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(ca) Spaine, Regeneration: Érase una vez... la primera huelga general en Catalunya Por ANGEL MALATESTA (de, en, it, pt, tr)[Traducción automática]
Date
Tue, 26 Aug 2025 07:57:44 +0300
Los telares de las fábricas catalanas dejaron de funcionar, la clase
trabajadora catalana se organizó en el verano de 1855 en la primera
huelga general del estado. Circunscrita territorialmente a algunas zonas
de Catalunya, que es donde mayor desarrollo tenía la industria textil.
No venía de la nada, ni se trataba de un movimiento espontaneísta, sino
que era el reflejo de un bienio de luchas iniciado en la Revolución de
1854, y que reflejaba la pionera organización mutualista y sindical que
comenzaba a atisbarse entre la clase trabajadora. Desde sus inicios, las
condiciones de explotación, a las cuales ha postrado el capitalismo a
las clases populares, han sido tan urgentes de atender, que la fuerza
obrera ya dejaría bien claro desde el comienzo que se construirían como
sujeto político colectivo.
Los antecedentes: el conflicto de las selfactinas de 1854, y las
reivindicaciones proletarias
Mientras que en julio de 1854 se producía un levantamiento popular en
Madrid al calor de los acontecimientos políticos y monárquicos que se
daban en la capital, también se produjo una revuelta popular en
Barcelona y alrededores con enorme protagonismo del proletariado fabril.
Este conflicto con mucha más claridad de un componente de clase, se
conoció como el «conflicto de las selfactinas». Una expresión de acción
directa y protesta contra la mecanización del hilado que facilitaba las
denominadas selfactinas -del inglés, 'self-acting'-, que según los
obreros catalanes provocaba el paro forzoso de muchos trabajadores.
Desde la anterior década en los años 40 del siglo XIX se venían
realizando acciones colectivas e individuales de boicot a la
implantación de las maquinarias en el proceso de producción textil,
fundamentalmente en el área mediterránea. Igualmente, en Barcelona, en
el año 1835 en el contexto de revueltas anticlericales contra objetivos
que apoyaban al carlismo, acabaría incendiada la Fábrica Bonaplata
dedicada a producción de material para la industria textil, siendo
fusilados cuatro obreros por estos hechos. Las máquinas selfactinas se
introdujeron en Catalunya en 1844, y diez años después ya manejaban más
de doscientos mil husos de hilado.
Iniciada la Revolución de 1854, rápidamente se extiende a otros centros
urbanos, y en Barcelona concretamente se hace una declaración de huelga,
produciéndose el 15 de julio varios incendios en fábricas textiles e
incluso la ejecución del dueño de una fábrica y su capataz. Al día
siguiente, el capitán general del territorio de Catalunya, Ramón de la
Rocha, ordenó publicar un bando que defendiera la propiedad privada y la
seguridad de los patronos bajo la pena de fusilamiento. Tres hiladores
fueron asesinados el 16 de julio, pero dos días después en torno a
cincuenta fábricas textiles permanecían cerradas ante las presiones
obreras que reclamaban la retirada de la maquinaria de las selfactinas.
Los principales obreros del textil expusieron sus exigencias, firmándose
el 25 de julio una orden de prohibición de las selfactinas, siendo
sustituidas por otras máquinas más antiguas.
Los empresarios del textil recurrieron esta prohibición ante el nuevo
gobierno instaurado en Madrid, lo cual alargaría el conflicto, ya que el
8 de agosto, el nuevo capitán general en Barcelona, Domingo Dulce Garay,
se reuniría con las sociedades obreras, y tres días después lo harían
con el gobernador civil Pascual Madoz, sacándose un manifiesto obrero
llamando al fin de la huelga. Las sociedades obreras fueron
interlocutoras políticas legitimadas por su propia fuerza para
transmitir reivindicaciones proletarias. Se consiguió el compromiso del
indulto a los obreros condenados, la apertura de un periodo de
negociación y media hora de descanso más para los hiladores en la comida
del mediodía. Además, se redujo el tiempo de trabajo semanal de 75 a 72
horas. El gobierno, denominado progresista, derogaba la orden de
prohibir las máquinas selfactinas, pero esta decisión se prolongó su
publicación oficialmente hasta la primavera de 1855 ante el temor de
reacciones obreras. Esto sentaba las bases y antecedentes de la primera
huelga general en Catalunya.
Agrupémonos todos. Las sociedades obreras y el estallido de la huelga
general textil
Debido a que el nuevo gobierno de Espartero quería dar una sensación
social progresista, el contexto político permitió que surgieran
asociaciones obreras que incluso llegaron a constituir una Junta
Central, es decir, una federación de sociedades. Ya más del 50% de la
población de Catalunya se encontraba en las zonas litorales y fluviales,
invirtiéndose tradicionalmente la presencia demográfica en el interior
rural. El campesinado estaba colapsado por la crisis de precios impuesta
por la burguesía industrial, y los rescoldos de los conflictos del
carlismo ultramontano en la Catalunya profunda. Mientras tanto, la clase
trabajadora urbana, hija directa del pensamiento liberal, tomaba cada
vez mejor conciencia de las miserias materiales a las que le abocaba ese
capitalismo en plena expansión. La Barcelona obrera estaba apiñada
dentro de unas murallas que aún mantenían un perímetro de un kilómetro
de alcance de las balas de cañón con que la ciudad podía ser
bombardeada. Ya había sucedido durante la regencia del general Espartero
en 1842, cuando para reprimir algunas revueltas populares liberales,
bombardeó desde el Castillo de Montjuïc centenares de casas de barrios
humildes de la ciudad. Barcelona tenía, por lo tanto, unas pésimas
condiciones de habitabilidad para las clases populares. Hacinadas en
viviendas antiguas y expuestas a enfermedades, desnutrición y
alcoholismo, además, de unas condiciones laborales míseras.
Las fábricas concentraban en aquella época a centenares de trabajadores,
y en áreas metropolitanas de la ciudad, la década siguiente comenzarían
a construirse las colonias obreras industriales. De esta manera, el
contacto entre estos trabajadores y la difusión de ideas
transformadoras, cuando no revolucionarias que comenzaban a llegar desde
Europa, quedaban plasmadas en la creación del asociacionismo obrero.
Este entramado que se desarrollaría posteriormente, y sería el
incipiente sindicalismo, actuaba en muchos niveles de la vida de los
trabajadores, tanto en su alfabetización a través de los futuros
ateneos, como en las mutualidades para cubrir contingencias por
enfermedades.
El nuevo capitán general de Catalunya, el general Zapatero y Navas, puso
fin a la tolerancia con la Asociación de Tejedores de Barcelona entre
otras, e inició una política de represión del movimiento obrero en la
primavera de 1855. En mayo, el gobierno de Espartero publicaba
oficialmente el levantamiento de la prohibición de las selfactinas,
interpretándolo los trabajadores como una traición, y comenzando a
proponer movilizaciones. Se ilegalizaron las asociaciones obreras y
mutualidades, y se produjo la detención de decenas de trabajadores. El 6
de junio de 1855 se ordenó la ejecución de Josep Barceló i Cassadó, uno
de los principales interlocutores obreros que arengaba a la lucha, y
setenta trabajadores fueron deportados a Cuba. Esto se trasladó a un
estado de revuelta e insumisión obrera que culminaría con la declaración
de una huelga general el 2 de julio de 1855, secundada por todos los
sectores de la industria textil.
A la huelga compañeros, no vayáis a trabajar. ¡Asociación o muerte, pan
y trabajo!
En la hora del almuerzo de ese 2 de julio, obreros de Barcelona, y
algunas localidades como Badalona e Igualada abandonaron coordinadamente
las fábricas. En el barrio de Sants fue ejecutado de un disparo el
presidente de la organización patronal y diputado de las Cortes, Josep
Sol i Padrís. Tanto el capitán general Zapatero y el Ayuntamiento de
Barcelona exhortaban a los obreros de no dejarse guiar por discursos
alborotadores, tratando de sembrar una división entre obreros de buena y
de mala moralidad. Incluso el obispo de Vic hablaba a los obreros
directamente de la necesidad de resignación en la tierra para las
bondades de la vida venidera. Todas las autoridades políticas, militares
y religiosas actuaban de manera coordinada también contra la fuerza
organizada de la clase trabajadora.
Sin embargo, el 3 de julio se comprobó que esos llamamientos no
surtieron ningún efecto, y la huelga se extendió a la comarca de Osona
más al norte de la provincia barcelonesa. En la ciudad de Barcelona una
manifestación esa tarde recorrió las calles de la ciudad, los obreros
además acudieron al Ayuntamiento para exigir la entrega de una bandera
roja requisada el día anterior por un policía municipal. El 5 de julio
una comisión obrera partió hacia Madrid para entrevistarse con el
presidente del gobierno, Baldomero Espartero, llevando como
reivindicaciones el reconocimiento del derecho de asociación nuevamente,
la jornada de diez horas y la constitución de un jurado integrado por
obreros y patronos de manera mixta. La condición a esas peticiones fue
poner fin a la huelga, que sucedería parcialmente el 8 de julio, cuando
se abría nuevamente el comercio y las oficinas, y aunque las fabricas
también abrieron, apenas acudieron a ellas obreros.
El 9 de julio hubo manifestaciones en las Ramblas, y el general Zapatero
ordenó iniciar una despiadada represión. Se ocuparon militarmente
algunas fábricas para obligar a retomar el trabajo, y el Ejército tomó
algunos barrios obreros de Barcelona ordenando numerosas detenciones. La
prensa, tanto liberal como conservadora, atacaba también desde sus
páginas la autoorganización obrera y la fuerza que había desplegado en
la huelga. El coronel Saravia, enviado personalmente por Espartero, fue
quien puso fin a la huelga definitivamente el 11 de julio, convenció con
vagas promesas de creación de un jurado mixto de obreros y patronos;
aunque se jactaba posteriormente de no haber cedido a las concesiones
obreras y que los detenidos cumplirían sus condenas.
El 7 de septiembre se hizo pública en Madrid una «Exposición presentada
por la clase obrera a las Cortes Constituyentes», un texto escrito por
una joven Francesc Pi i Margall que solicitaba la unidad de los obreros
en un conjunto de reivindicaciones y el reconocimiento de asociacionismo
obrero. Esta alocución se extendió a otras ciudades como Sevilla,
Valencia, Alcoy o Málaga; constituía el primer gran movimiento
peninsular obrero para una mejor organización de las luchas y conquistas
que vendrían futuramente. En unos contextos se dio más un asociacionismo
de carácter mutualista, y en otros casos más de lucha y carácter
sindical, pero sin duda, esta huelga general del textil constituyó una
experiencia fundamental en la incipiente organización obrera que solo
las luchas venideras dotarían de mayor profundidad teórica y práctica.
Ángel Malatesta, militante de Liza.
https://www.regeneracionlibertaria.org/2025/07/24/erase-una-vez-la-primera-huelga-general-en-catalunya/
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