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(ca) Brazil, UNIPA: Comunicado de Prensa #83 - Solo la gente puede salvar el planeta: COP 30 y las tres líneas divisorias para el futuro climático (en, fr, it, pt, tr)[Traducción automática]
Date
Sun, 14 Dec 2025 08:19:35 +0200
Están recurriendo al pirómano para apagar el fuego: COP 30 entre el
estatismo climático y el capitalismo verde ---- La COP 30 es la 30.ª
conferencia de la ONU sobre el clima, que se celebrará en Belém
(Pacífico) en noviembre de 2025 y reunirá a países para negociar
acciones contra la crisis climática. Busca acelerar la implementación
del Acuerdo de París y mantener el objetivo de 1,5 °C, debatiendo los
objetivos nacionales de reducción de emisiones, la financiación
climática y la transición hacia energías renovables. Para Brasil, ser
sede del evento otorga prestigio diplomático al gobierno federal, pero
también pone de relieve contradicciones como la deforestación y los
conflictos socioambientales, mientras que el gobierno de Lula intenta
presentarse como líder climático, proponiendo iniciativas como una
Coalición Climática y un fondo de 125.000 millones de dólares para los
bosques tropicales.
Desde la perspectiva del análisis de clase social, la COP 30 representa
la confluencia de diversas tecnocracias nacionales y facciones
capitalistas internacionales, junto con una minoría de movimientos
sociales integrados al orden capitalista-estatal, para debatir nuestro
futuro climático dentro del marco de este mismo orden. En este sentido,
ignoran los aspectos de clase y políticos de la emergencia climática,
parte de la crisis ecológica más amplia promovida por el capitalismo,
centrando los debates en medidas técnicas y financieras ilusorias. Las
soluciones propuestas por estos agentes del estatismo climático y el
capitalismo verde se limitan a paliativos que un Estado más o menos
regulador y un capital financiero supuestamente adaptado al problema
climático pueden proporcionar.
Por otro lado, los pueblos indígenas y las comunidades tradicionales han
contribuido de hecho a mitigar la crisis climática, ya que sus
territorios, cuando son reconocidos y protegidos, concentran reservas de
carbono desproporcionadas y presentan sistemáticamente tasas de
deforestación más bajas que otras áreas, como resultado directo de sus
propias formas de organización y gestión territorial. En otras palabras,
el hecho de que estos territorios permanezcan boscosos constituye, en sí
mismo, un "servicio" climático global de enorme magnitud (Carbono de los
bosques tropicales en territorios indígenas: un análisis global, CMNUCC
COP21, 2015).
Desde el inicio de la COP30 en Belém, los pueblos indígenas han
protagonizado al menos tres acciones directas contra el discurso oficial
sobre el clima: una de ellas culminó con la ocupación del pabellón
principal del evento, y otra bloqueó la entrada a la denominada "zona
azul", donde se negocian a puerta cerrada los destinos del planeta. La
respuesta inmediata de la burocracia de la Convención de la ONU fue
exigir mayor seguridad y control perimetral, intentando contener lo que
la prensa denomina "incidentes", pero que, en la práctica, es el
estallido de una lucha real dentro del espacio aséptico de la diplomacia
verde. El sábado 15 de noviembre, cientos de indígenas marcharon junto a
movimientos sociales por el centro de Belém en señal de protesta,
mientras que el gobierno brasileño, en una maniobra calculada, evitó
criticar abiertamente las movilizaciones. Cuando el pueblo Munduruku
bloqueó la entrada al pabellón el viernes 14 de noviembre, el presidente
de la conferencia, André Corrêa do Lago, y las ministras Marina Silva y
Sônia Guajajara se apresuraron a negociar con los líderes y poner fin al
bloqueo. Este es un claro ejemplo de cómo el Estado busca gestionar y
neutralizar la ofensiva indígena, preservando la "normalidad" de las
negociaciones que mantienen intactas las estructuras responsables de la
propia crisis climática. La COP 30 en Belém reproduce a microescala las
contradicciones del orden estatista-capitalista en el que vivimos, donde
se exige a los responsables de la crisis climática que apaguen el fuego,
mientras que quienes han construido un sofisticado sistema de relaciones
socioecológicas con la naturaleza y que actualmente previenen el
agravamiento de la situación climática son reprimidos y expulsados.
Hacia una política climática proletaria
Comprendemos que la cuestión climática está intrínsecamente ligada a la
cuestión de las disputas territoriales por los recursos minerales y
energéticos, elementos centrales en disputa en esta Segunda Guerra Fría
que ya hemos abordado en declaraciones anteriores. La lucha por la
tierra para la extracción de minerales necesarios para la "transición
energética"
Pensar la política climática desde la perspectiva de la clase
trabajadora y los pueblos oprimidos implica invertir el punto de
partida: no se trata de "cómo salvar el clima sin frenar el
crecimiento", como argumentan los defensores del estatismo climático y
el capitalismo verde, sino de cómo organizar la lucha de clases en un
planeta que se calienta. Por lo tanto, la política climática no es una
cuestión "ambiental" aislada, sino un ámbito central de la lucha de
clases contemporánea, ya que concierne a la disputa sobre quién tiene el
poder de decidir qué producir, para quién, bajo qué condiciones y a qué
costos humanos, ecológicos y territoriales.
La lucha en tres líneas en la política climática
La clase trabajadora, los pueblos oprimidos y los revolucionarios
anarquistas necesitan discernir correctamente las diferentes posturas
que entran en juego en materia de política climática. Las posturas 1)
liberal y 2) socialdemócrata gozan de mayor visibilidad en el debate
público, mientras que la postura 3) proletaria apenas se vislumbra y
esboza sus programas mínimos y revolucionarios. Las dos primeras
posturas conducen a la reproducción del sistema interestatal y
capitalista tal como lo conocemos, no a su superación en términos
políticos, económicos y ecológicos. En este sentido, son posturas
auxiliares del orden actual, que prolongan el problema climático en
lugar de resolverlo. La solución a la crisis ecológica, de la cual la
"emergencia climática" es solo uno de sus aspectos constitutivos,
implica necesariamente el fin del capitalismo y del Estado como formas
de organización de la vida social a escala local y global.
Una postura centrada en la clase trabajadora sitúa el clima directamente
en el terreno de la lucha de clases. La diferencia entre esta y las
otras dos posturas no reside simplemente en el "grado de intervención
estatal", sino también en el punto de partida, el sujeto político, las
herramientas y el horizonte histórico.
La perspectiva liberal parte de la idea de que el calentamiento global
es esencialmente un fallo del mercado: el carbono no tiene un precio
adecuado y los agentes económicos no incorporan los costes ambientales
en sus decisiones. La política climática, en este contexto, se concibe
como un conjunto de mecanismos para corregir este fallo mediante
precios, incentivos e innovación tecnológica. Los principales actores
son los gobiernos nacionales y las organizaciones multilaterales en
diálogo con las empresas capitalistas y los inversores. El objetivo
declarado es reducir las emisiones al menor coste posible, sin
menoscabar el crecimiento económico y manteniendo la estructura de
propiedad privada de los medios de producción: se cambia la fuente de
energía, se mejoran los procesos, se crea un mercado de carbono, pero no
se cuestiona el patrón de acumulación y reproducción del capital. El
Estado se presenta como un mediador neutral que garantiza un entorno
empresarial favorable, y el mercado se considera el espacio privilegiado
para la solución. En este contexto, la lucha de clases tiende a
desaparecer, sustituida por problemas de gobernanza e inversión.
La línea socialdemócrata reconoce la misma crisis, pero la formula como
un problema público que no puede simplemente delegarse en el mercado.
Aquí, la política climática combina la regulación ambiental, los
impuestos al carbono, las subvenciones a las llamadas tecnologías
"limpias" y las políticas sociales compensatorias. El sujeto político se
amplía: entran en escena el estado de bienestar, los partidos
progresistas, los sindicatos institucionalizados, las ONG y las
organizaciones multilaterales. La idea de una "transición justa" cobra
protagonismo: reducir las emisiones, sí, pero con compensación para los
sectores y regiones perjudicados, reconversión productiva negociada y
protección del empleo mediante un pacto social entre el Estado, las
empresas y los sindicatos. El mercado sigue siendo importante, pero
"domesticado" por la regulación; el Estado, a su vez, es el actor que
coordina y redistribuye. Se reconoce la lucha de clases, pero se
canaliza hacia formas de negociación institucional y compromisos
graduales entre el capital y el trabajo: el horizonte de ruptura se
sustituye por un capitalismo regulado, con una matriz energética "más
limpia" y cierto fortalecimiento del estado de bienestar.
Sin embargo, la perspectiva de la clase trabajadora desplaza el eje del
debate. Aquí, la crisis climática no se concibe como un fallo del
mercado, ni simplemente como un problema de gestión pública, sino como
resultado histórico de la explotación de clase, el colonialismo, el
imperialismo y el patriarcado bajo el capitalismo. La política climática
se considera un ámbito central de la lucha de clases contemporánea, pues
concierne a quién decide qué producir, para quién, bajo qué condiciones
y con qué impactos en territorios y pueblos. El sujeto político ya no es
el "Estado bienintencionado" ni la abstracta "sociedad civil", sino la
clase trabajadora en su sentido más amplio: trabajadores rurales y
urbanos, trabajadores formales e informales, pueblos indígenas,
campesinos, comunidades quilombolas, habitantes de las periferias,
mujeres y jóvenes precarios, organizados en movimientos de base,
sindicatos combativos, asambleas y consejos territoriales.
Si en las otras dos líneas, las "líneas del orden", el criterio central
es "reducir las emisiones" de manera económicamente eficiente o
socialmente sostenible, aquí el criterio se vuelve más incisivo: reducir
las emisiones y la destrucción ecológica al tiempo que se amplía el
poder y la autonomía de la clase trabajadora y los pueblos oprimidos.
Esto implica cambiar la pregunta "¿cuánto cuesta?" a "¿quién paga y
quién decide?". En lugar de financiar la transición con impuestos y
aranceles regresivos que recaen sobre los trabajadores, desde el punto
de vista de un programa mínimo, se propone gravar las fortunas, las
ganancias extraordinarias y los ingresos procedentes de las
exportaciones de combustibles fósiles y productos agrícolas, así como la
expropiación de activos explícitamente destructivos. En lugar de una
transición diseñada por tecnocracias estatales que negocian con
corporaciones, el enfoque se centra en la planificación eco-democrática,
con control social de sectores clave como energía, transporte,
saneamiento y alimentación a través de consejos obreros y comunitarios,
con verdadero poder de veto y de decisión.
Este punto de inflexión también altera el papel del territorio en la
política climática. En los marcos liberales y socialdemócratas, los
territorios aparecen principalmente como espacios donde se implementan
proyectos: parques eólicos, represas hidroeléctricas, agronegocios de
bajas emisiones de carbono y programas de desarrollo regional. Desde una
perspectiva de clase, el territorio se convierte en un frente de
conflicto entre el Estado y el capital, por un lado, y las comunidades
rurales y urbanas, por el otro. La política climática implica
necesariamente la defensa activa de los pueblos indígenas, campesinos,
extractivistas, comunidades quilombolas, favelas y periferias frente al
extractivismo y los megaproyectos. En lugar de considerar los bosques,
las sabanas o las costas como "activos de carbono" para integrar en los
mercados globales, se proponen una reforma agraria ecológica y una
reforma urbana radical que reconocen los territorios tradicionales y las
periferias como sujetos de la política climática, y no como meros
espacios para la compensación y el desarrollo verticalista.
Otro cambio importante reside en la reproducción de la vida. El enfoque
liberal tiende a invisibilizar el trabajo doméstico y de cuidados,
centrándose en el individuo "resiliente" y emprendedor. El enfoque
socialdemócrata introduce programas de adaptación social, seguros y
albergues, pero aún dentro de un marco de política sectorial. Desde la
perspectiva de la clase trabajadora, la pregunta clave es: ¿quién se
hace cargo cuando todo colapsa? Los eventos extremos incrementan la
carga del trabajo doméstico, casi siempre asumido por las mujeres, y
ejercen presión sobre los servicios públicos. Así, una política
climática basada en la clase sitúa en el centro las redes de cuidados
públicos y comunitarios, valorando el trabajo invisible (recolectores de
residuos, personal sanitario, educadores, trabajadores rurales
informales) como actores clave en la respuesta proletaria al cambio
climático, y las formas de ingreso y protección vinculadas al
mantenimiento de la vida, no a la productividad del mercado.
Finalmente, la disputa entre las dos "líneas del orden" y la "línea de
ruptura" se manifiesta en las formas de organización y lucha. El
liberalismo se basa en consultas controladas, foros empresariales y
gobernanza global; mientras que la socialdemocracia amplía los consejos,
conferencias y espacios institucionales de participación, sin romper con
la asimetría estructural entre capital y trabajo. La política climática
de la clase trabajadora exige democracia de base y acción directa:
asambleas populares, comités de empresa y vecinales, alianzas
rurales-urbanas, huelgas climáticas, bloqueos de infraestructuras
destructivas y boicots productivos por razones ecológicas. La política
climática ya no es solo una "cuestión ambiental" especializada, sino que
retoma el vocabulario clásico de la lucha de clases, actualizado por el
hecho de que hoy la disputa por el trabajo, la tierra y el territorio
es, a la vez, una disputa por las condiciones materiales de posibilidad
de la vida social misma.
El futuro climático entre las fuerzas del orden y la ruptura
En última instancia, lo que está en juego son tres horizontes históricos
distintos: un capitalismo financiero y verde que transforma la crisis
ecológica en una nueva ronda de acumulación para los capitalistas; un
capitalismo regulado y verde con un estado de bienestar reforzado y una
matriz energética supuestamente "limpia"; y un horizonte de ecología
social, basado en el autogobierno socialista del pueblo, en la
autogestión de la producción orientada a necesidades definidas
colectivamente y en un mutualismo ecológico entre la naturaleza y la
sociedad, en equilibrio con los límites ecológicos, articulando la
superación de la explotación de clase con una crítica de la dominación
colonial, patriarcal y racial. Es en este contexto donde se sitúa la
política climática, concebida desde la perspectiva de la clase
trabajadora: no como una simple "agenda temática", sino como un campo
estratégico en la lucha por una sociedad socialista y autogobernada.
Las tres líneas de la política climática actual -liberal,
socialdemócrata y proletaria- son tres maneras de imaginar el futuro
climático del planeta. Las corrientes liberales y socialdemócratas, a
pesar de las diferencias en instrumentos y lenguaje, se mantienen dentro
del orden establecido: aceptan el sistema capitalista de Estado como un
hecho consumado e intentan «descarbonizar» o regular el capitalismo sin
abordar la lógica de la acumulación, la propiedad privada de los medios
de producción ni el control centralizado del Estado. Así, pueden mitigar
los impactos y redistribuir parcialmente los costos, pero continúan
reproduciendo la misma forma histórica que produce el calentamiento
global y la destrucción ecológica: la extracción intensiva de energía y
materia, la transformación de territorios en zonas de sacrificio y el
Estado actuando como gestor de esta dinámica.
La perspectiva de la clase trabajadora emerge como un punto de inflexión
porque sitúa el clima directamente en el contexto de la lucha de clases,
el colonialismo, el imperialismo y el patriarcado. En lugar de
simplemente preguntar "¿cómo reducir las emisiones?", pregunta "¿quién
decide, quién paga, quién se beneficia?", proponiendo una
democratización radical de las decisiones sobre energía, tierra,
transporte y alimentación; el desmantelamiento de las actividades
estructuralmente destructivas; y la reorganización de la producción y la
vida en función de las necesidades colectivas y los límites ecológicos.
Esto se materializa en huelgas climáticas, bloqueos de megaproyectos, la
defensa de territorios y experiencias de autogestión ecológica lideradas
por trabajadores, pueblos indígenas, campesinos y periferias urbanas. Si
el capitalismo estatista es la forma histórica que produce la crisis,
entonces no existe un futuro climático sostenible dentro de él: ambas
líneas de orden gestionan el desastre; solo el punto de inflexión
proletario abre la posibilidad de un mundo poscapitalista y posestatal
mínimamente habitable para la mayoría y para otras formas de vida.
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