los trabajadores y las nuevas
generaciones reconocerse como sujetos de cambio. Esto nos lleva
directamente al próximo punto: la redefinición de la lucha de clases en
el siglo XXI y la necesidad de reconstruir una conciencia de clase
revolucionaria capaz de enfrentar el colapso del capitalismo y la
consolidación de un modelo tecnocrático y autoritario.
La Influencia de la Tecnocracia en la Política
La tecnocracia, caracterizada por la toma de decisiones basada en
expertos y datos técnicos, ha ganado terreno en la formulación de
políticas públicas. Si bien la pericia es valiosa, su dominio puede
marginar la participación democrática y favorecer agendas que priorizan
intereses corporativos sobre el bienestar colectivo. Esta tendencia se
manifiesta en la creciente influencia de tecnócratas en organismos
internacionales y gobiernos nacionales, donde las decisiones se toman
con frecuencia sin una consulta amplia a la ciudadanía.
La Fragmentación del Trabajo y la Crisis de la Conciencia de Clase
El avance de la digitalización del trabajo, la liberalización de
sectores clave, la uberización de los servicios y la expansión del
modelo freelance han transformado profundamente la estructura laboral
bajo el capitalismo contemporáneo. Estas dinámicas han desmantelado la
noción tradicional de clase trabajadora, erosionando su capacidad
organizativa y debilitando la conciencia de clase colectiva. Como
analiza Lucien van der Walt en Black Flame, la lucha de clases en el
anarquismo revolucionario nunca ha sido estática, sino que ha debido
adaptarse a las transformaciones económicas, algo que el capitalismo
digital ha sabido explotar al máximo para disolver la solidaridad obrera
en favor del individualismo neoliberal.
El trabajo ya no se configura en torno a fábricas o centros de
producción colectivos, sino a plataformas que individualizan la
explotación. Amazon Mechanical Turk, Uber, Fiverr y otras economías de
plataforma han convertido a los trabajadores en emprendedores forzados,
sin estabilidad ni derechos laborales. Como señala Zoé Baker, esta
transformación no solo ha precarizado el empleo, sino que ha despojado a
los trabajadores de una identidad colectiva, fragmentando la
resistencia. A esto se suma la creciente facilidad con la que ciertos
trabajadores acceden a salarios altos sin poseer medios de producción,
reforzando la alienación y promoviendo la ideología meritocrática. Esta
falsa movilidad social sirve para disuadir la organización
revolucionaria, alimentando la idea de que el éxito individual es
alcanzable sin una transformación estructural del sistema.
La desaparición de espacios de trabajo tradicionales ha modificado la
relación de las personas con la economía y la política. En un entorno
donde la estabilidad laboral es una excepción y la competencia
individual la norma, la confianza en el Estado y en el mercado ha
colapsado. Este sentimiento de desprotección ha sido instrumentalizado
por el neoliberalismo y la extrema derecha, que canalizan el descontento
hacia respuestas reaccionarias y autoritarias. Como señalaba Erich
Mühsam en sus escritos sobre la insurrección bávara, la fragmentación de
la clase trabajadora es una estrategia deliberada del capital para
prevenir su organización y lucha colectiva. Para Mühsam, la
auto-organización revolucionaria era el único camino viable para romper
con la alienación impuesta por el capitalismo.
A nivel urbano, la plataformización de la vida cotidiana ha convertido
cada aspecto de la existencia en una mercancía regulada por algoritmos.
La creciente dependencia de aplicaciones para acceder a servicios
esenciales refuerza la atomización social y el control corporativo,
alienando a los trabajadores y despojándolos de un sentido de lucha
compartida. Como advierte Gabriel Kuhn, la dominación capitalista no
solo se reproduce en las fábricas o en la legislación estatal, sino
también en la cultura, los hábitos cotidianos y la dependencia
tecnológica, elementos que se han vuelto clave en la modernización del
capitalismo neoliberal.
De la Fragmentación a la Organización Revolucionaria
Para contrarrestar esta tendencia, es necesario transformar los espacios
de alienación en espacios pre-revolucionarios que acumulen la fuerza
social necesaria para la ruptura con el orden burgués y capitalista.
Como explicaba Bakunin, la organización revolucionaria debe surgir en el
corazón mismo del sistema, socavando su estabilidad desde dentro. No
basta con crear islas de autonomía, sino que es necesario convertirlas
en estructuras que desestabilicen el sistema y generen posibilidades
reales de insurrección.
Uno de los campos de batalla más urgentes es el espacio digital. La
resistencia no puede limitarse a la crítica externa de las plataformas
digitales; es crucial desplegar tácticas de sabotaje digital, como la
manipulación de algoritmos para socavar su eficiencia, la generación de
costos internos a las empresas que explotan a los trabajadores y la
difusión masiva de información que revele sus mecanismos de explotación.
La acción directa en el ciberespacio, combinada con la organización en
el mundo real, es esencial para des-legitimar y colapsar la
infraestructura del capitalismo digital.
Desde el interior de estas plataformas, los trabajadores pueden aplicar
estrategias de subversión que vayan más allá de la simple protesta. Se
pueden formar redes clandestinas de resistencia dentro de empresas
tecnológicas para filtrar información, ralentizar procesos productivos y
socavar la eficiencia del sistema desde dentro. Tal como planteaba Anton
Pannekoek, el control obrero no debe limitarse a la autogestión de
fábricas, sino extenderse a todos los sectores donde la explotación se
esconde bajo la promesa de flexibilidad y autonomía.
Adaptando la Lucha de Clases a la Realidad Contemporánea
La fragmentación del trabajo y la disolución de la identidad de clase
han obligado a repensar la estrategia revolucionaria. Si antes la lucha
de clases se expresaba en fábricas y sindicatos, hoy se enfrenta a una
atomización que ha disuelto la noción de comunidad obrera y ha
incentivado la competencia entre la clase trabajadora. Esta dispersión
ha llevado a la sustitución del antagonismo de clase por una lógica de
supervivencia individualizada, donde la explotación se esconde detrás
del discurso de la flexibilidad y el emprendimiento. Como advierte Zoé
Baker, el capitalismo digital ha sabido apropiarse del lenguaje de la
autonomía para desactivar la posibilidad de organización colectiva.
Para superar esta barrera, es imprescindible construir nuevas formas de
organización que integren la realidad de la clase trabajadora dispersos
y precarizados en torno a un proyecto revolucionario común. La
autodefensa laboral no puede limitarse a la reivindicación de derechos
dentro del sistema, sino que debe apuntar a la construcción de redes de
apoyo mutuo que permitan la autosuficiencia y la resistencia colectiva.
Esto significa desarrollar estructuras descentralizadas de solidaridad
que faciliten la subsistencia sin depender de las condiciones impuestas
por el capital. La idea de los sindicatos tradicionales debe
transformarse en federaciones de trabajadores de plataformas, redes de
cooperación de freelancers y organizaciones de economía alternativa que,
desde una práctica horizontal, debiliten el control del capital sobre la
vida cotidiana.
El sabotaje digital, más que una herramienta de resistencia, debe
convertirse en un arma ofensiva contra la acumulación capitalista. La
manipulación de algoritmos para socavar la rentabilidad de las grandes
plataformas, la desestabilización de sistemas que facilitan la
explotación y la filtración de información clave para exponer las
lógicas de explotación, pueden actuar como tácticas de desgaste que
empujen al capital a una crisis interna. Como señala Gabriel Kuhn, la
lucha no puede limitarse a reaccionar ante la explotación, sino que debe
pasar a la ofensiva, desestabilizando los mecanismos de control y
acumulación.
Además, la batalla cultural es fundamental en la reconstrucción de la
conciencia de clase. Mientras el neoliberalismo ha promovido la
hiperindividualización, es necesario contrarrestarlo con la producción
de discursos y espacios que revaloricen la cooperación y la acción
colectiva. Esto implica disputar el sentido común de la sociedad a
través de la creación de contenidos radicales en plataformas digitales,
la construcción de medios de comunicación alternativos y el desarrollo
de narrativas que desmonten la ideología del éxito individual. Nathan
Jun señala que la cultura no es solo un reflejo de la estructura
económica, sino un campo de batalla donde se pueden generar las
condiciones subjetivas para la revolución.
Finalmente, el desafío central es coordinar todas estas estrategias
dentro de una acción revolucionaria coherente. La adaptación de la lucha
de clases a la realidad contemporánea no debe ser un ejercicio de
reformismo, sino un proceso de acumulación de fuerzas que conduzca a la
destrucción del capitalismo. Para ello, es necesario integrar la lucha
digital con la acción directa en el mundo real, combinando sabotaje,
autogestión y organización de base en una estrategia que, lejos de
buscar concesiones dentro del sistema, apunte directamente a su colapso.
Esta adaptación estratégica nos lleva al siguiente punto: Estrategias
para Superar las Limitaciones y Contrarrestar las Influencias
Capitalistas, donde se profundizarán las tácticas concretas para
articular una lucha revolucionaria eficaz en el contexto del capitalismo
digital y la fragmentación del trabajo.
Estrategias para Superar las Limitaciones y Contrarrestar las
Influencias Capitalistas
Para enfrentar la fragmentación de la clase trabajadora y las nuevas
formas de explotación en el capitalismo digital, es esencial desarrollar
una estrategia revolucionaria que no solo erosione el poder del Estado y
del capitalismo, sino que los supere y los torne irrelevantes. La lucha
debe ir más allá de la resistencia pasiva o la simple autogestión de
espacios autónomos, traduciendo las tácticas en acciones que allanen el
camino hacia una transformación estructural profunda de la sociedad.
Sin embargo, esta estrategia no puede reducirse únicamente a la economía
digital. Cada sector presenta una composición y coyuntura distinta, lo
que exige tácticas adaptadas a su realidad específica. Algunos sectores,
como la industria y la construcción, dependen más de la infraestructura
física y la producción material, mientras que otros, como los servicios
y la tecnología, han sido altamente digitalizados. La clave es encontrar
las formas de radicalizar las demandas en cada espacio de lucha,
utilizando la combinación de acción directa, organización y presión
política para convertir reivindicaciones parciales en plataformas de
transformación revolucionaria.
A continuación, se presentan una serie de tácticas clave dentro de esta
estrategia más amplia:
Organización y Federación de Trabajadores en la Economía Digital y
Sectores Claves
El sindicalismo tradicional puede resultar insuficiente para abordar la
precarización laboral en la economía digital y en otros sectores
estratégicos. Es necesario articular federaciones descentralizadas de
trabajadores que operen de manera abierta, siempre que la coyuntura lo
permita, facilitando la coordinación de huelgas digitales, sabotajes
estructurales y bloqueos de infraestructuras empresariales. La creación
de cooperativas tecnológicas autogestionadas también es esencial para
disminuir la dependencia del capital en sectores altamente digitalizados.
Análisis de Sectores Clave en la Economía Española para la Lucha de
Clases Revolucionaria
Para orientar eficazmente la lucha de clases hacia una transformación
estructural profunda de la sociedad, es crucial identificar los sectores
económicos más influyentes en la economía española. Según datos
recientes, los sectores con mayor peso en el Producto Interior Bruto
(PIB) de España son:
Servicios: Representan aproximadamente el 74,6% del PIB, con
sub-sectores clave como el turismo, que por sí solo aporta un 12,3% al
PIB. La relevancia del sector servicios sugiere que las acciones
dirigidas hacia trabajadores de hostelería, comercio y transporte pueden
tener un impacto significativo. La organización en este sector debe
enfocarse en la radicalización de demandas de los trabajadores. Los
sub-sectores con más importancia son:
Comercio: Incluye actividades de venta al por mayor y al por menor,
desempeñando un papel crucial en la distribución de bienes y servicios
en todo el país.
Transporte y almacenamiento: Este sub-sector abarca el transporte
terrestre, marítimo y aéreo, así como actividades de almacenamiento y
logística, facilitando el movimiento eficiente de mercancías y personas.
Hostelería y turismo: Comprende servicios de alojamiento, restauración y
actividades relacionadas con el ocio y el entretenimiento, siendo
fundamental para la economía española debido a la afluencia constante de
turistas.
Industria: Contribuye con un 17,4% al PIB. Destacan las industrias
tecnológicas, farmacéutica y de transporte, que han mostrado resiliencia
y crecimiento. La organización de la clase trabajadora en estos sectores
puede afectar directamente la producción y distribución de bienes
esenciales, combinando huelgas con tácticas de presión interna para
forzar cambios estructurales.
Construcción: Aporta un 5,4% al PIB. Dada su importancia en el
desarrollo de infraestructuras, la movilización en este sector puede
influir en proyectos clave y en la economía en general. Aquí, la toma y
autogestión de proyectos comunitarios puede convertirse en una
estrategia viable.
Agricultura: Aunque representa un 2,6% del PIB, es fundamental para la
soberanía alimentaria. Acciones en este sector pueden destacar la
dependencia del sistema capitalista de los recursos naturales y la
producción básica. Estrategias como la ocupación de tierras y la
autogestión agraria pueden servir como plataformas de lucha.
Sabotaje Digital y Disrupción de Infraestructuras Clave
El sabotaje es una herramienta poderosa en la lucha de clases. En el
contexto digital, esto implica tácticas accesibles para cualquier
trabajador, desde aquellos en sectores clave hasta pequeñas acciones
individuales sin riesgo:
Acciones colectivas dentro de infraestructuras críticas: trabajadores de
telecomunicaciones pueden ralentizar la resolución de problemas en redes
de datos estratégicas; empleados de grandes corporaciones tecnológicas
pueden filtrar información clave sobre sus políticas laborales o
prácticas monopolísticas.
Interferencia en plataformas digitales: los trabajadores de comercio
electrónico pueden manipular reseñas o calificaciones para socavar la
imagen pública de empresas explotadoras. También se pueden organizar
campañas de falsas solicitudes de productos o servicios para sobrecargar
los sistemas de gestión.
Boicot coordinado de herramientas digitales: los trabajadores pueden
negarse a usar ciertos softwares o aplicaciones esenciales para la
acumulación de datos y control corporativo. Esto puede complementarse
con el desarrollo y promoción de alternativas de código abierto y
autogestionadas.
Interrupción de la logística corporativa: los empleados en centros de
distribución y transporte pueden ralentizar el procesamiento de pedidos,
provocando pérdidas económicas sin exponerse a represalias directas.
Estas tácticas no requieren una infraestructura clandestina ni un
conocimiento técnico avanzado, sino una organización efectiva y la
capacidad de actuar estratégicamente dentro de las empresas y
plataformas digitales.
2. Reapropiación de Recursos y Construcción de Economías Alternativas
Combatir el capitalismo requiere la construcción de estructuras
paralelas que puedan reemplazarlo. La expropiación digital, entendida
como la redistribución de recursos a través de la liberación de software
propietario y la creación de plataformas de intercambio autónomas, es
una forma concreta de debilitar el mercado y fortalecer la autogestión.
Simultáneamente, la consolidación de redes de economía solidaria, como
bancos de tiempo y sistemas de producción cooperativa, permite reducir
la dependencia del trabajo asalariado.
3. Propaganda y Contrapoder Cultural
El control ideológico del capital se refuerza mediante la propaganda
mediática y la hegemonía cultural. Para contrarrestarlo, es necesario
generar medios de comunicación alternativos, desde publicaciones
digitales hasta redes de información descentralizadas que difundan una
visión revolucionaria de la lucha de clases. La infiltración en espacios
culturales y la subversión de la narrativa capitalista dentro de las
propias plataformas digitales son tácticas que deben combinarse con la
producción de contenido radical que desafíe el sentido común establecido.
4. Acción Directa y Bloqueos Económicos
Además del sabotaje digital, la acción directa en el mundo físico sigue
siendo indispensable. Bloqueos de infraestructuras clave, interrupción
del suministro a grandes empresas y ocupación de espacios productivos
pueden paralizar la acumulación capitalista y generar crisis económicas
que precipiten la necesidad de alternativas autogestionadas. Estas
tácticas deben coordinarse con redes de apoyo mutuo para asegurar la
resistencia a la represión estatal.
5. Autodefensa Colectiva y Resistencia a la Represión
El Estado y el capital probablemente responderán con violencia a
cualquier intento de desestabilización. Por ello, es fundamental
desarrollar estrategias de autodefensa colectiva, que incluyan desde
protocolos de seguridad digital hasta estructuras de protección física
en espacios organizativos. La formación en seguridad informática y la
capacidad de anonimización en la comunicación revolucionaria son
esenciales para garantizar la continuidad de la lucha sin filtraciones
ni vigilancia masiva.
Una Nueva Articulación de la Lucha de Clases
El "Nuevo Contrato Social" no es más que una estrategia para gestionar
la crisis del capitalismo sin transformarlo. Bajo la retórica de
inclusión digital y modernización, se oculta una mayor precarización y
fragmentación de la clase trabajadora, reforzando la competencia
individual y desmovilizando la acción colectiva.
La tecnocracia ha desplazado la política hacia el dominio de
corporaciones y expertos, lo que ha sido aprovechado por la extrema
derecha para desviar el descontento hacia conflictos identitarios. La
digitalización y la uberización del trabajo han debilitado las formas
tradicionales de organización, erosionando la conciencia de clase. Sin
embargo, esta fragmentación puede convertirse en una oportunidad para
reconstruir la lucha revolucionaria.
Para superar el capitalismo, es necesario combinar organización,
sabotaje y autogestión. La articulación de trabajadores en sectores
clave, la radicalización de sus demandas y la recuperación de recursos
deben integrarse en una estrategia que apunte no solo a la resistencia,
sino a la creación de una sociedad anarcocomunista. La pregunta clave
sigue en pie: ¿cómo pasar de la resistencia a la revolución? La
respuesta radica en la capacidad de articular la lucha en múltiples
frentes, con acción directa y construcción de alternativas reales.
Don Diego de la Vega, militante de Liza, Plataforma Anarquista de Madrid
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