|
A - I n f o s
|
|
a multi-lingual news service by, for, and about anarchists
**
News in all languages
Last 30 posts (Homepage)
Last two
weeks' posts
Our
archives of old posts
The last 100 posts, according
to language
Greek_
中文 Chinese_
Castellano_
Catalan_
Deutsch_
Nederlands_
English_
Francais_
Italiano_
Polski_
Português_
Russkyi_
Suomi_
Svenska_
Türkurkish_
The.Supplement
The First Few Lines of The Last 10 posts in:
Castellano_
Deutsch_
Nederlands_
English_
Français_
Italiano_
Polski_
Português_
Russkyi_
Suomi_
Svenska_
Türkçe_
First few lines of all posts of last 24 hours
Links to indexes of first few lines of all posts
of past 30 days |
of 2002 |
of 2003 |
of 2004 |
of 2005 |
of 2006 |
of 2007 |
of 2008 |
of 2009 |
of 2010 |
of 2011 |
of 2012 |
of 2013 |
of 2014 |
of 2015 |
of 2016 |
of 2017 |
of 2018 |
of 2019 |
of 2020 |
of 2021 |
of 2022 |
of 2023 |
of 2024 |
of 2025
Syndication Of A-Infos - including
RDF - How to Syndicate A-Infos
Subscribe to the a-infos newsgroups
(ca) Spaine, Regeneracion: Macrofestivales o la romantización del hiperconsumo (de, en, it, pt, tr)[Traducción automática]
Date
Thu, 4 Sep 2025 07:24:07 +0300
Texto original publicado en El Salto. ---- No hay macrofestival ético,
del mismo modo que no hay banco que piense en las personas. La forma de
construir relaciones sociales, así como el lugar desde donde estas se
producen son importantes. Si queremos cambiar los pilares de este mundo
no podemos permitirnos seguir pensando el ocio como un territorio ajeno
a la responsabilidad política. ---- El texto que te dispones a leer
nace, en primer lugar, de la autocrítica. Reflexión creadora que permite
discernir los motivos desde los que actuamos, pensamos o habitamos los
espacios, sean estos políticos, personales o, como es el caso, de ocio
--entendiendo siempre la porosidad de todos ellos que impide analizarlos
como lugares estancos--. El ocio que consumimoses político y no hay
mayor ejemplo de ello que los macrofestivales o festivales con ínfulas
de convertirse en macro, estadio al que aspira cualquier proyecto
neoliberal. Desde la autocrítica elevamos el análisis a la crítica
estructural de un modelo insostenible, precario, hiperconsumista y
homogeneizador de la cultura.
Como hijas de nuestra generación acudimos a eventos sin saber muy bien
los motivos que nos arrastran a ellos, ¿es la presión social con el
recién llamado FOMO -Fear Of Missing Out- como catalizador? ¿es el
sobreestímulo potenciado por las redes sociales? ¿es la compra de una
emoción previa? ¿o se trata de la romantización de espacios que se dicen
contraculturales y que están en las antípodas de serlo? Las autoras de
este texto empezamos a acudir a festivales allá por 2012 y no nos
avergüenza decir que el ViñaRock 2024 fue la cumbre borrascosa que nos
ha impulsado a escribir estas líneas. No somos inconscientes, acudimos a
este último festival sabiendo de antemano lo que encontraríamos y las
contradicciones a las que nos enfrentaríamos. Es importante apuntar que
no buscamos señalar -o al menos no exclusivamente- a las personas que
consumirán festivales esta temporada. Queremos que, al menos, se lea
como una contradicción a nuestras ideas -y sí, durante las próximas
líneas vamos a interpelar principalmente a los festivales, grupos y
espectadoras que nos decimos anticapitalistas-.
El estado español es uno de los lugares que más festivales concentra en
un lapso de meses -debido en parte a su climatología-. Aunque esos
márgenes temporales se han distorsionado con el aumento cuantitativo de
festivales. Toda ciudad, pueblo o pedanía parece querer su propio trozo
del pastel. Un dulce adulterado mucho antes de su exposición en el
escaparate del libre mercado. Los promotores, inversores y demás
beneficiarios de este modelo empresarial precisan de unas subvenciones
públicas, las cuales muchos ayuntamientos dispensan gustosamente para
que el nombre de su ciudad aparezca en un cartel junto a artistas de
calado internacional o nacional. Gran parte de la inversión viene por
tanto de las arcas públicas, pero los beneficios son privados -ya
sabemos cómo funciona el juego perverso que tratamos de combatir-.
Ejemplo de ello es Benicassim, ciudad levantina que lleva albergando el
Festival Internacional de Benicassim (FIB) -además de otros como el
Rototom- treinta años y cuya inversión no repercute en la población
local, la cual el resto del año no tiene espacios culturales.
Nuestra lectura de la coyuntura actual nos acerca a posiciones en las
que el capitalismo está en una fase de no retorno y cuyos estertores
finales son impredecibles -la reestructuración internacional así parece
confirmárnoslo- y es aquí cuando este monstruo, imaginado como
indestructible, corre hacia delante para seguir enriqueciéndose a toda
costa antes de toparse de bruces con los límites planetarios -o de
clase-. Detrás de la mayoría de macrofestivales del estado español está
el fondo de inversión estadounidense Kohlberg Kravis Roberts (KKR) con
Superstruct Entertainment como satélite de sus negocios. El Salto
Diario, en un trabajo de investigación reciente, descubrió el nexo de
KKR con el sionismo colonialista al enriquecerse a través de la
especulación inmobiliaria en territorio ocupado en Palestina. A su vez,
tiene participaciones en empresas de ciberseguridad y tecnología que
utiliza el estado israelí en su maquinaria imperialista. Por si todo
esto fuera poco, además gestiona el 55% del patrimonio inmobiliario de
la Sareb, que viene siendo protagonista indiscutible del problema de la
vivienda en nuestro territorio.
Volviendo a la escena musical, KKR adquirió The Music Republic,
promotora valenciana en origen, para la gestión de los mismos. Y sí, los
que venden un cartel alternativo o de izquierdas, también tienen a estos
conglomerados detrás. Es irónico que en festivales como el ViñaRock
cantemos puño en alto letras anticapitalistas mientras le damos dinero a
un fondo estadounidense durante el 1º de mayo, fecha que para nada es
baladí. Quizá alguna lectora piense que a lo largo de este texto
insistimos demasiado en el ViñaRock. No lo hacemos por una inquina
visceral, se trata del festival autoproclamado de izquierdas más antiguo
de todos, con casi tres décadas de existencia. Por tanto ha recorrido
más etapas del camino del liberalismo. Consideramos que los festivales
pequeños recorrerán los mismos pasos si no encuentran otro espejo -de
reflejo menos distorsionado- en el que mirarse. Como apunta Nando Cruz
«Pronto estaremos delante de un escenario patrocinado por el turbio
negocio de las criptomonedas o por un banco que financia la fabricación
de armas, pero haremos la vista gorda en cuanto Patti Smith aparezca
despeinada y berreando People have the power». Premonición cumplida.
Nos parece importante destacar el boicot realizado por grupos de música
a los festivales que tienen como fondo de inversión a KKR. Grupos como
Tremenda Jauria, Reincidentes, Los Chikos del Maíz o Non Servium entre
muchos otros, han decidido no volver a tocar en escenarios que financien
el genocidio. Especialmente reseñable es el comunicado de Non Servium
que no señala en exclusiva este nexo y apunta a otros asuntos de calado
para boicotear estos espacios, como por ejemplo el Viña, Arenal Sound,
el FIB, Sónar, Monegros, Resurrección Fest y O Son do Camiño. Este
último tiene la particularidad de haber recibido, a través de una
ramificación de KKR, inversión pública de la Xunta de Galiza sin
concurso previo.
Con el señalamiento a fondos de inversión extranjeros no buscamos
romantizar al patrón local, la diferencia está en que a este, llegado el
caso, podremos ponerle cara y perjudicar sus negocios con nuestra acción
directa, aunque con buena organización siempre podrá caer hasta el
magnate de Wall Street más indestructible y anónimo de todos.
La concentración del poder cultural en unas pocas empresas no es
novedad, pero sí el nivel de sofisticación con que se disfraza la
rentabilidad bajo discursos de diversidad y experiencia musical. Los
grandes sellos como Universal Music Group o BMG; y promotoras como The
Music Republic, reconvertidos en gestores de macroeventos, disputan una
hegemonía cultural que -lejos de ser diversa- se ha convertido en un
catálogo viviente de playlists comerciales. Estas dinámicas se pueden
observar en la existencia del modelo cíclico de festival o la
proliferación de franquicias como Boombastic. Si se repasan los
macrofestivales que van a celebrarse esta temporada 2025, de mayo a
septiembre, tendremos a los mismos grupos en la friolera de 9 o 10
carteles -tirando del hilo, son aquellos que tienen acuerdos con las
majors y promotoras asociadas al fondo de inversión KKR-.
Si hay géneros que no encajan en estos formatos han terminado
reproduciendo las mismas lógicas en nichos propios. La consecuencia es
que la música se convierte en una excusa con un potencial emocional al
servicio del ansia de ocio. La calidad del sonido o incluso la
comprensión de la letra pasan a segundo plano. Muchos escenarios siguen
siendo acústicamente desastrosos y la solución suele ser una pantalla
gigante, es decir, una medida que apoya lo visual de estos eventos
masificados, no lo sonoro -pero eso sí, que no falten los fuegos
artificiales para el aftermovie-. También llegamos a sufrir que dos
conciertos se pisen entre ellos, produciendo un efecto más próximo a un
mercado en hora punta que a un concierto.
Cada vez cuesta más distinguir entre lo que se presenta como cultura
alternativa y lo que responde a lógicas aspiracionales. Hemos tendido a
pensar que existían al menos dos circuitos festivaleros diferenciados,
relativamente independientes entre sí, sobre todo a nivel musical -nos
referimos por ejemplo al Iruña Rock, Juergas Rock o Rabo Lagartija-. Sin
embargo, es evidente que los patrocinadores tienden a coincidir y son
muchos los grupos que transitan entre ambas propuestas. Con esta
observación no se pretende señalar las decisiones individuales -o
grupales- de los músicos, sino subrayar un problema estructural. El
sistema capitalista ha demostrado una gran capacidad para absorber
discursos de corte antisistema y estéticas disidentes, siempre que
resulten rentables o comercializables. De este modo, lo que en
determinados contextos puede tener valor político o simbólico, no
garantiza, ni implica un motor real para la construcción de una
contracultura.
Entramos ahora a analizar los motivos por los que los festivales se han
convertido en el mayor ejemplo del turbocapitalismo. Con este término
nos referimos a la necesidad imperiosa creada en la consumidora de
digerir todos los manjares disponibles -aunque todos ellos sepan
sospechosamente igual-. ¿Por qué no cesamos de proyectar el
entretenimiento venidero sin haber terminado de digerir el presente?
Fines de semana ocupados a meses vista, emociones desbordadas que
consisten en la venta de una satisfacción a cambio de no satisfacerla
nunca completamente, como ya decía Zygmunt Bauman. La consumidora
adquiere entradas con meses -o incluso años- de anticipación debido a la
necesidad creada por las empresas. Estos economistas cuentan con
estrategias de marketing cuyo éxito está más que comprobado, como por
ejemplo la subida de precios escalonada -pensar que solo te puedes
permitir la entrada en los primeros diez minutos de venta genera esa
necesidad de consumo que explotan sobradamente-. El turbocapitalismo es
para nosotras un consumo sin fin. Va desde la venta de emociones previa,
al estímulo constante durante el evento, pasando por el autoengaño en
redes, hasta la compra de una nueva entrada unos días más tarde de haber
finalizado el evento en cuestión. Publicitar un festival consiste en
diseñar una narrativa, más concretamente una ficción audiovisual, en la
que se planifica cada aspecto de la experiencia perfecta, que luego poco
tiene que ver con una realidad que no sabes muy bien si has disfrutado o
sobrevivido.
¿En qué momento nos pareció lógico acudir a cinco festivales anuales con
50 conciertos en cada uno? El hiperconsumo es similar al modelo de
interrail tan común en el viejo continente. Llegas a casa y no sabes a
ciencia cierta si tal imagen se dio en tal o cual ciudad. Con los
conciertos en festivales pasa lo mismo, las imágenes se alteran puesto
que nuestra capacidad es limitada y el cansancio hace mella en nuestra
memoria. Incluso, sin haber terminado el espectáculo, llega el agobio
exacerbado por llegar a otro escenario. No hay descanso para reposar lo
que acabamos de vivir. Hemos aceptado llegar agotadas de nuestros
espacios de ocio debido a un bucle de consumo infinito.
Las empresas detrás de los festivales indirectamente -aunque no sin
conocimiento- incentivan el consumo de sustancias que permiten llegar
con energía a la última etapa de un tourmalet consumista. Los horarios
maratonianos acarrean que muchas personas -sobre todo si su energía
comienza a ser limitada- hagan trampas. Unas trampas bien conocidas por
todas las personas que acuden a los festivales. De esta forma se genera
un mercado en el cual no son precisamente los amigos de nuestra clase
social los beneficiarios. No es espacio este para analizar los motivos
por los que las drogas han sido introducidas y leídas como alternativas
o disruptivas por buena parte de las personas que se dicen de
izquierdas, sin hacer siquiera un mínimo de crítica a lo que su ocio
genera, algo que con un consumo de otro tipo no ocurre -alimenticio,
local...- Queremos señalar aquí que la falta de descanso normalizada en
estos eventos puede desembocar en un consumo que de otra forma no se daría.
Toda esta ingesta de drogas -legales o no- se traduce en la priorización
de la fiesta, el rollito, el desenfreno, antes que los gustos musicales,
la buena acústica o el debate cultural. Cabe analizar por qué en la
música hemos integrado tener la conciencia alterada en todo momento. Las
usuarias de este tipo de ocio tendemos a leer como inviable acudir a los
conciertos sin ingerir alcohol, un alcohol por el que terminamos pagando
más que por la misma entrada del festival. El verdadero beneficio de los
festivales se concentra en la venta de cerveza, algo que sus
departamentos de marketing saben. La entrada no cuesta 80 euros, termina
siendo de 250.
El hiperconsumo de alcohol, comida rápida -o en su defecto emplasticada
por el Mercadona- y enseres para el camping lleva consigo otra realidad
que toca abordar, la insostenibilidad ecológica de estos modelos. En el
caso de que se diera una buena gestión de los residuos, algo inasumible
cuanto más grande es un festival, este modelo no deja de ser la
antítesis del ecologismo. Que miles de personas queramos acudir a un
punto de la geografía para una experiencia artificial de unos pocos
días, que se monte un festival de la nada, que no tengamos ni la mínima
conciencia de la repercusión en las poblaciones locales, que compremos
cosas que vayamos a tirar tras estos días -si os habéis quedado hasta el
final de un festival sabréis la cantidad de objetos de un único uso que
se han quedado allí; sillas, mesas, tiendas, colchones hinchables...-
son aspectos que no podemos pasar por alto.
¿Por qué muchas personas que se dicen ecologistas deciden hacer la vista
gorda aquí? No hay macrofestival -con buena gestión de residuos o no-
que no implique contaminación de los campos de alrededor. Es sangrante
ver como huertas, terrenos, casas o plazas de pueblo se llenan de mierda
durante los días que colonizamos estos lugares tan ajenos a nuestra
realidad. Quizá aquí se palpe el clasismo ciudad-campo que rezumamos
aquellas personas criadas con el sistema de valores de la urbe.
Villarrobledo -pueblo que acoge el Viña- es conocido por millones de
personas citadinas a cuyas paisanas ignoramos. Al menos, algunas de
ellas, deciden lucrarse con esta invasión, ya sea abriendo las duchas de
sus casas o vendiendo latas. Otras en cambio muestran su rabia
exhibiendo carteles contra el festival y las colonizadoras que atrae.
¿En qué momento hemos aceptado estas medidas extractivistas del
territorio? Consideramos que desde la falta de análisis de lo que
nuestras acciones implican a causa de la desconexión de clase que padecemos.
¿Y las trabajadoras qué? Detrás del marketing encontramos precariedad a
todos los niveles. Empezando por arriba, entre el caché de un grupo u
otro puede haber miles de euros de diferencia, y las bandas emergentes
muchas veces cobran en visibilidad -con una tipografía no apta para
miopes en el cartel-. El panorama es poco transparente en cuanto a las
cifras, pero la cuestión de los cachés es importante en tanto que no son
cantidades fijas, sino que se negocian en base a la popularidad, la
oferta y la demanda o la competencia empresarial, generando tarifas cada
vez más abusivas que favorecen la uniformidad cultural. Ni hablemos ya
de las trabajadoras de montaje, barras o limpieza. En muchos casos, las
condiciones laborales no solo son precarias, directamente son ilegales.
Jornadas interminables, pagos en negro o directamente nulos, contratos
inexistentes y grupos de WhatsApp como única fuente de comunicación
oficial es lo que viene reproduciéndose cada año. Si esto ya suena
terrible y ha sido visibilizado a través de denuncias, redes sociales y
testimonios de muchas trabajadoras, existe un fenómeno reciente que roza
la distopía. El voluntariado, o lo que es lo mismo, la explotación de la
juventud trabajadora a través de programas de participación que permiten
al festival cubrir tareas esenciales ahorrándose unos cuantos sueldos.
El resultado es mano de obra barata sostenida por el entusiasmo de
jóvenes con escasos conocimientos de sus derechos laborales y convenios
sectoriales. Podríamos hablar además del número de personas precarizadas
-la mayoría de ellas migrantes- que se concentran en los alrededores de
los festivales para malvender cualquier tipo de producto.
La cadena de explotación no termina en las trabajadoras, muchos
festivales han sido denunciados recientemente por la Organización de
Consumidores y Usuarios (OCU) por la vulneración de derechos dentro de
sus recintos. Un ejemplo es la normalización del pago con tokens,
recargables a través de la pulsera del evento. Este método ha sido
impuesto bajo el discurso de la eficiencia, la seguridad y la reducción
de tiempos de espera. Se ha tornado en una estrategia opaca de control
económico con múltiplos poco prácticos que obligan a gastar más de lo
deseado y dificultan la devolución del saldo sobrante estableciendo
plazos de reembolso inferiores a los plazos legales. La Ley General de
Defensa de los Consumidores y Usuarios establece que los empresarios
están obligados a aceptar pagos en la moneda de curso legal del estado.
Por otra parte, el entramado está diseñado para generar ansiedad,
urgencia y decisiones impulsivas.
A todo esto se suma una cuestión especialmente sensible, la seguridad
ejercida como una forma de vigilancia intensiva y agresiva. En lugar de
priorizar el bienestar real de las asistentes, se impone una lógica
punitiva, con cuerpos cuya actuación está centrada en controlar y
reprimir. La reciente noticia sobre la contratación por el ViñaRock de
la empresa de seguridad Triple A, cuyos miembros han estado integrados
en Desokupa -grupo parapolicial fascista- es la confirmación de lo
podrido que está este sector. Al mismo tiempo, las medidas contra
cualquier tipo de agresión son insuficientes, simbólicas o inoperantes.
La ausencia de protocolos y profesionales formados para actuar ante este
tipo de situaciones deja, especialmente a disidencias y mujeres, en una
posición de vulnerabilidad permanente -pero tranquila, que la empatía
viene en la funda, justo al lado del arma reglamentaria que grita
espacio seguro-. Lejos de cuestionar esta realidad la respuesta
organizativa pasa por mercantilizar aún más la experiencia. Se ofertan
pases privilegiados, zonas exclusivas y servicios premium, es decir, la
experiencia solo mejora si puedes pagar más. Así, el clasismo se cuela
hasta en el color de la pulsera que llevas, transformando lo que debería
ser un espacio cultural en un parque de atracciones.
La energía juvenil entremezclada con la romantización del sufrimiento en
estos lugares produce imágenes absurdas que en otros entornos no
aceptaríamos. Tener que cagar entre rastrojos -dejando el papel allí-,
pagar por agua embotellada con una inflación que solo se equipara a la
de los aeropuertos o no ducharnos en todos esos días, ante la dificultad
que en ocasiones implica hacerlo, son prácticas habituales. La falta de
higiene de estos barracones de concentración es una constante. No
estamos pidiendo velas aromáticas o sensaciones florales, tan solo unos
mínimos que atiendan a las necesidades fisiológicas. Baños equiparables
al número de personas que acuden a los eventos, limpieza de los mismos,
agua potable gratuita, sombras pertinentes y una buena gestión de
residuos. Para sorpresa de nadie este modelo empresarial no se preocupa
por las personas que lo sostienen ni por la sostenibilidad en sí.
Si no quedaba claro el dudoso impacto cultural que genera este formato
-que enriquece a pequeños propietarios, fondos de inversión e
instituciones públicas-, sostener que genera algún tipo de arraigo es
como afirmar que un centro comercial fomenta la cultura local. No hay
arraigo posible cuando el modelo consiste en aterrizar, expoliar,
facturar y largarse. Y menos cuando la programación musical tiene cero
relación con el contexto donde se ubica el evento. En muchos casos, no
hay ni una banda local en todo el cartel y la presencia de mujeres y
disidencias es mínima, como ya denuncia la Asociación Valor Manchego en
su crítica al Viña. Hemos visto como los ayuntamientos priorizan
desembolsar subvenciones millonarias a estas máquinas de rentabilidad
instantánea antes que financiar la creación de un tejido cultural
sostenido en el tiempo. Las administraciones por el camino se cuelgan
medallas o se enorgullecen de tener alguna mención en prensa y contentar
tan solo a turistas y hosteleros -no así a currantas de la hostelería-.
Lo que permanece después de la saturación de calles, la privatización
temporal del espacio público, los residuos y la contaminación acústica,
es la organización vecinal que se desoye sistemáticamente.
En Madrid, la Federación Regional de Asociaciones Vecinales (FRAVM) ha
puesto en marcha un documento en el que trata estas cuestiones, a la par
que alerta de dinámicas más problemáticas como la eventificación y la
gentrificación de los barrios -la eventificación se traduce en la
sustitución de la figura de residente por la del asistente desvinculado
del contexto urbano-. También favorece lo que se conoce como
gentrificación transnacional, derivada de las pretensiones globalistas,
en las que los carteles tienen cada vez más presencia de escenas
musicales internacionales que situadas territorialmente. Todo esto
agrava la actual crisis habitacional sustituyendo alquileres de vivienda
habitual por alquileres temporales con precios inflados por la
eventualidad. Lugares comunes se diluyen en favor de espacios
socialmente homogéneos pero lo verdaderamente desolador es que todas
estas dinámicas remiten a un modelo de organización del espacio urbano
que nunca es para quien lo habita.
Estos impactos urbanos han sido muy poco investigados en sus posibles
repercusiones a largo plazo, pero ya son palpables desde el tejido
asociativo. En plena crisis de la vivienda resulta urgente entender que
estos espacios hiperdiseñados son una amenaza que compite por el mismo
suelo por el que peleamos. Aterricemos esta urgencia para no pecar de
alarmistas. Medusa Sunbeach y Arenal Sound en la costa levantina
-territorio récord en número de macrofestivales- han servido como
palanca para reactivar megaproyectos urbanísticos congelados tras la
crisis de 2008. Idealizaciones de terrenos vacíos, solares abandonados o
directamente zonas protegidas, están contribuyendo al cambio de perfiles
turísticos, generando nuevas formas de promoción urbanística. Así, PAI
Bega-Port en Cullera, PAI Sant Gregori en Burriana, ambos en 2025, han
vuelto a ponerse en marcha con el respaldo político de PSPV, PP, y Vox.
Todos felices de ver cómo el ocio cultural vuelve a hacer rentable el
suelo con fines especulativos. En esencia, estamos viviendo cómo el
capital privado rediseña el mapa urbano con música de fondo.
¿Y por qué hay tan poca información crítica sobre los festivales? Más
allá de ejemplos notables como el libro de Nando Cruz, Macrofestivales:
el agujero negro de la música, el silencio de la prensa es una
constante. Quizá se comprenda si se destapa el funcionamiento del modelo
empresarial de los medios de comunicación. No descubrimos la pólvora si
decimos que detrás de los festivales y de los medios de comunicación
llegan a estar las mismas empresas. Es más Radio3 o los 40 Principales,
que a su vez forman parte de un conglomerado más grande -ya sea estatal
o privado- son caras visibles de algunos eventos. Lo curioso del
funcionamiento empresarial de los medios de comunicación es que tienen
como máxima no morder la mano que te puede llegar a dar de comer -no
solo la que actualmente te da comer-. Si un medio crítica a un festival
patrocinado por una marca cervecera, esta no se anunciará más adelante
en las páginas o en las ondas del medio en cuestión, por tanto no se
criticará en ningún momento. La libertad de prensa en los supuestos
estados democráticos es falsa, el capitalismo dirige las plumas de las
redacciones. Sin contar por supuesto con el amiguismo existente entre
empresarios de medios y marcas que ata las manos de la periodista
bienintencionada dispuesta a denunciar esto. El verdadero amo de los
artículos de opinión es el capital privado y solo desde una libertad de
acción o férreas convicciones políticas se puede señalar su hacer.
Además existen otros factores como la agenda setting, fórmula que siguen
los grandes medios para decidir, en connivencia con el capital, qué es
noticia y qué no, así como cuánto espacio se le da en los medios, lo que
se traduce en las preocupaciones de la opinión pública. Un caso
paradigmático de nuestros tiempos es la alarma por la okupación en
contraposición con los desahucios, debido al tiempo que ocupa el primero
en los noticiarios, pese a que del segundo hay infinidad de casos más.
Tenemos miedo del okupa y no del banquero o del policía que ejecuta el
desahucio por la intervención de la agenda setting, es decir del
capitalismo en última instancia.
Es momento de aportar una parte propositiva. Queremos repensar
colectivamente nuestras formas de ocio y consumo, aunque no hayamos
dejado títere con cabeza en las líneas anteriores -la pasión nos mueve-.
No tenemos fórmulas mágicas, pero sí pistas o ejemplos a seguir. No
encontraréis aquí nombres de festivales que están siguiendo líneas que
rompen -en la medida de sus posibilidades- con lo anteriormente
descrito. No los citaremos precisamente para no ayudar a su
masificación. Existen ejemplos de festivales que no anuncian la fecha
exacta hasta pocas semanas antes del evento. De esta forma aseguran que
muchas personas no tengan disponibilidad cuando lo hagan -evitando así
también la adquisición de entradas anticipadas- y solo acudan aquellas
que de verdad quieran, a riesgo de que algunas por motivos laborales,
entre otros, no puedan asistir. Existen ejemplos de modelos poco
publicitados para que precisamente no se escape de lo local o del
respeto a sus habitantes. Es decir, casos que rompen con el modelo
expositivo/empresarial de las redes sociales. Existen a su vez modelos
autoorganizados y que consecuentemente no tienen lucro privado. Ejemplos
de coordinación de cientos de personas que invierten el escaso beneficio
que pueda haber en los grupos de música -locales muchas veces- o en la
infraestructura para el año siguiente. Existen ejemplos de modelos que
rompen con las dinámicas de concentración e hiperconsumo, algo que
también es interesante indagar, pero no nos queremos conformar con
pequeñas parcelas de ocio alternativo.
No queremos cerrar esta pieza sin analizar por qué hemos aceptado que
nuestro consumo musical se centre en festivales y no en formas que
otrora funcionaban como salas o conciertos al aire libre gratuitos con
beneficio incluido para las vecinas de la población local en cuestión.
También apelamos a una forma de habitar los espacios de ocio en línea
con el decrecimiento. Si el festival -o lo que sea- se ha descontrolado
quizá no sea nuestro lugar y, aunque en ocasiones sea un grito al vacío,
podemos intentar no contribuir a la expansión de un eco que sabemos
nocivo. Las personas que se dicen de izquierdas, cuyos hábitos son
ultracapitalistas y no se significan políticamente más allá de lo
estético -desafortunadamente demasiadas- no consiguen encontrar otra
forma de habitar los espacios de ocio o cualquier espacio en general.
Solo mediante la implicación -reconfortante también aunque cueste verlo
desde fuera- podremos romper con el hiperconsumo hedonista de nuestra
clase. Potenciemos los espacios con conciencia, entre nosotras,
contribuyendo a su existencia y no solo consumiendo en ellos.
Plantéemonos porque queremos estar en todos los lugares al mismo tiempo.
Aceptemos que si el día de mañana queremos cambiarlo todo, los gestos
individuales cotidianos importan. Reflexionemos sobre habitar y aportar
en nuestros lugares de origen, rompiendo con la idea de viajar
constantemente al evento repetitivo de turno con la extracción y el
perjuicio que estamos incentivando. Dejemos de idealizar al artista y
sostener tan alegremente un modelo cultural que expulsa a la clase
trabajadora -al menos la que es consciente de serlo-. Imaginar otro arte
es difícil, pero quizá podamos empezar por asumir que no gana relatos,
ni para desahucios, no se le puede exigir tal cosa. Lo que sí es
deseable es que vuelva a ser un arma en nuestras manos que ayude a
propagar -o agitar- nuestras ideas. Organicémonos y luchemos por un
mundo nuevo. Boicot, salud y acierto.
Elena Zaldo, militante del Sindicato de Vivienda de Granada y Andrés
Cabrera, militante de Impulso.
https://www.regeneracionlibertaria.org/podcast/macrofestivales-o-la-romantizacion-del-hiperconsumo/
_______________________________________
AGENCIA DE NOTICIAS A-INFOS
De, Por y Para Anarquistas
Para enviar art�culos en castellano escribir a: A-infos-ca@ainfos.ca
Para suscribirse/desuscribirse: http://ainfos.ca/mailman/listinfo/a-infos-ca
Archivo: http://www.ainfos.ca/ca
- Prev by Date:
(de) Uk, ACG, Jackdaw #23 - Warum direkte Aktion? (ca, en, it, pt, tr)[maschinelle Übersetzung]
- Next by Date:
(de) Italy, UCADI #199 - Trump, der Spieler mit der ungeladenen Waffe (ca, en, it, pt, tr)[maschinelle Übersetzung]
A-Infos Information Center