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(ca) Spaine, Regeneracion - La igualdad contra el mundo viejo --- La Conjura de los Iguales de 1796 y los límites de la Revolución Francesa. Por LIZA (de, en, fr, it, pt, tr)[Traducción automática]

Date Thu, 15 Oct 2026 08:40:16 +0300


Todos los agentes de producción y de fabricación trabajarán para el almacén común y cada uno enviará a él el producto en especie de su actividad individual. Los agentes de distribución, por su parte, que ya no estarán establecidos por cuenta propia, sino por la de la gran familia, harán refluir hacia cada ciudadano su parte igual y variada de la masa íntegra de productos de toda la asociación. Carta de François Babeuf el 28 de julio de 1795 sobre «el gran objetivo fraternal»
Índice
* De 1789 a la Convención: la Revolución Francesa y los límites de la igualdad burguesa
* Babeuf y la Conjura de los Iguales: cuando la revolución pensó que sí había un más allá
* Del babuvismo a la tradición revolucionaria moderna
* Mujeres, colonialismo y memoria revolucionaria
* La memoria de los derrotados y el hilo rojo de la historia

En mayo de 1796, mientras la Revolución Francesa comenzaba a fosilizarse bajo el peso de una nueva burguesía triunfante, un reducido núcleo de revolucionarios decidió llevar hasta sus últimas consecuencias un proceso de transformación que estaba estremeciendo a Europa. Si la monarquía había caído, si los privilegios feudales habían sido abolidos y si el pueblo había irrumpido en la historia con una fuerza desconocida, ¿por qué entonces persistían el hambre, la miseria y la desigualdad? ¿Por qué la libertad proclamada en los grandes salones y clubes de la Revolución parecía detenerse ante la tribuna de la propiedad privada y la riqueza de unos pocos?

La llamada Conjura de los Iguales -organizada alrededor de François Babeuf y otros militantes revolucionarios- representó uno de los primeros intentos modernos de formular políticamente una igualdad social radical. No se trataba todavía del comunismo tal y como se desarrollaría a lo largo del siglo XIX, ni de un movimiento proletario en sentido estricto. La clase obrera industrial apenas comenzaba a fraguarse y las categorías políticas del socialismo científico posterior eran aún inexistentes. Sin embargo, en aquel movimiento derrotado y perseguido aparecieron intuiciones, prácticas organizativas y horizontes igualitarios que influirían profundamente en las corrientes revolucionarias posteriores.

La Conjura de los Iguales fue una advertencia temprana lanzada contra el nuevo orden nacido de la propia Revolución Francesa. Allí donde la burguesía veía el final del proceso revolucionario, Babeuf y sus compañeros percibían apenas el comienzo de unos cambios que debían ir hasta la raíz. En las calles hambrientas de París, entre antiguos sans-culottesperseguidos, trabajadores urbanos, pequeños artesanos y soldados desmovilizados, sobrevivía la convicción de que la igualdad política carecía de sentido sin igualdad material. Aquella idea, todavía embrionaria y contradictoria, recorrería las décadas posteriores como una corriente subterránea hasta desembocar en las revoluciones obreras del siglo XIX, la Comuna de París y las múltiples tradiciones socialistas y libertarias.

Hablar hoy de la Conjura de los Iguales no implica proyectar artificialmente el comunismo moderno sobre el siglo XVIII. Debemos superar las miradas ahistóricas, y significa, más bien, reconocer cómo los movimientos populares revolucionarios fueron el resultado de desarrollar herramientas políticas cada vez más avanzadas para enfrentarse a la dominación. Y también comprender que las luchas por la igualdad nunca surgieron de ideas abstractas, sino de la experiencia concreta de las clases explotadas enfrentándose al hambre, la represión y la injusticia.

De 1789 a la Convención: la Revolución Francesa y los límites de la igualdad burguesa
La Revolución Francesa estalló en 1789 como una ruptura histórica de dimensiones gigantescas, iniciando un nuevo periodo en Europa. El Antiguo Régimen francés, sostenido sobre la monarquía absoluta, los privilegios aristocráticos y la desigualdad estamental, comenzaba a desmoronarse bajo el peso de una profunda crisis económica, fiscal y social. El ascenso de una burguesía enriquecida, la difusión de las ideas ilustradas y la miseria creciente de las clases populares terminaron por abrir una grieta irreversible.

La toma de la Bastilla el 14 de julio de 1789 simbolizó algo más que el asalto a una prisión de la nobleza: fue la irrupción directa del pueblo como sujeto activo en la historia política moderna. Campesinos que incendiaban archivos feudales, multitudes urbanas armadas, mujeres marchando sobre Versalles para exigir pan, clubes políticos y periódicos revolucionarios multiplicándose por todo París. La Revolución Francesa no fue únicamente una transformación institucional; fue una gigantesca movilización popular que alteró la vida cotidiana, el régimen estructural y cuestionó todas las jerarquías heredadas.

La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano proclamó principios enormemente avanzados para su época: libertad, soberanía popular, igualdad jurídica. Sin embargo, aquella igualdad nacía atravesada por límites profundos. La propiedad privada aparecía como un derecho «inviolable y sagrado», mientras el sufragio censitario dejaba fuera de la vida política a buena parte de las clases populares. La libertad revolucionaria tenía todavía un fuerte contenido dominador burgués.

Precisamente por ello, desde el seno mismo de la Revolución comenzaron a surgir corrientes que empujaban el proceso mucho más allá de esos límites de igualdad burguesa. Los sans-culottes parisinos -pequeños artesanos, trabajadores urbanos y sectores populares radicalizados- exigían controles sobre los precios, medidas contra el acaparamiento y una democracia mucho más directa. Figuras como Jacques Roux y los enragés denunciaban abiertamente que «la libertad es un fantasma cuando una clase de hombres puede matar de hambre a otra».

Jean-Paul Marat, desde las páginas de la publicación periódica L'Ami du Peuple, articuló una de las críticas más feroces contra las élites revolucionarias moderadas y defendió la legitimidad de la intervención popular directa frente a las conspiraciones aristocráticas. El jacobinismo más radical, especialmente durante el periodo del Comité de Salvación Pública, introdujo medidas sociales avanzadas para su tiempo: limitación de precios, redistribución parcial de bienes, educación pública o abolición formal de la esclavitud en las colonias en 1794.

Pero incluso las alas más avanzadas del jacobinismo seguían moviéndose dentro de una revolución que, en términos históricos, respondía principalmente al ascenso de la burguesía. La igualdad social plena todavía no aparecía formulada de manera explícita. Los sectores populares radicalizados intuían el problema, pero carecían aún de una teoría y una organización capaces de romper definitivamente con el marco liberal emergente.

La caída de Robespierre y Saint-Just en 1794 y el inicio de la reacción termidoriana marcaron un giro decisivo. La burguesía revolucionaria, ahora aterrorizada ante la presión popular, comenzó a desmontar muchas de las conquistas sociales impulsadas durante ese periodo jacobino. Los clubes populares fueron clausurados, los antiguos sans-culottes perseguidos y la miseria volvió a extenderse sobre París. El Directorio inauguró una etapa de corrupción, represión y restauración del orden social controlado. Fue precisamente en ese contexto de derrota y hambre donde germinaría la Conjura de los Iguales.

Babeuf y la Conjura de los Iguales: cuando la revolución pensó que sí había un más allá
François-Noël Babeuf había nacido en 1760 en una familia humilde de Picardía, al noreste francés. Antes de la Revolución trabajó como agrimensor (técnico que medía tierras) y conoció de primera mano las profundas desigualdades rurales del sistema feudal. Aquella experiencia marcaría profundamente su pensamiento político. Durante los años revolucionarios adoptó el nombre de «Gracchus» Babeuf, en referencia a los tribunos romanos reformistas, y desarrolló una intensa actividad periodística y organizativa.

A diferencia de muchos revolucionarios burgueses, Babeuf comprendió tempranamente que la igualdad jurídica resultaba insuficiente si no se transformaban las condiciones materiales de existencia. Sus periódicos denunciaban la acumulación de riqueza, la especulación y el abandono del pueblo pobre tras la caída jacobina. Para Babeuf, la Revolución había sido traicionada.

En torno a él comenzó a articularse una red clandestina compuesta por antiguos jacobinos radicales, sans-culottes perseguidos, soldados descontentos y milicias populares. Entre ellos destacaría Sylvain Maréchal, poeta y filósofo ateo, encargado de redactar el célebre Manifiesto de los Iguales. El texto constituye uno de los documentos políticos más radicales de toda la Revolución Francesa:

«Ya no queremos igualdad escrita en una tabla de derechos; la queremos bajo el techo de nuestras casas.»

Aquellas palabras condensaban una ruptura decisiva. La igualdad dejaba de entenderse únicamente como un principio jurídico abstracto para convertirse en una cuestión material y social. El manifiesto denunciaba abiertamente la propiedad privada concentrada y planteaba la necesidad de una comunidad de bienes orientada al bienestar y mejora colectiva.

La conspiración comenzó a organizarse en la clandestinidad durante 1795 y 1796. Se apoyaba en redes populares que sobrevivían a la represión termidoriana: antiguos clubes revolucionarios, círculos gremiales y obreros urbanos y espacios de sociabilidad política donde seguían circulando periódicos y panfletos igualitarios. La experiencia revolucionaria había dejado tras de sí una cultura política popular enormemente rica, encontrando un punto de no retorno. Aunque derrotados, los sectores radicales seguían organizándose.

La conspiración de los Iguales combinaba propaganda, trabajo estratégico y preparación insurreccional. Pretendían derribar el Directorio e instaurar una república igualitaria basada en formas colectivas de organización económica y política. Sus planteamientos eran todavía ambiguos en muchos aspectos y arrastraban elementos autoritarios heredados del jacobinismo, pero señalaban claramente una dirección inédita: la subordinación de la propiedad privada al interés colectivo.

El proyecto incluía elementos extraordinariamente avanzados para su tiempo: derecho universal a la subsistencia, distribución colectiva de recursos, crítica de la acumulación privada y cuestionamiento del privilegio económico. En una Europa dominada todavía por monarquías absolutas y estructuras feudales, aquellas ideas aparecían como una amenaza intolerable; un fantasma comenzaba a asomar su luz emancipadora por el continente europeo.

La represión no tardó en llegar. La conspiración fue filtrada por informadores policiales y desarticulada antes de poder desencadenar la insurrección prevista. En mayo de 1796 comenzaron las detenciones masivas. Babeuf y numerosos compañeros fueron encarcelados y sometidos a juicio.

El proceso judicial buscó presentar a los Iguales como fanáticos sanguinarios enemigos de la civilización. La prensa conservadora agitó el miedo al caos y al reparto de bienes. En realidad, el Directorio comprendía perfectamente el peligro político que representaban aquellas ideas en un contexto de hambre y descontento popular creciente. Babeuf fue ejecutado en 1797 junto a Augustin Darthé. Según varios testimonios, intentó suicidarse antes de subir al cadalso. La conspiración había sido derrotada, pero su memoria comenzaba precisamente entonces a adquirir una dimensión histórica mucho mayor.

Porque lo verdaderamente importante no fue la capacidad militar de los Iguales -limitada y fácilmente aplastada-, sino el horizonte político que abrieron. La Revolución Francesa había demostrado que era posible destruir el Antiguo Régimen; Babeuf planteaba que también podía cuestionarse la desigualdad social producida por la nueva sociedad burguesa.

Del babuvismo a la tradición revolucionaria moderna
La derrota de la Conjura de los Iguales no supuso la desaparición de sus ideas. Filippo Buonarroti, uno de los supervivientes de la conspiración, condenado a la deportación, desempeñaría un papel fundamental transmitiendo aquella experiencia a generaciones posteriores de revolucionarios europeos. Su obra sobre Babeuf y la conspiración circuló clandestinamente durante décadas e influyó sobre corrientes republicanas radicales, socialistas y comunistas.

El babuvismo funcionó así como un puente histórico entre la radicalización popular de la Revolución Francesa y las futuras organizaciones obreras del siglo XIX. Auguste Blanqui heredaría muchos de sus elementos conspirativos y organizativos, mientras distintos socialismos utópicos recogerían la crítica igualitaria a la propiedad privada.

No obstante, el desarrollo posterior del movimiento obrero también implicaría importantes superaciones. El proletariado industrial surgido de la expansión capitalista introduciría nuevas formas de lucha colectiva: sindicatos, asociaciones obreras, internacionalismo y la aspiración a una organización de masas. Allí donde Babeuf actuaba todavía sobre una composición social heterogénea y preindustrial, el movimiento obrero posterior se apoyaría sobre una clase trabajadora cada vez más definida como sujeto político.

Desde una perspectiva comunista libertaria, la experiencia de los Iguales resulta especialmente interesante por varios motivos. En primer lugar, porque demuestra que las aspiraciones de igualdad material no nacen únicamente de elaboraciones teóricas posteriores, sino de experiencias concretas de autoorganización popular frente a la miseria y la opresión.

En segundo lugar, porque evidencia la importancia de la organización revolucionaria en todos sus frentes. La Conjura de los Iguales no fue un mero estallido espontáneo ni una explosión desesperada de violencia sin horizonte político. Existía una elaboración ideológica, una red militante, mecanismos clandestinos y voluntad estratégica de superar acciones meramente espontáneas desde un trono de poder con inclinación popular. Incluso con todas sus limitaciones históricas, aquel movimiento comprendía ya que la transformación revolucionaria requiere organización, coordinación y construcción política sostenida.

Al mismo tiempo, la experiencia babuvista permite observar algunos de los peligros heredados del jacobinismo: tendencias centralizadoras, excesiva confianza en minorías conspirativas y limitada capacidad para desarrollar formas amplias de autoorganización popular permanente. La tradición libertaria posterior insistirá precisamente en superar esos límites mediante estructuras federativas, democracia directa y protagonismo independiente de las clases explotadas con un programa propio.

La Comuna de París de 1871 recogería parte de ese aprendizaje histórico. Allí reaparecieron muchos de los elementos anticipados por las corrientes revolucionarias francesas anteriores: autogobierno popular, socialización material, protagonismo obrero y defensa armada de la revolución. Pero también aparecerían ya formas mucho más desarrolladas de organización popular y participación colectiva.

La historia revolucionaria nunca avanza en línea recta. Cada generación hereda experiencias incompletas, derrotas y contradicciones. La Conjura de los Iguales fue una de esas derrotas fértiles que, aun aplastadas, continúan alimentando las luchas posteriores.

Mujeres, colonialismo y memoria revolucionaria
La Revolución Francesa no fue únicamente protagonizada por grandes dirigentes hombres ni por los salones políticos más conocidos. Las mujeres trabajadoras desempeñaron un papel decisivo desde el comienzo del proceso revolucionario: marchas por el pan, organización barrial, agitación política, participación en clubes y defensa de las insurrecciones populares.

Figuras como Olympe de Gouges denunciaron tempranamente la exclusión política femenina mediante la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana. Pero más allá de las figuras conocidas, existió toda una trama de mujeres populares organizadas que sostuvieron buena parte de la vida política revolucionaria en los barrios y mercados parisinos.

Muchas de aquellas mujeres participaron también en las corrientes más radicales de la Revolución. Los sectores termidorianos comprendieron rápidamente el peligro que representaba esa participación política popular femenina y clausuraron los clubes de mujeres tras la caída jacobina. La restauración del orden burgués necesitaba también reconstruir las jerarquías patriarcales.

La propia Conjura de los Iguales se desarrolló en un contexto donde las mujeres revolucionarias continuaban desempeñando tareas organizativas, propagandísticas y de apoyo clandestino, aunque invisibilizadas posteriormente por gran parte de la historiografía tradicional.

Del mismo modo, la cuestión colonial atravesó profundamente las contradicciones de la Revolución Francesa. Mientras en París se proclamaban derechos universales, las colonias francesas continuaban sosteniéndose sobre la esclavitud y la explotación racial. Fueron las rebeliones de las personas esclavizadas, especialmente en Saint-Domingue -la futura Haití-, las que empujaron realmente el proceso abolicionista.

La Revolución Haitiana, encabezada por esclavos negros sublevados, constituye probablemente una de las expresiones más radicales del universalismo revolucionario de la época. Allí, los principios de libertad e igualdad fueron llevados mucho más lejos de lo que la burguesía francesa y colonial estaba dispuesta a aceptar.

Aunque Babeuf y los Iguales no desarrollaron una teoría anticolonial moderna, sus planteamientos igualitarios formaban parte de una corriente política que chocaba frontalmente con las jerarquías raciales y económicas necesarias para sostener el sistema colonial. La abolición de la esclavitud de 1794 -posteriormente revertida por Napoleón- fue impulsada tanto por la presión de las insurrecciones negras como por los sectores revolucionarios más radicales.

El legado cultural de la Conjura de los Iguales sobrevivió durante décadas en periódicos clandestinos, sociedades secretas, círculos obreros y memorias militantes. Babeuf se convirtió en una figura simbólica para múltiples generaciones revolucionarias posteriores: socialistas, comunistas, republicanos radicales y anarquistas discutirían críticamente su herencia.

Porque, más allá de sus limitaciones históricas, la experiencia de los Iguales planteó una pregunta que seguiría recorriendo toda la modernidad capitalista: ¿qué significa realmente la igualdad en una sociedad dividida entre ricos y pobres?

La memoria de los derrotados y el hilo rojo de la historia
La Conjura de los Iguales fue derrotada militarmente. Sus dirigentes fueron encarcelados, ejecutados o condenados al exilio. La reacción termidoriana y posteriormente el ascenso napoleónico parecieron cerrar el ciclo revolucionario abierto en 1789. Sin embargo, las derrotas revolucionarias rara vez desaparecen del todo. Permanecen como memoria, aprendizaje y experiencia acumulada de las clases oprimidas.

Existe un hilo histórico que conecta a quienes, en distintas épocas, se enfrentaron al orden dominante buscando ampliar los márgenes de libertad e igualdad. No se trata de construir genealogías artificiales ni de convertir a Babeuf en un «proto-comunista» fuera de su tiempo histórico. Se trata de comprender cómo las luchas populares van dejando tras de sí experiencias políticas, intuiciones organizativas y ejemplos de coraje colectivo que atraviesan generaciones.

En tiempos donde el capitalismo pretende reducir toda posibilidad de transformación a la gestión resignada de nuestra miseria, recuperar estas experiencias históricas resulta también una forma de combate político. La memoria obrera y revolucionaria no es nostalgia: es un terreno de disputa sobre qué futuros queremos construir.

La Conjura de los Iguales recuerda que incluso en momentos de derrota pueden surgir movimientos capaces de cuestionar profundamente el orden existente. Que la igualdad nunca fue una concesión generosa de las élites, sino una conquista arrancada mediante organización, conflicto y compromiso colectivo.

Y quizá ahí resida una de las lecciones más valiosas de aquella experiencia: frente al espontaneísmo sin horizonte, frente a la desesperación convertida en gesto aislado o frente a las salidas individualistas que ofrece el sistema, los movimientos revolucionarios que dejaron huella fueron aquellos capaces de construir organización popular sostenida, arraigo social y voluntad estratégica.

Porque quienes subieron al cadalso en 1797 no luchaban únicamente por sí mismos. Formaban parte de esa larga cadena de hombres y mujeres anónimos que, generación tras generación, se negaron en la historia a aceptar que la desigualdad fuese el destino inevitable de la humanidad.

Ángel Malatesta, militante de Liza.

https://regeneracionlibertaria.org/2026/09/15/la-igualdad-contra-el-mundo-viejo/
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