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(ca) Spaine, Regeneration: La tiranía de la falta de teoría - Sobre la teoría y la acción revolucionaria Por LIZA (de, en, it, pt, tr)[Traducción automática]

Date Sat, 18 Oct 2025 10:35:49 +0300


Del Mito al drama ---- En la década de 1970, la activista feminista Jo Freeman publicó su influyente y polémico ensayo La tiranía de la falta de estructuras, texto clave en los debates sobre organización en los movimientos sociales y libertarios. Su relevancia persiste, especialmente cuando dinámicas desorganizadoras desestabilizan espacios combativos y los deja desarmados e impotentes. ---- Freeman critica la tendencia de muchos grupos activistas a rechazar estructuras formales por considerarlas jerárquicas y opresivas, con la esperanza de que la ausencia de organización garantice igualdad y horizontalidad. Una de sus principales aportaciones es demostrar que esta idea constituye un mito: una narrativa simplista que ignora el análisis crítico y reproduce sentidos comunes con consecuencias políticas nefasta.

En la práctica, la falta de estructura no elimina el poder, sino que lo oculta. La noción de "grupo sin estructura" actúa como una cortina de humo que encubre relaciones de poder informales, facilitando la aparición de liderazgos no elegidos ni fiscalizados. La ausencia de formas organizativas explícitas no impide la creación de estructuras, solo impide que sean visibles, formales y democráticas. De este modo, emergen "élites" informales, formadas por quienes tienen más tiempo, formación, recursos o habilidades, es decir, por quienes ya están favorecidos por un sistema profundamente desigual.

El mito de la informalidad no solo genera condiciones para la aparición de élites, sino que también deja a los grupos vulnerables a la cooptación por organizaciones más grandes y estructuradas. Como señala Freeman, "cuanto menos estructurado es un grupo, más vulnerable es a ser dirigido por otras organizaciones políticas". Además, la frustración por la ineficacia y el desgaste empuja a muchos activistas a integrarse en espacios tradicionales que sí ofrecen coherencia organizativa. Saldríamos ganando si en vez de echarnos las manos a la cabeza y airear la indignación moral por twitter analizásemos desde esta perspectiva porque muchos compañeros han abandonado las filas libertarias en pro de organizaciones verticales, pero organizaciones, al fin y al cabo.

Frente a esto, Freeman defiende la necesidad de estructuras explícitas con roles definidos, mecanismos de evaluación y revocación, distribución equitativa del trabajo, circulación transparente de la información y reconocimiento de privilegios individuales puestos al servicio colectivo.

Este enfoque, tan claro y accesible, debería aplicarse también a la teorización estratégica. En ciertos espacios, algunos compañeros -unos por ingenuidad, otros por interés- han instalado el Mito de que prescindir de la teoría favorece una práctica política libre de influencias externas. Nada más lejos de la realidad: sin teoría política explícita y desarrollada, las ideas dominantes, las tradiciones y el dogmatismo se imponen sin ser discutidas.

¿Qué es la Teoría de Lucha?

Es, en esencia, una guía estratégica basada en análisis sociales e historiográficos. Así de sencillo, y así de complejo. Una Teoría de Lucha -más aún, una Teoría Revolucionaria- es el resultado de un análisis consciente del funcionamiento del sistema capitalista: sus mecanismos de reproducción, sus fallas estructurales y las posibles formas de subvertirlo. Al mismo tiempo, debe incorporar las lecciones de las luchas emancipadoras del pasado.

El objetivo es anticipar, en la medida de lo posible, los escenarios y dinámicas que toda lucha deberá enfrentar si quiere avanzar hacia la transformación social. Esta teorización no brota de una abstracción erudita y personal, sino de una comprensión histórica y social que se cultiva en la acción política misma, en el ejercicio colectivo de la lucha y en el debate honesto.

La capacidad de una organización para desarrollar su propia Teoría de Lucha es lo que verdaderamente le otorga autonomía estratégica. Y si esa teoría es clara y explícita, permite que la adhesión de nuevos miembros sea consciente y voluntaria; facilita el debate y el desarrollo colectivo, y evita que, en momentos decisivos, se actúe de forma desesperada o se caiga en dinámicas conservadoras o reaccionarias.

No hay organización política sin estructura. Y no hay organización política sin teoría.

Si la estructura y la teoría no son formalizadas ni explicitadas -si no se vuelven visibles y comprensibles para quienes militan- lo que se establece no es un grupo sin estructura ni una teoría ausente. Lo que se impone es una estructura informal y una teoría implícita, inconsciente y opaca.

Así como Freeman demostró que la informalidad organizativa favorece el liderazgo oculto de élites no elegidas, lo mismo ocurre con la teoría. Si no es el resultado de un proceso colectivo, consciente y voluntario, si no surge del debate, la formación y la práctica compartida, lo que prevalece es la reproducción de una línea política no discutida, impuesta por quienes tienen mayor capacidad discursiva, simbólica o influencia. O, pero aun, por el sentido común, que no suele ser muy revolucionario. Esto lleva al seguidismo, a actuar por inercia o tradición, y a perder militantes -quemados por la impotencia política o absorbidos por organizaciones que sí ofrecen un horizonte definido.

La aparición de élites no es consecuencia del desarrollo teórico. Es, al contrario, el efecto lógico de negarse a construir una línea propia de manera consciente.

¿Quién critica la teorización?

Podría decir que solo aquellos con una actitud condescendiente y experiencialista -cómodos en su supuesta pureza ideológica y la fidelidad acrítica a unos principios estáticos- rechazan el desarrollo político. Pero la realidad es más preocupante, ya que estos discursos anti-teóricos son lanzados al espacio "público" por todos aquellos que no están dispuestos a debatir sus posiciones y prefieren consolidarlas haciéndolas invisibles.

Desde la organización en la que milito, mantenemos una alerta activa frente a quienes nos invitan a actuar sin pensar, como si la acción y la reflexión fuesen opuestas. Reivindicamos el derecho -y la necesidad- de teorizar. No nos desviamos de aquello que consideramos fundamental, aunque nos amenacen con sanciones, aunque digan que nuestra actitud no es propia de "nuestra tradición" o nos tachen de pedantes, porque sabemos que no está en juego nuestro ego, si no nuestra autonomía.

No queremos dejarnos guiar por el pensamiento tradicional ni terminar repitiendo fórmulas ajenas cuando se agoten los sentidos comunes. Queremos tener claridad sobre el camino que tomamos.

Creemos que el mejor homenaje a quienes nos precedieron en la lucha es aprender de sus pasos, extraer las lecciones de su memoria y superar los límites que frenaron sus avances. Por eso, construimos teoría revolucionaria.

Contra el Mito anti teórico

Necesitamos una teoría explícita, construida colectivamente, nacida del análisis riguroso de la realidad actual y también de la memoria histórica de nuestra clase: una teoría que se desentierre junto a los huesos de quienes combatieron antes que nosotras. No debe transmitirse de manera informal ni por socialización tácita, sino a través de procesos formativos, con espacios habilitados para el debate, la crítica y la confrontación honesta. Solo así podrá esquivar el dogmatismo estéril y hacer justicia a la verdadera tradición anarquista: aquella que se reinventa y se discute.

Reivindicamos la lucha política como confrontación de teorías. En el interior del Movimiento Libertario, también esta disputa es imprescindible. Combatir las ideas que empujan a la militancia y a las masas hacia callejones sin salida es parte del trabajo revolucionario.

Quienes afirman que "no es momento para teorizar" están, en realidad, tomando una posición política. Al desestimar la reflexión, buscan orientar la atención hacia acciones inmediatas, alejando así la posibilidad de un debate amplio y compartido. Esta actitud dificulta gravemente el análisis colectivo y limitar nuestra capacidad de participar críticamente.

Cuando nos formamos, debatimos, teorizamos o polemizamos, estamos construyendo una alternativa revolucionaria. No aceptamos la falsa dicotomía entre teoría y acción, entre palabra y práctica. No pensamos desde un sótano, aisladas de la realidad. Pensamos mientras hacemos y hacemos mientras pensamos. Nuestra praxis es reflexiva: analizamos, proyectamos, evaluamos y corregimos.

La actividad política cotidiana no es un obstáculo para la teoría; es su fuente. Nuestra teoría es situada, nace desde abajo, desde la práctica concreta, desde el terreno que pisamos con otros y desde el suelo que pisaron otras, también. El eco de esos pasos llega a nuestros oídos a través de sus historias, de las reflexiones que sobrevivieron al fuego y de la generosidad de quien hoy sigue lanzando en voz alta sus reflexiones para que las discutamos en común.

No confrontamos ideas por vanidad, sino por responsabilidad y respeto al proceso colectivo. Lejos de ser un ejercicio ególatra, debatir y criticar es un acto de honestidad política y autonomía real, de verdadera humildad. No luchamos por nuestras siglas, no tenemos banderas impresas. Luchamos por el desarrollo político de la clase trabajadora en su combate contra quienes la explotan. Nuestro horizonte es un mundo radicalmente distinto. No ganamos si no ganamos todas. Nuestra firma no responde a la lógica burguesa del prestigio: es un acto de compromiso. Nos hacemos cargo de lo que decimos y hacemos. Nos exponemos a la crítica y asumimos el deber de reconsiderar nuestras posiciones cuando es necesario.

Somos comunistas libertarias y sostenemos las tesis Plataformistas, no por identidad ni por tradición, sino por coherencia estratégica.

Teoría y adherencia

Al movimiento libertario nunca le ha faltado voluntad, entrega ni compromiso, pero su fuerza ha sido a menudo doblegada por la falta de una estrategia capaz de consolidar avances. Más de una vez terminamos siendo la punta de lanza al servicio de otros intereses.

Por supuesto que no basta con tener una Teoría Revolucionaria. Si las ideas no se encarnan en sujetos colectivos capaces de hacerlas avanzar, se vuelven estériles, mera retórica, palabrería o poesía. La revolución no la hacen los anarquistas, la hacen las masas, y no es posible incidir en su camino si no se cuenta con credibilidad ante ellas. Esa credibilidad no se logra por decreto, es el resultado del respeto mutuo.

Las organizaciones revolucionarias no son nada fuera de la clase trabajadora. Adherencia significa contacto real y permanente con las organizaciones de lucha. Supone que los militantes revolucionarios sean conocidos y reconocidos por sus compañeras por haber estado allí, por haber defendido ideas con la garganta y con el cuerpo, por haber recibido golpes, acertado y fallado, proyectado y rectificado, por haber compartido alegrías y duelos. Por ser lo que son, clase trabajadora en lucha.

Solo esa práctica compartida confiere el reconocimiento necesario para que las compañeras escuchen nuestras ideas cuando más importa. Y solo así será posible hegemonizar, es decir, empujar colectivamente en la dirección más adecuada cuando la lucha de clases se acelere.

La adherencia se construye con lucha sostenidas consolidadas en estructuras formales, con coherencia entre palabras y actos. No se trata solo de hablar, sino de estar, de hacer. Con honestidad, constancia y consecuencia. Lo que da credibilidad a nuestras palabras es nuestro ejemplo de sacrificio y lucha. Saber y poder. Construcción y orientación. Teoría y adherencia. Son las dos caras de la cuña negra. Las dos tareas, los dos prerrequisitos, de una Organización Revolucionaria Libertaria. Ni construir fuerzas para que las lideren otros, ni lanzarnos voluntariosamente a la próxima derrota asegurada.

Miguel Brea, militante de Liza

https://regeneracionlibertaria.org/2025/10/01/la-tirania-de-la-falta-de-teoria/
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