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(ca) Italy, Umanita Nova: Inmovilidad (de, en, it, pt, tr)[Traducción automática]
Date
Sat, 5 Sep 2026 08:03:51 +0300
Nos complace recibir y publicar ---- Equipo Editorial Web ---- El 29 de
junio, a última hora de la tarde, estalló una pelea en la Piazzetta
Montesanto, frente a las estaciones de tren de Cumaná y Funicular, que
derivó en el lanzamiento de sillas y cascos y un disparo al aire. Poco
después, videos que circularon en redes sociales mostraron a un hombre
encapuchado cruzando la plaza blandiendo un AK-47. La policía recuperó
el rifle, equipado con un cargador doble, de debajo de un coche aparcado
cerca; en las horas siguientes, tres personas fueron arrestadas. El
incidente proporcionó a los medios y a los políticos el pretexto
habitual para una condena puramente estética y de seguridad, reduciendo
la realidad a otra ficción criminal. Sin embargo, el verdadero elemento
político emerge del trasfondo de esas imágenes: mientras algunos de los
presentes huían hacia la estación, los empleados de la pizzería y los
clientes del bar permanecieron inmóviles, esperando a que pasara el
pistolero. Esta impasibilidad no es ni un código de silencio ni
complicidad con la mafia. Es la aplicación de un frío cálculo de
supervivencia. Quienes viven dentro del mismo perímetro operativo que
los clanes aprenden a desactivar la respuesta emocional de pánico porque
saben que, en ciertas circunstancias, moverse puede ser más peligroso
que quedarse quietos. La inmovilidad del callejón se convierte así en el
último medio de protección para una mayoría honesta que rechaza la
violencia, pero que se ve obligada a someterse a sus reglas en un estado
de total aislamiento institucional. El cortocircuito se torna dramático
cuando se descubre que esta inmovilidad en las calles es la sinécdoque
perfecta de la inmovilidad institucional que aplasta el territorio.
Quienes viven en esta tierra de nadie experimentan una alienación dual y
simétrica: por un lado, la necesidad de tolerar la violencia física para
no sucumbir; por otro, la inmovilidad económica forzada a la que están
condenados por una política que ha sustituido la planificación
territorial ordinaria por una gestión de emergencias permanente. Cuando
la carretera se inunda, la respuesta del Estado se reduce a una
alternancia matemática entre la extraordinaria militarización del
territorio, que se reactiva regularmente justo antes de las elecciones,
y la provisión de prestaciones sociales por tiempo limitado. Esta es la
práctica de un sistema económico extractivo que progresivamente
sustituye la inversión productiva y el bienestar universal por la
gestión de sus consecuencias, exigiendo que la legalidad se defienda en
la calle mediante la conciencia cívica de los individuos, transformados
en el escudo biológico de una trinchera invisible. En medio de esta
falta de inversión estructural y este aislamiento programático, el
Estado ha externalizado progresivamente las políticas de cohesión social
a la industria de proyectos y licitaciones a corto plazo. Un segmento
del tercer sector, a menudo estrechamente vinculado a segmentos de las
industrias del cine y la moda, desciende cíclicamente a los callejones
oscuros, transformando la marginalidad en materia prima contable: sirve
para desbloquear financiación europea, impulsar proyectos temporales y,
con frecuencia, generar prestigio cultural y valor reputacional para la
exportación. El problema, sin embargo, no reside necesariamente en las
intenciones de los operadores individuales, sino en la arquitectura
económica del sistema. Una vez agotados los presupuestos y apagadas las
cámaras, el proyecto se cierra sin haber construido una infraestructura
de empleo estable en la zona de la que extrajo valor social. Si un joven
nacido y criado en el barrio se esfuerza enormemente por estudiar,
formarse e intentar acceder a esas mismas industrias culturales, a
menudo se encuentra con las puertas cerradas, porque el acceso suele
estar condicionado por requisitos que acaban transformándose en barreras
de clase disfrazadas de criterios técnicos: cualificaciones académicas
de élite, programas de formación exclusivos y redes de contactos que
quienes empiezan en ese barrio difícilmente poseen. El resultado es que
la inclusión se proclama mediante campañas de lavado de imagen y
programas de formación que, con demasiada frecuencia, acaban agotados
por su función simbólica. En realidad, sin embargo, los puestos estables
siguen siendo ocupados predominantemente por personas ajenas a la zona.
La conclusión es la defensa de un monopolio de la palabra y de las
posiciones de poder que impide que el testimonio auténtico se
institucionalice, relegando a quienes logran emanciparse al papel de
figurantes folclóricos, útiles sobre todo para certificar su propia
marginación. Por eso, la indignación mediática y política por el
Kalashnikov en Montesanto se revela profundamente hipócrita y miope.
El último punto es que no se deben introducir factores sociológicos
atenuantes en una responsabilidad que sigue siendo enteramente
individual. El objetivo es ampliar la acusación, porque limitar el
análisis al ala armada implica ocultar el marco institucional que
posibilita el contexto en el que se desarrolla ese episodio. Un arma de
guerra no nace en la calle: cruza fronteras, puertos, tráfico
internacional y controles que claramente fallaron. Centrarse
exclusivamente en el último eslabón de la cadena es infinitamente menos
costoso que abordar la tarea más difícil: redistribuir las inversiones,
crear empleo estable y restaurar la capacidad productiva de las regiones.
El desarrollo estructural requiere tiempo, continuidad y recursos. Una
emergencia, en cambio, genera consenso inmediato, legitima nuevas
intervenciones extraordinarias y alimenta la narrativa de la crisis. Por
eso, el Kalashnikov en Montesanto termina, paradójicamente, sirviendo a
todos los niveles del sistema: permite a los políticos invocar nuevas
medidas de seguridad, alimenta la demanda de planes de emergencia y
proporciona a los medios imágenes impactantes para sensacionalizar. En
esta cadena de montaje del consenso, la inmovilidad de las multitudes en
las calles y la de las instituciones en las mesas del poder se
convierten en dos caras de la misma moneda. La única entidad
verdaderamente prescindible sigue siendo la honesta mayoría del barrio,
condenada primero a sufrir la violencia de las armas y luego la
exclusión social de quienes se presentan como sus salvadores.
Serena Parascandolo
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