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(ca) Spaine, Regeneration: Entre la práctica educativa y la acción política: La Educación Social en la doble militancia. Por XESTA ORGANIZACIÓN ANARQUISTA GALEGA (en, fr, it, pt, tr)[Traducción automática]
Date
Mon, 2 Mar 2026 09:00:46 +0200
Escribir desde la Educación Social es escribir desde un lugar situado.
No hablamos desde una supuesta neutralidad técnica ni desde una
distancia aséptica de la realidad. La Pedagogía-Educación Social (PES en
adelante) nace, trabaja y respira en contextos concretos, atravesados
por desigualdades, relaciones de poder, conflictos, dolores colectivos y
también por poderes de transformación. Por lo tanto, quienes educan
socialmente no ocupan un lugar neutral: ejercen una posición ética y
política, al igual que quienes actúan como militantes. Incluso cuando no
se declaran como tales, ya intervienen en una realidad social y
contribuyen, de alguna manera, a reproducirla o transformarla.
También escribo desde otro lugar: el académico y el investigador. La
Pedagogía y la PES no solo se ejercen, sino que también se piensan,
analizan, discuten y construyen teóricamente. Mi práctica profesional, a
menudo no remunerada pero siempre profundamente política, me sitúa en un
espacio híbrido: entre la intervención y la investigación, entre el
territorio y la teoría, entre el compromiso vital y el ejercicio
intelectual. Hoy escribo desde aquí, desde donde se formula el análisis
que sigue: no solo para describir lo ya existente, sino para abrir
preguntas, iluminar potencialidades y pensar juntos cómo la PES puede
dialogar con la doble militancia para fortalecer procesos emancipadores,
comunitarios y transformadores.
Índice: 1) Una definición fundamentada de Pedagogía-Educación Social 2)
Caminos encontrados con la doble militancia 3) No todo lo que transforma
es oro 4) Potencialidades de este trabajo transdisciplinario 5) Como
proyección
1) Una definición fundamentada de Pedagogía-Educación Social
A veces, incluso dentro de la propia profesión, no podemos definir con
claridad qué es la pedagogía social. No porque esté vacía, sino
precisamente porque está llena: de diversas prácticas, múltiples
contextos, enfoques teóricos y experiencias vitales. La pedagogía social
no cabe en una definición simple porque no es solo una disciplina
académica ni una práctica profesional; es, sobre todo, una forma de
observar y acompañar el mundo social.
Una profesora me dijo una vez que la pedagogía social es una fascinación
por el crecimiento de los demás. Podemos escuchar que es la educación
que ocurre fuera de la escuela, en las esquinas, en centros sociales, en
asociaciones, en barrios, en espacios informales, en cuerpos que no
encajan y en vidas que nunca se han considerado centrales. Es la
educación de los márgenes, de la no normatividad, de la diferencia y la
alteridad.
Pero no se trata solo de una práctica de luz: es una práctica ética y
política. El SPE acompaña los procesos de emancipación, no para dirigir
ni supervisar, sino para facilitar que las personas y las comunidades
ejerzan sus derechos, construyan autonomía, se organicen y transformen
sus condiciones de vida. Trabaja desde la vida cotidiana, no desde
laboratorios pedagógicos cerrados ni desde espacios educativos
estrictamente institucionales.
Su epistemología parte del vínculo. Educar, para el PES, consiste
fundamentalmente en construir relaciones transformadoras. No hay
educación sin encuentro, sin confianza, sin reconocimiento mutuo, sin
creación compartida de sentido. Y, al mismo tiempo, el PES no se limita
a acompañar: también interroga. Puede tener una función crítica que
cuestiona las normalizaciones, denuncia las desigualdades, señala las
lógicas opresivas y abre espacios para imaginar otras formas de vida. En
este marco, el PES entiende la comunidad no solo como un espacio
emocional de pertenencia, sino también como un espacio de derechos, de
responsabilidad compartida y de politización de lo cotidiano. Aquí, el
vínculo con la organización política es directo: si la comunidad es un
espacio de derechos, es un espacio de poder, de reivindicación y de
acción colectiva.
Caminos encontrados con doble militancia
Por lo tanto, no debería sorprender que en nuestras organizaciones
políticas, especialmente en aquellas que apuestan por modelos duales de
militancia y transformación, existan educadores sociales, monitores de
tiempo libre, integradores sociales, animadores socioculturales,
mediadores comunitarios, docentes y otros profesionales de servicios
sociocomunitarios con implicación política (que englobaré en este
artículo bajo el paraguas de Pedagogía Social-Educación). No solo
aportan herramientas técnicas (mediación, dinamización, planificación
estratégica, metodologías participativas, etc.), sino también ética y
una propuesta concreta. Aportan saberes que no se improvisan: saber
organizar sin mandar, cuidar sin paternalizar, educar sin domesticar,
acompañar sin sustituir. El SPE, así entendido, se convierte en una
llave que abre la posibilidad de pensar la militancia no solo como una
acción combativa, sino también como un proceso socioeducativo colectivo,
sostenido y consciente.
Cuando ponemos la PES en diálogo con la militancia -y, en particular,
con la militancia dual- descubrimos que no son dos mundos ajenos, sino
prácticas profundamente relacionadas, que comparten lenguajes,
horizontes y formas de hacer. Ambas buscan, de alguna manera,
hegemonizar ideas, no imponerlas, sino, en un sentido gramsciano,
construir significados compartidos, marcos de interpretación y formas de
entender el mundo que nos permitan transformarlo. Y para ello, no basta
con «informar»: debemos educar para estas ideas, es decir, crear
procesos que permitan a las personas comprenderlas, interiorizarlas
críticamente y ponerlas en práctica.
Aquí surge una coincidencia central: tanto la militancia transformadora
como el PES trabajan mediante procesos dialógicos y mayéuticos, en los
que el conocimiento no se transmite como una verdad cerrada, sino que se
construye colectivamente a partir de la experiencia, la reflexión
compartida y el debate. Esta es una herencia claramente freireana: la
concientización no consiste en "abrir los ojos" a quienes no ven, sino
en crear las condiciones para que los propios sujetos expliquen,
analicen y politicen su realidad. Por lo tanto, comparten una ética del
diálogo, del discurso compartido y del aprendizaje mutuo.
Otra similitud clave reside en la horizontalidad. El educador social no
se sitúa por encima de la comunidad, así como el activista no debería
situarse por encima del colectivo. Ambas prácticas se sitúan junto a
otras personas: acompañan, proponen y facilitan procesos, pero no
sustituyen ni dirigen unilateralmente. PES trabaja intensamente en el
cuidado comunitario, la resolución de conflictos, la sostenibilidad de
los vínculos, la cohesión social y el apoyo mutuo. El activismo, cuando
se concibe en términos colectivos y no heroicos, también habla de
convivencia, compañerismo, apoyo mutuo y gestión emocional. Ambos
comparten el mismo compromiso: no se trata solo de cuidar a las
personas, sino de cuidar la convivencia colectiva, haciendo posible
organizaciones que perduren, que no se quiebren, que aprendan a
gestionar sus propias heridas. Así, también existe una profunda
coincidencia en el respeto a los acuerdos colectivos y las trayectorias
personales: reconocer que los procesos son lentos, que las personas
provienen de diferentes lugares, que los cambios requieren tiempo y cuidado.
Tanto los SPE comunitarios como las organizaciones duales comparten un
compromiso con la participación, la responsabilidad compartida y la
acción colectiva. Comparten una idea clave: el empoderamiento no puede
reducirse al ámbito individual. Muchos proyectos sociales fracasan
porque se quedan en un cambio personal, íntimo, casi terapéutico. La
militancia dual, como el SPE más crítico, rompe esta limitación: conecta
los procesos educativos con el cambio estructural, con la acción
organizada y con la transformación material de la realidad.
Ambos luchan contra el aislamiento social y se comprometen a construir
comunidad como alternativa a la fragmentación neoliberal. Se comprometen
con proyectos a largo plazo que piensan en el futuro y trabajan para
sostener procesos, no solo para responder a emergencias. Insisten en la
formación, la reflexión compartida, el debate, el aprendizaje mutuo y la
transformación social: esto es precisamente lo que los SPE comunitarios
entienden como educar para y mediante la participación.
Ambos comparten una metodología: la evaluación continua, la capacidad de
revisar, autocriticar, aprender de los errores y mejorar colectivamente.
Lo que en PES llamamos evaluación participativa y aprendizaje continuo,
en nuestros espacios suele aparecer como crítica y autocrítica: son
nombres diferentes para una misma necesidad, que tiene mucho que
aprender de ambas realidades.
Finalmente, y uno de los puntos principales, también comparten una
epistemología y una temporalidad. Entienden que el conocimiento nace de
la práctica, de la experiencia vivida, del diálogo colectivo. Y
comparten una lógica del tiempo lenta, paciente y estratégica: trabajan
a largo plazo, conscientes de que las transformaciones profundas no se
miden en semanas ni en campañas puntuales, sino en procesos que maduran,
cambian y se consolidan con el tiempo.
No todo lo que se convierte en oro es oro.
Si bien las similitudes muestran una afinidad evidente, las diferencias
ayudan a esclarecer las tensiones y los riesgos que atraviesan tanto al
PES como a la militancia. No se trata de oponerse a ellos, sino de
comprender dónde pueden fallar, dónde pueden ser cooptados y dónde deben
revisarse.
Un primer punto crucial es la incomprensión social y política del SPE y,
en general, del llamado «tercer sector». Como han señalado Julio Rubio y
otros autores críticos, gran parte de la acción social contemporánea ha
sido cooptada por el capitalismo y los estados neoliberales como
mecanismo para gestionar la pobreza, contener el conflicto y mitigar el
malestar social. El SPE, atrapado en este marco, corre el riesgo (una
realidad actual) de convertirse en un dispositivo de bienestar,
verticalidad y control social, más preocupado por hacer que las cosas
«funcionen» que por preguntar quién decide cómo deben funcionar.
Relacionado con esto está la institucionalización del SPE. Al
convertirse en un instrumento burocrático, un servicio más integrado en
la logística administrativa, parte del estado de bienestar, puede
desviarse hacia prácticas despolitizadoras, individualizadoras y
tecnocráticas. En lugar de acompañar procesos de emancipación colectiva,
puede limitarse a intervenir en los casos, adaptando a las personas a la
realidad en lugar de cuestionar la realidad que produce exclusión. Y ese
es un riesgo real, de nuestro día a día, no teórico.
Otro punto delicado es el proceso de profesionalización y privatización
del conocimiento socioeducativo. Herramientas como la facilitación de
grupos, la mediación comunitaria, las estrategias sociocomunitarias o la
planificación del desarrollo comunitario se han convertido, poco a poco,
en competencias profesionalizadas, a veces elitistas, a veces vinculadas
al mercado de la formación. Lo que debería ser patrimonio colectivo e
inmaterial se transforma en servicios, consultorías o bienes pedagógicos.
También es necesario mencionar una deficiencia recurrente: la falta de
una perspectiva de clase. El PES habla mucho de comunidad, contexto e
inclusión, pero a menudo evita mencionar la clase, el conflicto, el
interés material y la lucha política. Desde una perspectiva más crítica,
podríamos decirlo así: con una perspectiva de clase, el PES deja de ser
simplemente una disciplina de intervención y se convierte en una
herramienta profundamente política, cercana (si no heredera) de las
metodologías libertarias. Donde el PES habla de la comunidad como eje de
su praxis, la militancia nos recuerda que esta comunidad está atravesada
por la clase, la desigualdad estructural y la dominación.
Pero la militancia también tiene sus propios riesgos. Puede caer en un
moralismo paralizante, en un dogmatismo que absolutiza la teoría y
olvida a las personas concretas. Puede privilegiar la pureza ideológica
por encima de la vida real, o reproducir dinámicas de dureza,
competitividad, agotamiento y culpa. A veces, puede olvidar la dimensión
emocional, afectiva y relacional de los procesos políticos, y es aquí
donde el PES no solo es útil, sino necesario: para recordar que sin el
cuidado de lo común no hay un proceso colectivo sostenible, que sin
vínculos no hay organización viva y que sin atención a los cuerpos y las
emociones no hay transformación duradera.
Potencial de este trabajo transdisciplinario
Estas diferencias no son un muro; son un espacio de tensión fértil. Son
el espacio donde el PES y la militancia pueden mirarse críticamente y
ayudarse mutuamente a no caer en sus propios abismos. Y si asumimos que
existe una intersección fértil entre el PES y la militancia dual, la
pregunta lógica es: ¿qué podemos hacer con ella? ¿Qué posibilidades
abre? ¿Qué caminos podemos explorar para fortalecer los procesos
colectivos, hacerlos más conscientes, más solidarios, más transformadores?
Un primer eje es la transmisión de conocimientos socioeducativos dentro
de las organizaciones políticas, no desde una posición de superioridad
técnica, sino como una base compartida para pensar y actuar mejor. No se
trata de saber más, sino de poner al servicio de todos herramientas ya
existentes, experiencias acumuladas y metodologías probadas que pueden
enriquecer enormemente las prácticas militantes.
Junto con esto, es fundamental valorar otras formas de conocimiento y
otras metodologías para difundir ideas políticas. No todo puede ser una
charla, un mitin o una conferencia magistral. PES lleva décadas
trabajando con dinámicas participativas, juegos, metodologías
socioemocionales y experienciales que permiten un aprendizaje más
profundo, duradero y significativo. La capacidad de hablar de forma
comprensible, adaptar el mensaje al público y crear espacios accesibles
y acogedores es una herramienta política de primer orden.
Otro gran potencial reside en el uso de las ciencias de la educación
como herramientas para comprender mejor la realidad. La psicología, la
sociología, la economía, la antropología, la filosofía, la historia
social o los métodos de investigación participativa no son conocimientos
neutrales: son herramientas poderosas para analizar dinámicas
colectivas, comprender conflictos, identificar opresiones y diseñar
estrategias transformadoras. Los SPE, al trabajar en estas
intersecciones, pueden proporcionar una perspectiva holística que
complementa el análisis político más tradicional.
Una de las propuestas más contundentes podría formularse así: politizar
la educación y educabilizar la política. Es decir, quienes trabajan en
educación asumen que su labor es necesariamente política, y quienes
hacen política asumen que toda acción política también es educativa. Si
la educación se politiza y la política se vuelve pedagógica, ambas se
fortalecen.
También podemos aprender de sus advertencias. Hay problemas que debemos
evitar conscientemente: caer en el asistencialismo que reemplaza a la
organización; en la burocratización que asfixia la vida interna; en el
desgaste militante que rompe los procesos; en el moralismo y el purismo
político que destruyen antes de construir. En este sentido, el PES, con
sus herramientas de evaluación, autocuidado colectivo y análisis
crítico, vuelve a ser un aliado.
Las metodologías de investigación-acción participativa ofrecen otro
campo fértil de encuentro: investigar mientras se transforma, aprender
mientras se actúa, producir conocimiento colectivo desde y para la
práctica. Y no debemos olvidar la dimensión cultural y simbólica. La
investigación-acción participativa sabe cómo trabajar con imaginarios,
símbolos, narrativas y emociones colectivas. Y esto es profundamente
político: ningún movimiento social avanza solo con la razón; también
necesita emociones compartidas, un sentido de pertenencia, una historia
común.
Estas potencialidades no definen una alianza mecánica, sino una
invitación a pensar la militancia como un proceso educativo colectivo y
la educación como una práctica política emancipadora. En ese encuentro,
quizás, surge una de las claves de nuestro tiempo.
Como proyección
En una organización comprometida con la transformación social, no
podemos permitir que el conocimiento permanezca encerrado en nosotros
mismos. Cada educador social, cada activista, cada acompañante, posee un
caudal de conocimientos profesionales, técnicos y teóricos que debe
ponerse a disposición del colectivo. No se trata de exhibiciones
individuales ni de la acumulación de autoridad: se trata de darles forma
colectiva, construyendo con ellos estrategias, prácticas y procesos que
fortalezcan la acción común.
El PES aporta a la militancia algo que no siempre se reconoce: su
capacidad para cuidar los procesos humanos, el apoyo emocional, el
acompañamiento consciente y reflexivo, para preservar la continuidad del
colectivo y proteger los vínculos que permiten que una organización no
se quiebre bajo presión o conflicto. La militancia, por su parte,
devuelve al PES una perspectiva clara de clase, de lucha estructural, un
recordatorio constante de que el cuidado o la mediación no son
suficientes, sino que es necesario intervenir en las causas profundas de
las desigualdades y la opresión.
Trabajar desde esta consciencia es comprender que nuestra labor no es
heroica ni individual, sino colectiva e invisible en sus efectos más
profundos: creamos capacidades, autonomía y organización que
sobrevivirán a nuestra ausencia, fortaleciendo la comunidad, la lucha y
la educación mutua. Es una práctica ética y política de suma
responsabilidad, porque mira más allá de nosotros mismos, más allá de lo
inmediato, hacia un horizonte de emancipación en el que, esperamos,
nuestra presencia ya no sea necesaria.
Y de este diálogo nace una profunda reflexión: el mejor educador social
es aquel que no falla. El mejor militante anarquista, social y
organizado, es aquel cuyo trabajo colectivo genera estructuras, hábitos
y capacidades de tal manera que, si desapareciéramos, los movimientos
sociales continuarían sin nuestra intervención. Ambos trabajamos,
paradójicamente, para no existir, porque nuestra existencia es producto
de un sistema injusto e inhumano; nuestra existencia y acción son
necesarias, pero idealmente no lo serían porque la realidad que
justifica nuestra resistencia ya no existe.
Inés Kropo, activista de Xesta
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