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(ca) Spaine, Regeneration: Cómo adormecer la valentía de un pueblo: de la fuerza popular a la fuerza parlamentaria. Por ORGANIZACIÓN ANARQUISTA GALLEGA XESTA (de, en, fr, it, pt, tr)[Traducción automática]

Date Mon, 25 May 2026 07:51:45 +0300


El poder popular también implica una idea de dualidad de poderes: no esperar el día providencial para "atacar al Estado", sino construir, en el presente, otro poder que rivalice con el existente y lo reemplace gradualmente. ---- El pueblo ya aprendió a arder. Ardió con fuego latente en sus manos, con humo en sus pulmones, con agua en sus corazones; se levantó cuando todo indicaba que debía guardar silencio. Se organizó, salió a las calles, creó redes y respondió con dignidad y fuerza. Pero, mientras crecía esa energía colectiva, surgió una dinámica paralela, invisible para quienes no quieren verla: la transformación de la movilización en gestión, la protesta en un procedimiento, la organización popular en una plataforma controlada. Lo que nace desde abajo termina siendo medido, moderado y redirigido hacia marcos institucionales que no cuestionan nada fundamental. Se vende como responsabilidad y madurez política, pero el efecto real es otro: menos autonomía, menos capacidad de decisión propia, más dependencia de quienes hablan en nuestro nombre. Y ahí reside la pregunta central de este artículo: ¿cómo pasó de ser una valiente fuerza popular a una fuerza parlamentaria que adormece al pueblo al que dice representar?

Trayectoria de un movimiento

Si queremos entender dónde estamos, debemos mirar hacia atrás. El nacionalismo gallego organizado en torno a la UPG nació con un discurso de clase explícito y una inspiración marxista que hablaba de ruptura, anticapitalismo y autodeterminación. Durante años, esta tradición se presentó como la expresión política de un pueblo en movimiento. Pero con el tiempo, el proceso de "normalización" institucional y adaptación al régimen de 1978 cambió el ADN del proyecto: el horizonte de confrontación con el Estado y el capital fue sustituido por una estrategia de gestión y una presencia estable en las instituciones. Lo que antes pretendía combatir el poder acabó asumiendo las reglas del juego y actuando como la mejor versión posible de la administración existente. Así, la BNG se convirtió en una fuerza parlamentaria que no solo canaliza el descontento, sino que también lo gestiona y frecuentemente lo desactiva, convirtiendo los conflictos sociales en problemas de procedimiento político. Sin embargo, este no fue el único camino que tomó la independencia gallega en esos años. Hubo un repliegue de personas que se declararon opuestas a la Constitución e incluso escisiones que optaron por la lucha armada.

La consolidación electoral del BNG, lejos de traducirse en un fortalecimiento del movimiento obrero autónomo, suele coincidir con su debilitamiento cualitativo: una atenuación de la radicalidad del discurso y una creciente subordinación de la producción de significados comunes a la mediación institucional. Se repite la vieja lógica socialdemócrata: prometer cambios estructurales y ofrecer reformas limitadas; hablar en nombre de la clase trabajadora mientras se reduce la capacidad de la propia clase para decidir y actuar por sí misma. Aquí es donde entran en juego los conceptos clave explorados en este artículo: capitalización y fagocitación. No hablamos de represión abierta, sino de un mecanismo mucho más sofisticado: integrar, absorber y neutralizar las luchas sociales introduciéndolas en marcos institucionales y electorales que las desactivan políticamente. Se construye así una hegemonía pactista, amigable e inofensiva, corroída por las polillas: un discurso inclusivo, una radicalidad simbólica que no compromete lo esencial y una práctica gerencial que administra lo existente. Un modelo que no impulsa a la clase trabajadora a organizarse como sujeto autónomo, político y revolucionario, sino que la lleva a delegar su fuerza en una representación que habla de ella, pero que rara vez le devuelve el poder real. Una lógica que, lejos de cambiar su realidad material, desplaza los marcos del sentido común hacia la derecha, presentándose como la única alternativa de izquierda y, por lo tanto, relegando a otros radicales a la marginalidad.

Pero esta crítica no puede dirigirse solo hacia afuera: también nos interpela como movimiento libertario. En las últimas décadas hemos visto cómo los partidos de izquierda han orientado progresivamente sus marcos políticos hacia políticas cada vez más neoliberales, asumiendo la lógica del mercado, la gobernanza y la gestión "responsable" como límites insuperables. El ciclo del 15M solo por mencionar un ejemplo terminó desembocando en la "nueva política" institucional, que reorientó toda esa energía hacia el Estado y hacia propuestas puramente reformistas. Esta oportunidad, como muchas otras que se abrieron en momentos de tensión y contradicción del capitalismo, fue desaprovechada por el movimiento libertario debido a nuestra orfandad estratégica: fuimos incapaces de ofrecer una alternativa creíble para la transformación, una propuesta organizada de institucionalidad libertaria, de un modelo político y social que pudiera desafiar la hegemonía en los márgenes del Estado y el capital. Los partidos de izquierda tradicionales, junto con los movimientos políticos posteriores, impusieron una agenda ante la falta de una alternativa revolucionaria organizada. Y esa es una responsabilidad que debemos asumir si queremos estar a la altura de lo que se avecina.

La estrategia de (re)inicio

Esta deriva del BNG no es accidental ni improvisada: responde a una estrategia política muy específica. En lugar de promover organizaciones populares autónomas, con capacidad real de decisión y conflicto, construyen una constelación de plataformas, coordinadores y espacios «unitarios» en torno a un nacionalismo institucional que sirve para hegemonizar un sentido común socialdemócrata, silencioso y aparentemente plural, pero totalmente vacío de contenido transformador. Su estrategia consiste en capitalizar ciertas luchas y, por lo tanto, la instrumentalización de estas se convierte en su táctica central: estar presentes solo en las movilizaciones que les ofrecen el mayor rendimiento político y electoral, y no necesariamente en aquellas en las que más creen, ni en aquellas que implican un mayor nivel de confrontación real. No buscan crear movimientos para cambiar la correlación de fuerzas desde abajo, sino más bien una gestión keynesiana del conflicto: crear estructuras que permitan gestionar, enmarcar, hacer predecible, domesticar y, finalmente, neutralizar el conflicto.

Estas plataformas suelen compartir características muy reconocibles. En primer lugar, cuentan con liderazgos politizados, vinculados orgánica o ideológicamente al BNG, que funcionan como canales de transmisión entre la base social y los intereses institucionales del partido, interpretando y moderando unilateralmente las demandas sociales. En segundo lugar, operan dentro de marcos de demandas deliberadamente limitados, que evitan cuestionar el sistema en su conjunto y reducen los conflictos a demandas técnicas o mejoras parciales. En tercer lugar, practican la evitación sistemática del conflicto estructural: no se centran en la ruptura ni en la acumulación de una fuerza popular autogestionada, sino en negociaciones, gestos simbólicos y presión controlada. Finalmente, se produce una sustitución de la organización de clase real por una «marca movementista»: en lugar de sindicatos combativos, asambleas territoriales fuertes o estructuras comunitarias con vida propia, encontramos «plataformas» y «coordinadores» verticales, dependientes y efímeros, que sirven a intereses ajenos a la causa que defienden.

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El resultado es evidente: participación sin poder, personas convocadas pero no organizadas, movilización que no genera autonomía ni independencia de clase. La lucha se convierte en un ejercicio seguro y controlado; la protesta, en un ritual cívico que no cuestiona la lógica del poder. Lo que podría ser un espacio para la acumulación de fuerza popular se transforma así en un mecanismo de contención política perfectamente funcional al sistema. Una desobediencia útil para un sistema adaptativo como el capitalismo, capaz de aprender de cada una de estas pequeñas rebeliones y tejer respuestas, defensas y contraofensivas.

Esto es precisamente lo contrario de la construcción del poder popular, de clase y de autogestión. Porque crea dependencia política: la gente aprende a delegar en un partido, en una dirección, en una estructura externa, en lugar de en sí mismos y en sus propias capacidades colectivas. Porque elimina la autonomía: movimientos que son formalmente activos, pero sin capacidad real de decisión, sin estrategia propia, subordinados a ritmos e intereses institucionales. Porque reduce el horizonte político: del conflicto social y la transformación estructural, se pasa al posibilismo más estéril, a la gestión del descontento, a mejoras parciales que no alteran las relaciones de poder. Porque sustituye la organización por la representación: la clase trabajadora no necesita organizarse, porque ya hay quienes hablan por ella; no necesita luchar como sujeto, porque ya hay quienes capitalizan políticamente su dolor, su ira y sus necesidades.

Para que esto no se quede en teoría, bastan algunos ejemplos. El caso de Prestige es quizás el más paradigmático. Nunca Máis y Burla Negra concentraron una inmensa fuerza popular, una capacidad de movilización masiva y transversal, llena de dignidad. Hubo rabia, convertida en organización colectiva. Pero ese potencial acabó siendo redirigido a un marco fundamentalmente moral y simbólico: la indignación se transformó en relato, la fuerza social en gestión cultural y política del trauma. No se consolidaron estructuras autónomas, ni una organización popular estable, ni voluntad de dualidad de poder. El «nunca más», que debería haber significado ruptura y aprendizaje colectivo, se convirtió, con el tiempo, en una memoria política neutralizada, útil para construir la identidad nacional y la legitimidad institucional, pero no para fortalecer al pueblo como actor político autónomo.

Algo similar ocurre en el internacionalismo con Palestina y en espacios como la Coordinadora Gallega de Solidaridad con Palestina . Lo que podría ser una escuela política de solidaridad anticolonial y anticapitalista se reduce, en la práctica, a una solidaridad humanitaria y simbólica, llena de ética, pero carente de política real. Las dimensiones revolucionarias, clasistas y estratégicas de la lucha palestina se invisibilizan deliberadamente; la reflexión sobre el imperialismo, la resistencia armada y el poder popular internacionalista desaparece. En lugar de construir organización popular y una profunda conciencia política, predominan el protagonismo institucional, los gestos públicos, los actos "responsables" y un internacionalismo de gestos más que de combate.

En el ámbito de la vivienda, la Plataforma Gallega Vivenda Xa es otro claro ejemplo. Su retórica es social, contundente y necesaria. Pero no solo es errónea su propuesta, sino también su origen: en Galicia ya existen movimientos y organizaciones específicas en materia de vivienda, con experiencia, práctica y una implementación real, y apenas se contó con ellas para la creación de esta plataforma. Se optó por crear una estructura nueva, controlable y políticamente alineada, en lugar de fortalecer lo que ya existía desde la base. Al observar posteriormente la práctica en los municipios gobernados por el BNG, la contradicción se hace aún más evidente: políticas urbanísticas continuas, ausencia de confrontación con el mercado inmobiliario y, de nuevo, gestión en lugar de transformación. La lucha por la vivienda no se promueve como un movimiento de lucha de clases con capacidad de presión real, sino como una especie de lobby social blando y ordenado, aceptable para el sistema. Y, mientras tanto, siguen faltando herramientas fundamentales: sindicatos de inquilinos fuertes, defensa comunitaria contra los desahucios, ocupación organizada y espacios para la autogestión de la vivienda. Un despotismo ilustrado característico de la socialdemocracia heredera de esos marxismos reformistas.

El conflicto entre Altri y la Plataforma Ulloa Viva muestra, en la actualidad, el mismo patrón. La oposición al macroproyecto nació como un espacio popular fuerte, con legitimidad social y una capacidad real de disputa y transgresión. Sin embargo, cuando un movimiento de este tipo amenaza con sobrepasar los límites de lo "políticamente controlable", entran en juego las maniobras: intentos de captación, introducción de dinámicas de moderación y presiones para redirigir el conflicto hacia marcos que puedan ser asumidos por las instituciones. El proceso de cambios de dirección y orientación no surge de la nada: responde a la necesidad de impedir que el pueblo tome la iniciativa y que la lucha vaya más allá de lo que ciertas fuerzas están dispuestas a permitir. El objetivo no es ganar fuerza popular, sino evitar que se convierta en una amenaza para el orden establecido.

Poder popular y de clase: los residuos de BNG

Es aquí donde debemos decirlo claramente: el poder popular, de clase y autogestionado no es un eslogan bonito ni una palabra grandilocuente para adornar discursos. Galicia libera, el poder popular es (o debería ser) una estrategia concreta para construir fuerza desde abajo. Significa comprender al pueblo, a los trabajadores, como sujeto político autónomo y revolucionario, no como una masa que apoya o como una base electoral que legitima. Implica una acumulación consciente y sostenida de fuerzas a través de herramientas reales y materiales: sindicatos combativos que defienden los intereses de clase; cooperativas y espacios de autogestión que empiezan a crear otra economía; movimientos de vivienda, feministas o ecologistas con independencia política y capacidad de presión; organizaciones revolucionarias que dan coherencia estratégica a todo ello.

El poder popular implica también una idea de dualidad de poderes: no esperar el día providencial de «atacar al Estado», sino construir, en el presente, otro poder que rivalice con el existente y lo reemplace gradualmente. Donde el Estado manda, organícese; donde el capital decide, autogestione; donde hay delegación, practique la democracia directa. Es un compromiso con la organización por encima de la representación, la colectivización por encima de la privatización de la participación, el federalismo, la acción directa y una democracia real que no se limite a votar de vez en cuando, sino que decida, gestione y cree acciones a diario. Ese es el camino que construye una clase fuerte; todo lo demás, por muy progresista que parezca, solo sirve para asegurar que el pueblo siga sin controlar (o sin aprender a controlar) sus propias vidas.

Si este es el diagnóstico, la conclusión es clara: no basta con denunciar la capitalización institucional y la fagocitosis; es necesario participar en movimientos sociales reales, estar dentro de ellos, ser parte de ellos y alentarlos a ser más fuertes, más autónomos y más combativos. No para controlarlos, no para reemplazarlos, sino para contribuir a su pleno potencial. Aquí es donde entra en juego el papel de la militancia revolucionaria y lo que, desde Xesta y el Anarquismo Social y Organizado, llamamos dualismo organizativo: organizarse específicamente en un proyecto político consciente y, al mismo tiempo, participar en organizaciones de base. Esto implica aclarar algo fundamental: no se trata de liderazgo. No estamos en los movimientos para mandar, ni para imponer líneas, ni para convertirlos en meras correas de transmisión, porque eso es precisamente lo que criticamos aquí. Estamos para participar desde dentro y al mismo nivel que los demás, colaborando para asegurar que haya más autonomía, más capacidad de toma de decisiones colectivas, más radicalidad política y más fuerza organizativa real.

El objetivo no es capturar espacios, sino fortalecerlos, hacerlos más difíciles de neutralizar, más resistentes a la captura institucional y más útiles para la lucha de clases. Se trata de construir poder, comunidad, raíces, un tejido social vivo; crear estructuras que perduren cuando las campañas pasen, cuando cambien los gobiernos y cuando se apaguen las luces. Porque el fuego, el lodo y la contaminación de los ríos se sufren desde abajo, en la piel y en la vida cotidiana de la clase trabajadora. Los paraguas en las plazas, los gritos en las calles e incluso las detenciones también son obra de la clase trabajadora. Desde Xesta, Organización Anarquista Galega, luchamos para levantar a este pueblo, para que recupere su voz y su poder de clase, mientras otros vienen solo a humillarlo y devolverlo al orden. No queremos un pueblo agradecido: queremos un pueblo que ordene.

Inés Kropo, activista de Xesta

https://regeneracionlibertaria.org/2026/04/24/como-adormecer-a-bravura-dun-pobo-da-forza-popular-a-forza-parlamentaria/
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