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(ca) Spaine, Regeneracion: La importancia de una buena base económica para organizaciones revolucionarias Por LIZA (de, en, it, pt, tr)[Traducción automática]
Date
Tue, 14 Oct 2025 09:20:25 +0300
En el marco de la lucha revolucionaria anarquista, la cuestión económica
no puede seguir siendo una nota al pie. La economía no es un campo
"neutral" ni una dimensión técnica separada de la política; es uno de
los terrenos donde se reproducen las relaciones de poder. Toda
estrategia política que busque transformar radicalmente la sociedad debe
asumir con claridad que sin recursos no hay posibilidad real de sostener
procesos de lucha, construir poder popular, ni proteger a nuestras
compañeras frente a la represión del Estado o los sabotajes del capital.
Los medios materiales no garantizan por sí mismos la emancipación, pero
su ausencia puede condenarla al fracaso o reducirla a expresiones
meramente simbólicas.
Es necesario dotarnos de recursos económicos no sólo para subsistir,
sino para tomar la iniciativa. Recursos para imprimir panfletos,
producir propaganda, sostener locales y espacios seguros, financiar
cajas de resistencia, enviar delegadas a encuentros, apoyar a quienes
caen en manos de la (in)justicia, hacer y sustentar huelgas largas,
sostener procesos de formación política, atender necesidades básicas de
militantes precarizadxs o financiar proyectos cooperativos que
fortalezcan la autonomía.
Construir una base económica robusta es una necesidad urgente: permite a
nuestras organizaciones funcionar con autonomía, resistir en contextos
de represión, expandir su influencia y cubrir las necesidades básicas de
quienes militan en ellas. No se trata de caer en la lógica
mercantilista, sino de poner en práctica una ética del cuidado colectivo
con medios suficientes para sostener y escalar nuestras luchas.
La política sin medios materiales para reproducirse y expandirse termina
replegada a lo simbólico; la organización sin capacidad de sostener
huelgas, apoyar judicialmente a sus militantes o simplemente imprimir
propaganda, queda neutralizada por el peso de la miseria y el
aislamiento. Este ensayo aborda la urgencia de asumir una praxis
económica militante, inspirada en los ejemplos históricos del anarquismo
y alimentada por aportes contemporáneos que combinan crítica del capital
con propuestas organizativas concretas.
Militancia con presupuesto: el músculo financiero del movimiento
Desde pagar multas y costes judiciales, hasta sostener cajas de
resistencia, eventos políticos, campañas de difusión, redes de cuidado,
o comedores populares, toda organización necesita recursos estables. No
es un lujo ni un capricho, sino un elemento vital que define el alcance
real de la acción política. Esto no es una concesión al economicismo
liberal, sino una afirmación materialista: nuestras estructuras deben
poder resistir, reproducirse y crecer si quieren tener algún impacto
estructural. Toda acción revolucionaria necesita una base financiera que
le permita continuidad y proyección. La precariedad no puede ser el modo
de existencia de un movimiento que pretende transformar las condiciones
materiales de vida.
Contar con cuotas periódicas, donaciones solidarias o ingresos derivados
de la venta de materiales políticos (libros, fanzines, camisetas,
carteles, etc.) es fundamental para sostener nuestras iniciativas sin
depender del Estado, de ONGs o de subvenciones que imponen condiciones y
limitan la autonomía. La autogestión comienza también en cómo
financiamos nuestras actividades. Los aportes regulares, por pequeños
que sean, permiten planificar, prever y responder ante urgencias. Las
campañas de donación o las ferias políticas pueden ser además momentos
de visibilización del proyecto y fortalecimiento del vínculo con
simpatizantes y aliadxs.
En la historia del anarquismo, la economía nunca ha sido un tema ajeno o
relegado. La CNT en los años 30 no sólo organizaba huelgas, sino que
construyó una red compleja de estructuras sociales: ateneos, escuelas
racionalistas, cooperativas de consumo, centros de cuidado, editoriales,
grupos culturales y redes de defensa. Este ecosistema económico permitió
sostener la lucha cotidiana y proyectar una alternativa integral a la
sociedad capitalista. Anarquistas como Bakunin entendían esta dimensión:
él mismo financió expediciones revolucionarias para apoyar la
organización de células libertarias en distintas regiones de Europa,
sabiendo que el movimiento necesita recursos, logística y planificación
para expandirse. Un caso práctico es la llegada de Fanelli a España.
No se trata de acumular riqueza o capital, sino de construir un fondo
común, una infraestructura popular al servicio de fines revolucionarios.
Abraham Guillén lo dejó claro: "la autogestión sin control de los medios
económicos es una farsa". Las organizaciones necesitan no solo autonomía
política, sino también soberanía económica. Lo contrario implica una
dependencia constante de actores externos, del voluntarismo individual o
de ciclos de entusiasmo que no garantizan continuidad. Solo con una base
financiera sólida se puede pensar en procesos a largo plazo, en
expansión territorial, en internacionalismo o en sostenimiento emocional
y material de quienes están en primera línea de lucha.
Del taller a la barricada: colectividades que construyeron poder
Durante la Revolución Española de 1936, en los territorios donde el
golpe de Estado fracasó parcialmente y el poder quedó en manos de
comités obreros y milicias populares, se desarrollaron de forma
simultánea procesos de revolución social y guerra antifascista. Entre
ellos destacó la colectivización agraria e industrial a gran escala,
especialmente en regiones como Aragón, Cataluña y el País Valenciano. En
estos territorios, comunidades rurales y fábricas urbanas pasaron a ser
gestionadas colectivamente por sus trabajadores y trabajadoras, sin
patrón ni burocracia estatal. Las colectividades fueron impulsadas
principalmente por militantes de la Confederación Nacional del Trabajo
(CNT), que venía desarrollando propuestas teóricas y prácticas sobre
autogestión desde la década anterior.
En el ámbito rural, la colectivización significó la socialización de
tierras, herramientas y recursos, con el objetivo de eliminar el trabajo
asalariado y organizar la producción en función de las necesidades
sociales. En muchas zonas se crearon federaciones comarcales que
permitieron la coordinación entre pueblos. En el ámbito urbano, cientos
de fábricas, talleres y servicios fueron tomados por sus plantillas y
reorganizados bajo principios de control obrero. A pesar de la falta de
un plan centralizado, se mantuvo la producción en sectores estratégicos
como la alimentación, el transporte y la industria de guerra.
Estas experiencias fueron abordadas de forma exhaustiva por Miguel Gómez
en su obra La CNT y la Nueva Economía. Del colectivismo a la
planificación de la economía confederal (1936-1939). En ella se analiza
cómo el movimiento libertario, a través de la CNT, desarrolló propuestas
de planificación económica durante la Segunda República y la Guerra
Civil, y cómo estas se articularon con la realidad de la revolución
social. Gómez documenta la evolución desde una socialización espontánea
hacia la creación de estructuras como el Consejo de Economía Confederal
(CEC), que buscaban coordinar el esfuerzo productivo desde una lógica
libertaria.
Gómez señala también que esta revolución social no fue dirigida desde
una vanguardia, sino protagonizada por las propias bases obreras y
campesinas, que actuaron ante el vacío de poder dejado por empresarios y
terratenientes implicados en el golpe militar. Asimismo, subraya cómo la
participación de la CNT en organismos como el Comité de Milicias
Antifascistas, el Consejo de Economía de la Generalitat o incluso el
Gobierno republicano reflejó una estrategia compleja y contradictoria:
colaborar coyunturalmente con el Estado para sostener la revolución y
enfrentar la guerra, sin renunciar del todo a los principios libertarios.
Las colectividades enfrentaron numerosos desafíos: presiones políticas
de sectores estatistas y estalinistas, dificultades logísticas derivadas
del conflicto bélico, y tensiones internas sobre el grado de
centralización deseado. A partir de 1937, tras los Hechos de Mayo en
Barcelona y la disolución del Consejo de Aragón, el proceso
colectivizador comenzó a ser desmantelado por las fuerzas
contrarrevolucionarias dentro del propio bando republicano.
A pesar de todo, las colectividades demostraron que era posible
organizar la economía sobre bases igualitarias, cooperativas y
democráticas, incluso en un contexto de guerra total. El modelo de
planificación confederal impulsado por la CNT, aunque inacabado,
constituye una de las experiencias más ambiciosas y avanzadas de
construcción económica libertaria en la historia contemporánea.
Economía anarquista - Principios y Praxis
Desde Kropotkin hasta Michael Albert, pasando por Abraham Guillén, Iain
McKay, Asimakopoulos, Wayne Price o incluso el análisis crítico de Marx,
la tradición anarquista ha ofrecido análisis y propuestas concretas para
una economía que rompa con la lógica del capital y construya
alternativas libertarias y emancipadoras.
Kropotkin, en La conquista del pan y Campos, fábricas y talleres,
argumenta que la economía debe organizarse en torno a la satisfacción
directa de las necesidades humanas. Propone una descentralización
radical, abolición del salario, y una producción basada en la
cooperación, la ayuda mutua y la libre asociación. Para él, no es
posible una sociedad libre mientras los recursos estén bajo el control
de unos pocos: la expropiación de los medios de producción debe ir
acompañada de su gestión comunal y horizontal.
Abraham Guillén, más técnico y vinculado al anarquismo ibérico y
latinoamericano, propone un modelo de planificación democrática basado
en federaciones económicas, asambleas territoriales y control obrero. En
su visión, la economía libertaria no es espontaneísta, sino organizada,
científica y orientada al bien común. Aporta herramientas para pensar
cómo escalar la autogestión sin caer en el caos ni en la centralización
estatal, un desafío que toda organización revolucionaria debe afrontar
con seriedad.
Michael Albert, con su propuesta de parecon o economía participativa,
plantea mecanismos institucionales concretos para superar tanto el
capitalismo como el socialismo autoritario: consejos de trabajadores y
consumidores, remuneración según esfuerzo y sacrificio, complejos de
trabajo equilibrado y planificación participativa sin mercado ni Estado.
Su modelo permite imaginar una economía funcional sin jerarquías
económicas, ni clases propietarias, ni burócratas planificadores.
Iain McKay, autor de la An Anarchist FAQ y diversos estudios sobre
economía libertaria, destaca la importancia de vincular teoría y
práctica: la economía anarquista no es una abstracción utópica, sino una
tradición viva que ha sido practicada en numerosas experiencias
históricas. McKay también enfatiza que, aunque la abolición del
capitalismo es fundamental, el proceso debe estar guiado por principios
como el apoyo mutuo, la equidad, la descentralización y la acción
directa económica.
Wayne Price, por su parte, defiende la necesidad de una economía
libertaria que incorpore críticamente herramientas del marxismo, sin
caer en autoritarismos, pero sin renunciar al análisis de clase.
Reconoce en Marx una poderosa crítica al capitalismo -especialmente en
su análisis del valor, la acumulación y la explotación-, que puede ser
aprovechada desde una perspectiva libertaria si se evita la vía del
estatismo y el centralismo. Bakunin ya lo había anticipado en sus
críticas a Marx: el problema no era el análisis económico, sino su
traducción en estructuras autoritarias. En este sentido, una economía
anarquista no niega la utilidad de ciertas categorías marxistas, pero
las redirige hacia un horizonte de emancipación sin Estado ni clases
dominantes.
El caso de las iglesias evangélicas: ¿Solidaridad o sumisión?
En muchos territorios obreros, migrantes y marginales, donde el Estado
está ausente y el mercado sólo garantiza explotación, las iglesias
evangélicas han logrado construir una fuerte presencia social. Se han
insertado en comunidades golpeadas por el desempleo, la violencia y la
precariedad, ofreciendo lo que el sistema niega: comida, escucha,
compañía, actividades para niñxs, vínculos y sentido. Han comprendido,
con eficacia inquietante, que la hegemonía no se gana únicamente desde
el púlpito, sino desde la base material.
Pero esta inserción no es ni inocente ni emancipadora. Estas iglesias
actúan como amortiguadores del conflicto social, canalizando la rabia
hacia la resignación y proponiendo la salvación individual como
sustituto de la transformación colectiva. La propia historia de la
llegada de estas iglesias a América Latina ya daría un ensayo por sí
solo ya que hicieron parte de una psyop1 de la CIA (resumidamente, ellos
veían el catolicismo influenciado por el bolchevismo y tenían miedo de
las revoluciones que pudieran venir). Desde una perspectiva anarquista y
de clase, constituyen una forma particularmente insidiosa de control
social. Promueven valores profundamente conservadores: obediencia a la
autoridad, culpa personal por la pobreza, sumisión femenina, rechazo al
pensamiento crítico, moralismo punitivo. El mensaje central es claro: si
sufres es porque no tienes suficiente fe, no porque el sistema esté podrido.
Uno de los pilares económicos de estas iglesias es el diezmo
obligatorio: una contribución mínima -habitualmente del 10% de los
ingresos personales- que cada creyente debe entregar como muestra de su
compromiso espiritual. En la práctica, el diezmo se convierte en una
forma sistemática de extracción de recursos a las clases populares, que
muchas veces entregan dinero bajo coerción moral, aun cuando viven en
condiciones de necesidad. Estas estructuras funcionan como auténticas
empresas, con modelos de negocio basados en la fidelización, la culpa y
la obediencia. En países como Brasil, México o Filipinas, algunas
iglesias evangélicas (y específicamente hablando, neopentecostales)
acumulan capital inmobiliario, medios de comunicación, partidos
políticos y redes clientelares que recuerdan más a conglomerados
corporativos que a comunidades espirituales.
No es casualidad que en América Latina, Estados Unidos y Europa,
diversas iglesias evangélicas hayan estado implicadas en escándalos que
evidencian su carácter reaccionario y explotador. En Brasil, figuras
vinculadas a la teología de la prosperidad han sido juzgadas por lavado
de dinero, fraude y manipulación emocional de fieles. En Estados Unidos,
megatemplos se han enriquecido a costa de comunidades empobrecidas,
defendiendo agendas antiabortistas, racistas y homófobas. En Europa,
algunas organizaciones evangélicas han sido cuestionadas por prácticas
coercitivas, sectarias y por recibir fondos públicos destinados
supuestamente a labores sociales. No se trata de excepciones, sino de
una lógica estructural: estas iglesias se presentan como salvación
espiritual mientras consolidan redes de poder conservador al servicio
del statu quo.
Para lxs anarquistas, el desafío no es competir por el discurso
religioso, sino disputar su lugar en el tejido social. Lo que debemos
aprender no es su teología, sino su capacidad de construir presencia
material sostenida. Debemos levantar redes de apoyo mutuo, espacios de
acompañamiento y solidaridad, comedores populares, proyectos educativos
autogestionados, brigadas de salud, espacios de juego y cultura para lxs
niñxs. Porque si no llenamos esos vacíos desde una práctica libertaria,
otros lo harán. Y cuando lo hacen desde posiciones reaccionarias,
desvían la potencia popular hacia la obediencia y la culpa.
La lucha contra estas formas de dominación espiritual y económica no se
libra solamente en la esfera política o sindical tradicional: se juega
también -y muchas veces principalmente- en los barrios, en las
comunidades populares, en los espacios donde la vida cotidiana se
organiza. Cuando las iglesias evangélicas consiguen que la clase
trabajadora entregue parte de sus ya escasos ingresos a cambio de un
lugar en el cielo, estamos ante una derrota concreta en la disputa por
el sentido, los vínculos y la redistribución. Si no ocupamos esos
territorios con proyectos libertarios, solidarios y combativos, quienes
los ocupan desvían la necesidad de justicia hacia la fe ciega y el
sacrificio individual. No podemos permitir que los enemigos de clase se
disfracen de ayuda mientras reproducen estructuras de obediencia, culpa
y sumisión.
Recursos para la revuelta
Una economía revolucionaria comienza con principios sólidos y prácticas
claras. No se trata sólo de resistir: se trata de construir desde ya
formas de vida y organización que encarnen los valores que defendemos.
La forma en que manejamos los recursos revela nuestra ética política. En
este sentido, es imprescindible rechazar el beneficio individual dentro
de las estructuras colectivas: quien se enriquece a costa de la
organización rompe el principio de confianza y corroe el tejido común.
La apropiación privada de recursos colectivos es una traición a
cualquier horizonte libertario.
Todos los ingresos deben retornar a la lucha. Cada donación, cada cuota
militante, cada euro generado en actividades autogestionadas debe
reinvertir en fortalecer nuestras capacidades: sostener locales,
publicar materiales, garantizar redes de cuidado, ofrecer ayuda directa
a quien lo necesite. No hay dinero "de sobra" cuando la revolución está
en juego. Cada recurso cuenta y debe estar orientado al bien común.
Por eso mismo, es fundamental construir reservas económicas, ya sea en
formato físico o digital, para responder con rapidez ante situaciones
imprevistas: represión, emergencias sanitarias, sabotajes,
desplazamientos urgentes. No planificar es condenarse a la
improvisación, y la improvisación constante agota y desarma.
Invertir con inteligencia política significa priorizar aquellos gastos
que fortalecen nuestra autonomía, cohesión y proyección. Propaganda,
espacios seguros, herramientas de formación y difusión, redes de apoyo
mutuo: no son gastos, son inversiones en poder popular.
Una estructura económica libertaria también debe basarse en
contribuciones justas. No se trata de imponer cuotas inalcanzables, sino
de diseñar formas de participación económica solidarias y
proporcionales. Cada uno aporta según sus posibilidades, pero todas y
todos asumimos el compromiso común.
Finalmente, necesitamos generar rendimientos sostenidos: ferias,
cooperativas, talleres, publicaciones. Actividades que no sólo nos
financien, sino que nos vinculen con nuestras comunidades, expandan
nuestras ideas y fortalezcan vínculos reales. Esta generación de
recursos debe evitar caer en la lógica empresarial. No competimos con el
mercado: lo enfrentamos. Y tampoco mendigamos al Estado, que es parte
del problema. Nuestra autonomía económica no es un detalle técnico: es
una condición de posibilidad para que nuestras luchas sean duraderas,
coherentes y transformadoras.
Porque sin pan no hay libertad
La revolución no será financiada por filántropos ni patrocinadores. Si
queremos construir poder popular, debemos construir también una economía
propia y popular. No para reproducir la lógica capitalista, sino para
desmontarla. No para competir, sino para vivir dignamente y luchar mejor.
Una organización que no piensa en cómo sostenerse materialmente está
condenada a la fragilidad. Una estrategia política que no contempla la
dimensión económica es incompleta. Y un proyecto emancipador que no
cubre las necesidades de sus integrantes está condenado al desgaste.
Toda organización revolucionaria necesita una base económica. No como un
fin, sino como un medio. Para sostener huelgas, abrir espacios,
alimentar compañeras, liberar presas, cuidar niñxs y expandir la semilla
libertaria en cada rincón del territorio.
Porque sin pan no hay libertad. Y sin estrategia económica, no hay
revolución duradera.
Don Diego de la Vega, militante de Liza, Plataforma Anarquista de Madrid
*Si has leído este texto y hay conceptos económicos que no entiendas y
quieras aprender como pueden ser planificación central, parecon,
economía libertaria, etc, te recomendamos que escuches las sesiones de
nuestro curso con Solidaridad Obrera de Introducción a la Economía
Política Socialista Libertaria.
1. https://es.wikipedia.org/wiki/Guerra_psicol%C3%B3gica
https://regeneracionlibertaria.org/2025/09/10/la-importancia-de-una-buena-base-economica-para-organizaciones-revolucionarias/
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