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(ca) Mexico, FAM, Regeneracion #19 - Contra el cautiverio: los delfinarios como expresión del dominio (de, en, it, pt, tr)[Traducción automática]
Date
Mon, 22 Sep 2025 08:34:11 +0300
La reciente decisión del Estado mexicano de avanzar hacia la prohibición
de los delfinarios parece, a simple vista, una victoria. Y sin duda lo
es, pero no por las razones que el discurso institucional promueve. No
es un triunfo de la "buena gobernanza", ni del "progreso ético" del
aparato legal. Es, en todo caso, un síntoma tardío de algo que los
movimientos anti-especistas y anarquistas llevan décadas denunciando:
que la utilización de animales no humanos como mercancías vivientes para
el entretenimiento no es sólo una crueldad, sino una forma de poder. Una
forma de dominación que encuentra en los delfinarios su expresión más
obscena.
El delfinario como espectáculo del orden
Los delfinarios no son simples espacios recreativos. Son instituciones
que se insertan en la lógica de la dominación estatal y capitalista: son
zoológicos acuáticos donde la vida es gestionada, programada, entrenada
y exhibida. El delfín, un ser sintiente, social y complejo, es reducido
a una caricatura domesticada que debe obedecer para recibir sardinas y
aplausos.
Pero no se trata únicamente de una violencia dirigida a un individuo o a
una especie. Se trata de una pedagogía del poder. El delfinario le
enseña a la sociedad que está bien encerrar, que está bien explotar, que
festá bien imponer sufrimiento si el resultado es placer o ganancia. Le
enseña que la libertad puede ser negociada, que el cuerpo ajeno puede
ser domesticado y puesto a producir.
En este sentido, el delfinario es un microcosmos del orden autoritario:
disciplina, obediencia, encierro, espectáculo. No es casualidad que el
espectáculo animal surja y florezca junto con las formas más brutales
del capitalismo industrial. Ni que sus dueños y defensores apelen a la
ciencia, al entretenimiento educativo, o incluso a la conservación, para
justificar lo que no es más que esclavitud con agua salada.
El espectáculo del cuidado como ideología
Quienes hoy se oponen a la prohibición de los delfinarios -empresarios
turísticos, entrenadores y políticos cómplices- lo hacen en nombre de
una falsa noción de "cuidado". Afirman que los delfines viven más tiempo
en cautiverio, que son protegidos de depredadores, que los espectáculos
generan conciencia ambiental. Pero lo que defienden no es el bienestar
de los delfines: es la continuidad de una forma de acumulación, la
existencia de un modelo extractivista que convierte la vida en servicio.
El lenguaje del bienestar animal ha sido capturado por el poder. El
mismo Estado que permite la ganadería industrial, los mataderos, la
deforestación y los megaproyectos turísticos pretende ahora mostrarse
sensible ante el sufrimiento de un cetáceo. Esta es la lógica del
capitalismo verde: no detener la explotación, sino gestionarla. No
abolir la violencia, sino estetizarla.
Frente a esto, el anti-especismo anarquista no negocia. No pedimos
"mejores condiciones" para los esclavos no humanos, no aceptamos jaulas
más amplias ni espectáculos más "respetuosos". Denunciamos la raíz del
problema: la cosificación de la vida, el derecho auto asumido del ser
humano privilegiado a dominar, reconfigurar y explotar todo aquello que
no se le parezca. Sea delfín, sea tierra, sea agua.
Contra el paternalismo legal
Desde el anarquismo, no celebramos la intervención del Estado como si
fuera un aliado. La ley que prohíbe los delfinarios no nos ilusiona por
su origen, sino por lo que revela: la presión social y ética ha llegado
a un punto donde incluso el sistema tiene que ceder un poco. Pero el
Estado no prohíbe por conciencia: prohíben para sostener su legitimidad.
Y mientras se avanza en esta reforma, el mismo Estado encarcela
activistas por liberar animales, reprime comunidades que defienden su
territorio, financia proyectos ecocidas y criminaliza la desobediencia.
No podemos olvidar que el aparato jurídico es una estructura de control
que protege intereses de clase, que sirve a los dueños de la propiedad y
que administra la vida en función del mercado.
Así como no pedimos que el Estado aboliera la esclavitud humana para
luego rendirle pleitesía, no podemos delegar en él la lucha por la
liberación animal. La abolición de los delfinarios debe ser una
conquista desde abajo. No se trata de aceptar una reforma: se trata de
seguir luchando hasta que ningún ser vivo sea explotado por
entretenimiento, consumo o servicio.
¿Y qué pasa con los delfines?
Aquí surge una cuestión ética ineludible. ¿Qué pasará con los delfines
que ya viven en cautiverio? ¿Serán "reubicados" en otras piscinas,
devueltos al mar, sacrificados? La respuesta institucional suele ser
ambigua. Algunos abogan por santuarios marinos, otros por mantenerlos
donde están hasta su muerte.
Desde el anti-especismo, exigimos que se tomen medidas que no
reproduzcan el encierro, sino que busquen devolver a estos individuos el
mayor grado de libertad posible. No es una tarea sencilla. Muchos
delfines nacieron en cautiverio, nunca aprendieron a cazar, no conocen
los peligros del océano ni las dinámicas sociales salvajes. Pero eso no
justifica mantenerlos como esclavos hasta que mueran.
La creación de santuarios costeros, sin espectáculos, sin reproducción
forzada, sin contacto con turistas, es un mínimo ético. Pero incluso eso
no basta si no se acompaña de un cambio estructural: dejar de ver a los
animales como recursos o embajadores de nada. Son sujetos. Tienen
intereses propios. No nos deben nada.
La economía del encierro
No podemos analizar los delfinarios sin hablar de del dinero. El
encierro animal es un negocio. Los espectáculos con delfines mueven
millones en turismo, venden entradas, justifican resorts, crean empleos
precarios. Son una industria como cualquier otra: extractiva,
explotadora, concentradora.
Cundo un Estado prohíbe los delfinarios, no lo hace sin presiones. Las
cámaras empresariales y turísticas reaccionan. Alegan "pérdidas
económicas", despidos, impactos negativos. Pero eso solo demuestra el
punto: su preocupación no es la vida, sino la ganancia.
La abolición del espectáculo animal no debería ser sustituida por otro
modelo extractivista. No queremos que los delfines sean reemplazados por
"nado con tortugas" o por drones con cámaras bajo el agua. Queremos
repensar radicalmente el turismo, la economía, nuestra relación con el
entorno.
Queremos un mundo donde la vida no sea un producto. Y eso solo es
posible fuera del capitalismo.
Más allá del delfinario: el especismo como estructura
Si hoy celebramos la prohibición de los delfinarios, no es porque
creamos que ya ganamos. Es porque demuestra que el discurso
anti-especista ha calado, que las grietas del sistema se ensanchan. Pero
no debemos caer en la auto complacencia. Mientras existan zoológicos,
acuarios, rodeos, circos, granjas, laboratorios, el espectáculo continua.
Y más aún: mientras sigamos viendo a los no humanos como inferiores,
como cosas, como recursos, la violencia continuará, aunque se esconda
tras paredes blancas y discursos "verdes".
El especismo no es una serie de actos aislados. Es una ideología, una
estructura, una forma de poder. Y como tal, está ligada al patriarcado,
al racismo, al clasismo, a la lógica misma del Estado y el capital. No
basta con liberar a los delfines: debemos liberarnos de la necesidad de
encerrar, de dominar, de mandar.
Conclusión: un mundo sin jaulas
El fin de los delfinarios en México debe ser un punto de partida, no una
meta. No queremos más jaulas, ni más cárceles, ni más justificaciones
para la explotación. Queremos un mundo donde la libertad sea la norma y
no la excepción, donde la vida no sea negociable, donde ningún ser
-humano o no humano- sea usado como medio para un fin ajeno.
Desde el anarquismo anti-especista, no esperamos salvadores. Actuamos.
Denunciamos. Organizamos. Y celebramos cada grieta que se abre en el
muro del poder, no para dormirnos, sino para empujar con más fuerza.
Que esta prohibición sea el principio del fin para todas las formas de
explotación animal. Y que ese fin no venga por decreto, sino por
insurrección ética.
Come Pasto Incendiario
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