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(ca) Spaine, Regeneration: Burkina Faso: Revolución, autoritarismo y crisis de la política de emancipación africana Por LIZA (de, en, it, pt, tr)[Traducción automática]

Date Thu, 18 Sep 2025 09:06:15 +0300


Hubo un tiempo en que Robert Mugabe se erigía como la figura emblemática de la liberación africana. Puños en alto, pancartas panafricanistas y cánticos de autogobierno marcaron el surgimiento de Zimbabue tras el colonialismo de los colonos blancos. Mugabe, como muchos de su generación, representaba la victoria de los oprimidos contra la dominación imperial. Pero la historia, con su despiadada claridad, más tarde lo señalaría no solo como un libertador sino como un autoritario. Su heroísmo inicial se transformó en represión, corrupción y asfixia del disenso.

Esta trayectoria no es exclusiva de Mugabe, ni de Zimbabue. En todo el continente africano, se repite un patrón sombrío: los movimientos de liberación, una vez anclados en la lucha popular y los sueños de autodeterminación, se transforman en regímenes burocráticos, militarizados y a menudo represivos.

Robert Mugabe lideró Zimbabue tras su liberación, pero se convirtió en su opresor.
Hoy, un nuevo rostro de la revolución emerge en Burkina Faso bajo el liderazgo joven y carismático del Capitán Ibrahim Traoré. Su imagen se forja a semejanza de Thomas Sankara, evocando el espíritu antiimperialista de los años ochenta, y su lenguaje es contundente:

Esto no es una democracia. Esto es una revolución.

Pero, ¿qué clase de revolución desprecia la democracia? ¿Cómo debemos interpretar otra toma del poder por hombres uniformados que dicen actuar en nombre del pueblo? Si la historia ha de ser nuestra maestra, entonces debemos preguntar: ¿puede una revolución construida sobre bases autoritarias dar lugar a una verdadera liberación? ¿O solo estamos presenciando la repetición de otro ciclo trágico en el que el pueblo siempre es traicionado?

Para responder a esto, la teoría anarquista ofrece una crítica sobria y necesaria, particularmente con el principio de "prefiguración". En términos generales, esto significa que la sociedad futura que deseamos está literalmente moldeada por lo que hacemos hoy. Por tanto, los medios para transformar la sociedad y alcanzar la liberación deben reflejar la sociedad liberada que buscamos construir. La dictadura en nombre del pueblo no es una contradicción; es una traición.

La paradoja de la liberación africana
En 1980, Mugabe asumió las riendas de una Zimbabue independiente en medio de la euforia. Férreo crítico del apartheid sudafricano y baluarte del nacionalismo africano, Mugabe encarnaba las esperanzas de un continente que aún se sacudía las cadenas coloniales. Su gobierno amplió el acceso a la educación y la salud, emprendió la redistribución de tierras (aunque lentamente al principio) y posicionó a Zimbabue como un referente regional.

Sin embargo, bajo la superficie del orgullo nacional se gestaban las semillas del autoritarismo. Las masacres de Gukurahundi en Matabeleland, violencia estatal dirigida que dejó miles de muertos, fueron la primera gran grieta en la fachada. Para los años noventa y dos mil, la promesa se había desvanecido. La mala gestión económica, los ataques sistemáticos a la oposición, el uso de veteranos de guerra como agentes represivos y las elecciones amañadas convirtieron a Zimbabue en una advertencia para la región. Mugabe se había convertido en aquello contra lo que una vez luchó: un gobernante sordo a los clamores de su pueblo.

¿Qué salió mal? El problema no fue solo la personalidad o la edad de Mugabe, sino uno estructural: una política centralizada, jerárquica y militarizada que concentró el poder en manos de unos pocos. Las masas, antes movilizadas por la liberación, fueron reducidas a espectadoras del nacionalismo dirigido por el estado. La lógica de dominación, heredada del colonialismo, permaneció intacta.

El continente africano está lleno de líderes de liberación que más tarde degeneraron en gobernantes autoritarios. En la República Democrática del Congo, Laurent-Désiré Kabila llegó al poder tras deponer al infame Mobutu Sese Seko. Aclamado como reformista, rápidamente silenció el disenso, suspendió las instituciones democráticas y afianzó el clientelismo.

En Eritrea, Isaías Afwerki lideró al Frente de Liberación del Pueblo Eritreo (EPLF) hacia la independencia de Etiopía en 1993; desde entonces, el gobierno ha abolido las elecciones, ilegalizado el disenso y convertido al país en un estado prisión. En Uganda, Yoweri Museveni, quien en su momento fue una voz progresista con una ambiciosa agenda de reformas que llegó al poder en 1986 tras una guerra de guerrillas, prometiendo acabar con la dictadura y restaurar la democracia, se ha aferrado al poder durante décadas, reprimiendo a la oposición y manipulando los límites constitucionales de mandato.

Lo que une a estos casos no es simplemente la traición de ideales iniciales, sino la estructura misma de los movimientos revolucionarios: el dominio de actores militares, la centralización de la toma de decisiones y la eliminación del aporte democrático desde la base. La liberación se convirtió en un proyecto estatal, no en un movimiento popular. El resultado no fue la libertad, sino la dominación por otro conjunto de élites.

Ibrahim Traoré y el momento burkinés
Es en este contexto histórico que debemos entender el ascenso de Ibrahim Traoré en Burkina Faso. En septiembre de 2022, Traoré tomó el poder de manos de otro oficial militar, citando el fracaso del gobierno para contener la violencia yihadista y sus vínculos persistentes con intereses neocoloniales franceses. Joven, enérgico y armado con retórica panafricanista, Traoré ha sido abrazado por muchos en África como un nuevo tipo de revolucionario. Sus discursos denuncian el imperialismo, su postura rechaza el control occidental y su persona se nutre del legado sankarista.

Sin embargo, hay razones para ser profundamente cautelosos. Traoré ha suspendido la Constitución, disuelto la Asamblea Nacional y pospuesto indefinidamente las elecciones. La participación de la sociedad civil está estrictamente controlada. La crítica se silencia cada vez más bajo el lema de la unidad nacional. Lo más revelador: el propio Traoré ha declarado que esto no es una democracia, sino una revolución.

Aquí yace la contradicción central. Una revolución que excluye la democracia participativa, horizontal y dirigida por el pueblo no es una revolución de liberación, sino de sustitución. El pueblo es nuevamente marginado, reemplazado por uniformes y órdenes.

La alternativa: prefiguración y el caso de Néstor Makhno
Entonces uno debe preguntarse si una revolución democrática es siquiera posible y, de ser así, ¿podemos señalar un ejemplo? El ejemplo debe ser históricamente cierto y también debe rechazar la lógica de que "el fin justifica los medios", que ha plagado a tantos movimientos revolucionarios.

El ejemplo debe encarnar el concepto de prefiguración, desarrollando hoy los tipos de ideas y estructuras sociales que reflejen el mañana que deseamos. Existió un hombre llamado Nestor Makhno, quien lideró el Ejército Insurgente Revolucionario de Ucrania a principios del siglo XX. Operando durante la Guerra Civil Rusa, Makhno dirigió un movimiento campesino que resistió tanto a la contrarrevolución blanca como a los autoritarios bolcheviques. Central al enfoque Makhnovista fue la creación de consejos de trabajadores y campesinos, asambleas donde las decisiones se tomaban colectivamente y los líderes estaban sujetos a revocatoria inmediata. El propio ejército funcionaba de manera democrática, con comandantes electos y decisiones tomadas en discusión abierta.

El movimiento de Makhno no fue perfecto, pero representó un experimento raro en cómo podría verse una revolución verdaderamente autogestionada y desde abajo. Su lección principal fue que la verdadera libertad es imposible sin participación democrática en todos los niveles de la lucha. Las estructuras de mando militarizadas no pueden dar origen a sociedades emancipadoras; en cambio, reproducen las jerarquías que dicen oponerse.

Si las revoluciones africanas quieren evitar el destino de la traición, deben rechazar el camino autoritario. Esto significa desmantelar la idea de que una pequeña élite revolucionaria o una junta militar pueden entregar la libertad en nombre del pueblo. El pueblo debe entregársela a sí mismo.

Esto requiere construir estructuras de democracia directa, presupuestos participativos, consejos locales, asambleas comunitarias, federaciones de movimientos autoorganizados. Significa romper tanto con la democracia liberal occidental, con sus instituciones controladas por élites, como con el autoritarismo nacionalista, con sus hombres fuertes y decretos militares.

Significa reconocer que una revolución que comienza silenciando voces terminará aplastándolas. En Burkina Faso, el momento revolucionario aún es joven. Aún hay tiempo para reorientar su camino hacia la democracia radical en lugar de la dictadura con rostro populista. Pero eso requerirá más que discursos; requerirá dar poder al pueblo no solo en la retórica, sino en la práctica.

La historia ha sido un cementerio de liberaciones fallidas. Pero no tiene por qué ser así. Si tomamos en serio el principio anarquista de que los medios deben reflejar los fines, podemos empezar a imaginar una política que no reproduzca jerarquías, sino que las desmantele. Una política que no sea meramente antiimperialista, sino antiautoritaria. Una revolución que no sea un reemplazo de gobernantes, sino la abolición del propio gobierno.

Este artículo de ningún modo está en contra de la postura antiimperialista/anticolonial de Burkina Faso ni es una crítica personal al Capitán, sino que aboga por que todas las fuerzas progresistas reflexionen sinceramente sobre el tipo de liberación que queremos en el continente. La liberación no puede ser entregada desde arriba. Debe ser construida desde abajo, y debe comenzar ahora.

Leroy Maisiri es investigador y educador centrado en el trabajo, los movimientos sociales y la política emancipadora en África austral, con experiencia docente y publicaciones en sociología económica industrial.

Traducción realizada por

Don Diego de la Vega, militante de Liza, Plataforma Anarquista de Madrid

Accede al texto original en el siguiente enlace. https://mg.co.za/thought-leader/2025-05-08-burkina-faso-revolution-authoritarianism-and-the-crisis-of-african-emancipation-politics/

https://regeneracionlibertaria.org/2025/09/04/burkina-faso-revolucion-autoritarismo-y-crisis-de-la-politica-de-emancipacion-africana/
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