A - I n f o s

a multi-lingual news service by, for, and about anarchists **
News in all languages
Last 40 posts (Homepage) Last two weeks' posts Our archives of old posts

The last 100 posts, according to language
Greek_ 中文 Chinese_ Castellano_ Catalan_ Deutsch_ Nederlands_ English_ Français_ Italiano_ Polski_ Português_ Russkyi_ Suomi_ Svenska_ Türkçe_ _The.Supplement

The First Few Lines of The Last 10 posts in:
Castellano_ Deutsch_ Nederlands_ English_ Français_ Italiano_ Polski_ Português_ Russkyi_ Suomi_ Svenska_ Türkçe_
First few lines of all posts of last 24 hours | of past 30 days | of 2002 | of 2003 | of 2004 | of 2005 | of 2006 | of 2007 | of 2008 | of 2009 | of 2010 | of 2011 | of 2012 | of 2013 | of 2014 | of 2015 | of 2016 | of 2017 | of 2018 | of 2019 | of 2020 | of 2021 | of 2022 | of 2023 | of 2024 | of 2025 | of 2026

Syndication Of A-Infos - including RDF - How to Syndicate A-Infos
Subscribe to the a-infos newsgroups

(ca) Spaine, Regeneracion - Recomponer la Vanguardia (de, en, fr, it, pt, tr)[Traducción automática]

Date Sun, 2 Aug 2026 08:06:40 +0300


Si partimos de lo que tenemos delante no de lo que desearíamos, ni de lo que dicen los textos, sino de la experiencia concreta el panorama es reconocible: militantes dispersos, espacios políticos que piensan y elaboran, y al mismo tiempo una clase trabajadora que resiste como puede, que en ocasiones entra en conflicto, pero sin continuidad ni vertebración estable. No es una ausencia total de movimiento, pero tampoco es un movimiento capaz de sostenerse, ampliarse y reconocerse como tal. Y, sin embargo, este no es un problema nuevo. La historia reciente del movimiento obrero está atravesada por esta misma dificultad: la ruptura entre la capacidad de lucha de la clase y la capacidad de sus destacamentos para organizarla de forma duradera1.

Por eso, antes de responder a cuáles son nuestras tareas, conviene preguntarse desde dónde estamos pensando. Porque, cuando ante esta situación nos preguntamos qué hacemos entonces, tendemos inmediatamente a plantearnos ¿nos volcamos en construir organización estable en el seno de las luchas inmediatas de nuestra clase? ¿O priorizamos la construcción de una organización de vanguardia capaz de dotar de dirección a ese movimiento? ¿Hacemos ambas? Y la pregunta parece sensata. Pero precisamente por eso, hay que detenerse: si la planteamos así, como una disyuntiva entre tareas separadas que compaginar, partimos ya de un marco equivocado.

Para abordar esta cuestión, tenemos que hacer balance. Este es el punto de partida. Pero el resultado de este ejercicio no puede consistir en ordenar tareas como si fueran compartimentos estancos. El riesgo no está solo en refugiarse en el pasado o en sustituir la práctica por el análisis, sino en algo más profundo: asumir sin cuestionar un modo fragmentado de ver la realidad. Y ahí es donde aparece el empirismo: cuando tomamos por separadas cosas que en la práctica solo existen como momentos de un mismo proceso. Sin esa ruptura, toda práctica queda condenada a moverse dentro de los límites que pretende superar.

Y lo cierto es que el empirismo está operando cuando aceptamos, casi sin darnos cuenta, que por un lado estaría la construcción de la vanguardia y por otro la evolución del movimiento de masas. Sin embargo, si miramos de nuevo con un poco más de detenimiento, lo que encontramos no son dos procesos paralelos que se entrecruzan, sino un mismo proceso que aparece desarticulado: destacamentos que elaboran sin capacidad de arrastre real, y una clase que se mueve sin capacidad de continuidad ni generalización.

Para que este balance sea efectivo y no se quede en la superficie, es imprescindible asumir la necesidad de una profunda formación teórica. No se trata de un lujo académico, sino de una exigencia práctica para romper con la inmediatez y el empirismo que paralizan. La formación teórica es la herramienta que permite trascender la experiencia parcial e inmediata y conectar las luchas actuales con el desarrollo histórico de nuestra clase.

Es en esta formación donde se articula el balance histórico en su totalidad. Entender la realidad no puede limitarse a lo que tenemos delante, sino que exige comprender el proceso completo los avances, los retrocesos, las rupturas y las continuidades de la clase trabajadora como sujeto histórico. Solo al abordar este marco de la totalidad podemos armar una lectura estratégica de nuestro presente; de lo contrario, nuestra lectura de la realidad será miope y la práctica quedará condenada a repetir errores. La formación teórica y el balance histórico, por lo tanto, son imprescindibles para guiar la estrategia y proyectar una práctica que no solo resista, sino que transforme.

El problema, entonces, no es solo qué hacer, sino desde dónde estamos pensando lo que hacemos. Porque cuando la realidad se percibe como fragmentada, las respuestas tienden a organizarse también de forma fragmentaria. Y ahí es donde necesitamos romper esa visión mecánica para analizar el problema desde el prisma de la totalidad. En ese momento, el balance deja de ser un ejercicio de erudición para convertirse en guía para la acción: o comprendemos el desajuste entre vanguardia y masas como la expresión de un único proceso desarticulado, o seguiremos reproduciendo la fragmentación en nuestra propia práctica.

De ahí que la respuesta más extendida aunque rara vez formulada con todas sus consecuencias consista en aceptar esa separación y tratar de gestionarla: construir organización por un lado, «estar en la clase» por otro, e interviniendo cuando es posible. También, aquí conviene detenernos un poco más. Porque, ¿qué significa exactamente «estar en la clase»? ¿Basta con estar en espacios amplios, con tener presencia, con dirigirse a sectores más o menos extensos? Si la intervención no se da en el movimiento real de la clase en sus conflictos inmediatos, en sus intentos de organizarse, en los procesos concretos donde la clase anula y supera el estado actual de las cosas esa presencia se queda en superficie. Y una presencia en superficie no recompone nada: acompaña, observa o comenta, pero no transforma.

Pero incluso esto no es suficiente. Porque no se trata solo de estar ahí donde la clase se mueve, sino de cómo se interviene en ese movimiento. Sin una práctica capaz de conectar esos conflictos parciales entre sí, de extraer de ellos una experiencia común y de proyectarlos más allá de su inmediatez, lo que queda es una sucesión de luchas que empiezan y terminan sin dejar tras de sí una forma más desarrollada de organización. Y entonces el problema reaparece bajo otra forma: por un lado, organización que se reproduce a sí misma sin capacidad de articular fuerza social; por otro, luchas surgen, pero no logran conectarse, acumular experiencia ni proyectarse más allá de lo inmediato. La separación entre priorizar la vanguardia o la organización de masas estable no resuelve nada: solo administra el bloqueo.

Si el problema está en cómo estamos separando lo que en la realidad aparece unido, entonces la tarea no puede ser simplemente «equilibra» ambas partes, sino repensarlas desde su relación. Porque, la vanguardia y las masas no son dos sujetos distintos que se encuentran desde fuera, sino dos momentos dialécticos de un mismo proceso de organización de la clase. Dicho de otro modo: la vanguardia no se construye previamente para después intervenir; solo existe en la medida en que logra organizar, conectar y proyectar el movimiento real de la clase. Y, a la inversa, ese movimiento que percibimos como fragmentario no es una ausencia de sujeto: es una forma todavía dispersa de la propia organización de la clase. Planteado así, el problema deja de ser cómo relacionar dos cosas separadas, y pasa a ser cómo desarrollar un único proceso que hoy se nos aparece escindido.

Pensar la organización política y la organización de masas como dos objetos distintos obliga a una operación imposible: imaginar una vanguardia ya constituida, cerrada sobre sí misma, que luego vendría a relacionarse con una clase exterior a ella. Pero entonces aparece la pregunta que deshace la ficción: ¿de dónde sale esa vanguardia, si no es del mismo movimiento de clase que pretende organizar? ¿Qué otra materia política podría nutrirla, qué otra experiencia podría darle forma, si no es la lucha real, contradictoria y desigual de la propia clase? En cuanto se lleva esa pregunta hasta el final, la separación se derrumba por sí sola. La vanguardia no precede a la organización de masas como un sujeto acabado; emerge de ella, la condensa y la devuelve ampliada. Y la organización de masas tampoco espera pasivamente una dirección exterior: en su propio despliegue ya produce embriones de conciencia, de disciplina, de iniciativa y de programa. Separarlas es tratar como dos cosas lo que solo existe como un mismo proceso en distintos grados de desarrollo.

Por eso la idea de «relacionar» ambas cosas es, en el fondo, un paso falso. Porque si realmente fueran dos objetos separados, la relación entre ellos siempre tendría que explicarse desde fuera: mediación, enlace, influencia, dirección. Pero eso ya presupone lo que pretendía demostrar, a saber, que existe un polo capaz de organizar y otro que debe ser organizado. La realidad, sin embargo, no se deja dividir así. La vanguardia solo existe como el momento más concentrado de la autoorganización de la clase, y la organización de masas solo alcanza su potencia histórica cuando ese movimiento disperso empieza a tomar forma consciente. No son dos entidades que se encuentran; son dos caras de una misma construcción, que solo se hace real cuando la clase empieza a organizarse a sí misma en una escala superior. Por eso la separación, que no la diferenciación, no aclara nada: al contrario, oscurece el proceso, lo fragmenta y nos obliga a pensar como externos a lo que en verdad somos parte activa.

Esto obliga a desplazar también cómo entendemos cada uno de esos momentos. Porque la vanguardia, si es algo más que una autodefinición, no puede medirse por su grado de coherencia interna ni por su capacidad de elaborar en abstracto. Su realidad se juega en otro terreno: en su capacidad de insertarse en los puntos donde la clase entra en contradicción, de intervenir en los procesos donde esa contradicción se organiza, y de hacer que lo que aparece como conflicto aislado pueda empezar a reconocerse como parte de algo más amplio. No se trata, por tanto, de «estar en la clase» en un sentido genérico, sino de formar parte activa de su movimiento real: allí donde se lucha, donde se intenta organizar, donde se abren y se cierran posibilidades. Fuera de ese terreno, lo que queda es una vanguardia que se afirma como tal, pero que no puede verificarse en la práctica.

Al mismo tiempo, ese movimiento real de la clase tampoco puede pensarse como una pura espontaneidad que, en algún momento, alcanzará por sí sola una forma superior. La experiencia histórica muestra lo contrario: que las luchas surgen, sí, que se organizan parcialmente, también, pero que tienden a agotarse, a aislarse o a ser absorbidas si no logran conectar entre sí y dotarse de continuidad. Pero esa limitación no se supera desde fuera. No se resuelve esperando el momento adecuado ni aplicando esquemas prefabricados. Se resuelve en el propio desarrollo de esas luchas, en la medida en que incorporan elementos que las hacen avanzar: más organización, más conciencia de conjunto, más capacidad de decisión colectiva.

Ahí es donde se juega la función de la vanguardia, no como algo externo que dirige, sino como un momento interno que empuja ese desarrollo hacia un horizonte eminentemente político. Pero que nadie se confunda: insertar la organización política en la lucha de clases no es utilizar al sindicato como una mera correa de transmisión para nutrir al Partido, ni manipular asambleas para imponer una línea dictada desde fuera. Eso no es vanguardia, es parasitismo burocrático. Dicho de otro modo, solo la vanguardia actúa como vanguardia cuando logra articular la lucha en torno a la emancipación de la clase trabajadora.

Por eso, separar la construcción de la vanguardia de la construcción de organización de masas no es solo un error de enfoque: es una forma de bloquear ambas. Porque una vanguardia que no se construye en ese proceso, queda reducida a una estructura que se reproduce a sí misma, sin capacidad de incidir en la realidad que pretende transformar. Y, a la inversa, unas luchas que no logran articularse más allá de lo inmediato quedan condenadas a empezar de nuevo una y otra vez, sin articularse con fuerza real tras cada repliegue. La consecuencia es conocida: por un lado, organización sin arraigo; por otro, conflicto sin continuidad. Y entre ambos, un vacío que no se llena con voluntad, sino con práctica.

Pero si este es el problema, entonces también lo es cualquier práctica que reduzca la intervención a la gestión de lo inmediato. Porque la lucha por las condiciones inmediatas, por sí sola, no se transforma automáticamente en lucha política. Puede incluso agotarse en su propia repetición si no logra superar su aislamiento. De lo que se trata, por tanto, no es solo de organizar conflictos, sino de organizarlos de tal manera que se conviertan en experiencia acumulada, en capacidad colectiva, en comprensión más amplia de la posición que ocupa la clase en el conjunto de la sociedad. Ahí es donde la elaboración teórica deja de ser un momento separado para convertirse en una necesidad interna de la práctica: no como discurso que se añade desde fuera, sino como síntesis de lo que las propias luchas contienen de forma dispersa.

Sin embargo, comprender esta profunda unión entre nuestro trabajo y la vida del movimiento obrero no debe llevarnos al viejo error de disolver nuestra organización específica en el sindicato. El sindicato agrupa a los explotados por el mero hecho de serlo; nuestra organización, en cambio, agrupa a quienes ya tienen una voluntad consciente de destruir el sistema. Precisamos mantener nuestra estricta autonomía ideológica para no ser arrastrados por la inercia de las luchas cotidianas, para no terminar condenados a mendigar unas migajas más al patrón.

Nuestro objetivo, el horizonte político hacia el que empujamos, no es un convenio un poco menos miserable. Es la expropiación definitiva de los medios de producción y la liquidación del Estado con la consecuente abolición de la sociedad de clases.

Creer que el sindicato, por su mero crecimiento cuantitativo y la inercia de la huelga, resolverá por sí solo el problema del poder político y la liquidación del Estado es un espejismo que la historia ya nos ha cobrado con sangre, de forma paradigmática, tras las jornadas de mayo del 37.

Para trazar el camino hacia esa meta material, los anarquistas necesitamos un programa revolucionario claro. Un programa que no se limite a grandes consignas, sino que defina los pasos, las reivindicaciones de ruptura y la estrategia de choque contra el capital.

Pero sabemos bien que la revolución no se decreta desde un despacho y que un programa es letra muerta si no cuenta con un método para encarnarse en la clase. No somos pastores que deban guiar a un rebaño ciego, ni nuestro programa es una lista de órdenes para una masa pasiva. Si el pueblo no se emancipa por su propia fuerza y voluntad, la revolución será una farsa.

Nuestras ideas y nuestro programa solo toman cuerpo cuando el militante se funde en las luchas de sus compañeros. Nuestra labor no es mandar, sino utilizar nuestras herramientas históricas para forjar una cultura proletaria de combate en cada huelga, en cada asamblea y en cada conflicto. ¿Y cuáles son estas herramientas? La acción directa, para que los problemas los resuelvan los propios interesados sin delegar en políticos ni burócratas; la democracia directa y el federalismo, para estructurar la fuerza de la clase desde la base; y el ejercicio constante de la solidaridad.

Estas prácticas no son el programa en sí mismo, sino herramientas mediante las cuales demostramos en la práctica que los trabajadores somos perfectamente capaces de gestionar la producción y la vida social sin necesidad de amos.

Es precisamente esta exigencia práctica la que determina la relación entre nuestro destacamento y el conjunto del movimiento obrero. Una organización específica aislada de la clase trabajadora es estéril; pero una masa desprovista de cultura revolucionaria cae fácilmente víctima de los reformistas, oportunistas y burócratas. Solo caminando juntos, siendo nosotros la levadura que fermenta en el interior de la masa, abriremos el camino.

Si asumimos esto hasta el final, entonces hay una consecuencia que no se puede esquivar: no se puede esperar. No se puede esperar a que la lucha de clases «aparezca» para entonces intervenir, ni a que las condiciones «maduren» para que la vanguardia encuentre su lugar. Pero, ¿qué significa exactamente esperar? Significa, en la práctica, desplazar la tarea hacia un futuro indeterminado, como si el desarrollo del conflicto fuera un proceso ajeno a nuestra propia actividad.

Sin embargo, la realidad es otra: las condiciones materiales no son un dato externo que solo se contempla, sino algo que también se produce. Se producen en la medida en que hay intervención, organización, conflicto sostenido.

Y, si esto es así, entonces la recomposición de la vanguardia no puede plantearse como una fase previa, separada, que se resuelve en el plano teórico para después «aplicarse» sobre la realidad. Se juega, necesariamente, en el terreno mismo donde esas condiciones se abren paso.

Esto obliga a concretar. Porque si hablamos de «movimiento real de la clase», ¿dónde se expresa hoy de forma más nítida? No en cualquier espacio, ni en cualquier práctica, sino, ayer igual que hoy, allí donde la clase entra en relación directa con las condiciones materiales de su explotación y se ve empujada a organizarse. Donde la burguesía se enfrenta como tal a quienes vendemos nuestra fuerza de trabajo. En este sentido, el ámbito del trabajo y, en particular, el terreno sindical entendido en su sentido más amplio aparece como un espacio privilegiado y la trinchera ineludible de nuestra intervención2. No porque agote en sí mismo el horizonte de la lucha, sino porque en él se concentran contradicciones que pueden ser desarrolladas en un sentido más amplio. Es ahí donde la explotación se vuelve inmediata y donde la necesidad de organización deja de ser una consigna para convertirse en una exigencia práctica y tangible para la mayoría de nuestra clase.

Pero incluso aquí conviene no simplificar. Porque tampoco basta con «estar en el sindicato». Si la intervención se limita a reproducir inercias existentes delegacionismo, pasividad, negociación sin fuerza lo que se refuerza no es la capacidad de la clase, sino sus límites. De lo que se trata es de otra cosa: de intervenir en esos espacios para empujar procesos que vayan más allá de lo dado. De fomentar formas de organización que impliquen a la plantilla en condición de clase trabajadora, de impulsar dinámicas de decisión colectiva, de sostener conflictos que permitan acumular experiencia y confianza. En definitiva, de convertir el sindicato en un ariete de lucha política de clase, no en una mera herramienta de gestión del conflicto.

Y en ese proceso es donde la vanguardia se recompone. No como resultado de un desarrollo interno aislado, sino como producto de una práctica que logra articular, aunque sea de forma parcial y contradictoria, a sectores más amplios de la clase. Porque la vanguardia no se mide por lo que afirma de sí misma, sino por lo que es capaz de hacer existir en la realidad: organización, lucha, continuidad. Fuera de ahí, todo crecimiento es aparente. Dentro de ahí, incluso avances modestos pueden tener un alcance estratégico. La cuestión, entonces, deja de ser si estamos construyendo vanguardia o construyendo movimiento, y pasa a ser si nuestra práctica está siendo capaz de hacer avanzar, de forma concreta, la organización de la clase en su conjunto.

Asumir esto no es cómodo, porque desplaza el centro de gravedad. Obliga a dejar de pensar la vanguardia como un espacio propio que se fortalece para después intervenir, y a entenderla como una función que solo existe en su ejercicio. Obliga, también, a abandonar la espera, a romper con la idea de que hay un momento «adecuado» que llegará por el automovimiento mecánico de las contradicciones objetivas del capital. Ese momento no está dado: se construye3. Y se construye en condiciones adversas, con avances parciales, con errores, con retrocesos. Pero o se construye o no se construye.

De ahí que la tarea no admita aplazamientos ni atajos. Recomponer la vanguardia no es otra cosa que recomponer, en la práctica, la capacidad de la clase para organizarse, luchar y ganar conflictos mediante su propia fuerza. No es un problema que se resuelva antes de intervenir, sino en la propia intervención. No es una fase, sino un proceso. Y en ese proceso, cada espacio organizado, cada conflicto que se sostiene, cada avance en la autoorganización y en la conciencia colectiva, no es un paso previo: es ya parte del resultado.

Porque, en última instancia, la cuestión no es si intervenimos más o menos, ni si estamos más o menos presentes. La cuestión es qué tipo de capacidad estamos construyendo. Si la intervención logra que la clase se organice, que acumule experiencia, que amplíe su horizonte y que empiece a reconocerse como sujeto colectivo enfrentado al conjunto del orden social, entonces hay recomposición. Si no, todo esfuerzo tiende a disolverse en lo inmediato. La vanguardia, en ese sentido, no es otra cosa que esa capacidad en desarrollo. Y por eso mismo no puede existir al margen de ella: o se construye en el movimiento real de la clase, como parte activa de su transformación en sujeto político, o deja de ser vanguardia para convertirse en otra cosa. Recomponerla no es una tarea previa. Es el proceso mismo.

O la vanguardia existe en el movimiento real de la clase, empujándolo y transformándose con él, o no existe.

T. Morago

1 Este artículo da continuidad al debate estratégico abierto por T. Mora en «Anarquismo y Vanguardia» (Regeneración Libertaria, marzo de 2024). El desarrollo de nuestro balance histórico y el análisis del capital como totalidad tendrán su espacio en futuras publicaciones. Aquí, el objetivo es aterrizar la discusión en la relación material entre la organización específica y el conjunto de la clase trabajadora. Abordar y resolver esta tensión en los conflictos reales es el paso necesario para materializar cualquier recomposición organizativa

2 Esto no implica menospreciar la organización en la esfera de la reproducción social (vivienda, consumo, etc.), indispensable para la supervivencia de nuestra clase frente a la expropiación secundaria. Sin embargo, la dilución de nuestras fuerzas en frentes desconectados de la producción genera un activismo estéril donde el proletariado solo opone un poder asociativo asimétrico. La intervención prioritaria debe apuntar a la producción y la logística (la cadena de suministro), pues es allí donde la clase ejerce un poder estructural: la capacidad real de interrumpir el motor del capital, ese impulso incesante hacia la autovalorización del valor mediante la extracción de plusvalor.

3 A pesar de esto, evidentemente, el propio desarrollo del capital exacerba, tensiona, alivia y transforma las contradicciones que afectan de forma determinante al estado de la lucha de clases. La cuestión es, pues, cómo transformamos la realidad y en qué sentido dadas unas condiciones materiales concretas.

https://regeneracionlibertaria.org/2026/06/22/recomponer-la-vanguardia/
_______________________________________
AGENCIA DE NOTICIAS A-INFOS
De, Por y Para Anarquistas
Para enviar art�culos en castellano escribir a: A-infos-ca@ainfos.ca
Para suscribirse/desuscribirse: http://ainfos.ca/mailman/listinfo/a-infos-ca
Archivo: http://www.ainfos.ca/ca
A-Infos Information Center