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(ca) Spaine, Regeneracion - Más proletariado y menos obituarios: del fin de la clase obrera a su reconstrucción (de, en, fr, it, pt, tr)[Traducción automática]
Date
Fri, 4 Sep 2026 08:05:38 +0300
Introducción ---- Durante décadas, parte del pensamiento crítico ha
sostenido que el proletariado ha dejado de ocupar la posición histórica
que desempeñó durante el largo ciclo del movimiento obrero,
aproximadamente desde mediados del siglo XIX hasta la crisis del
capitalismo fordista en los años setenta del siglo XX. La
desindustrialización de las economías occidentales, la fragmentación del
trabajo, la expansión del sector servicios, la precarización del empleo,
la individualización de las relaciones laborales y la integración
creciente de la vida social en la lógica del consumo han llevado a
cuestionar la vigencia de la política de clase como horizonte
estratégico de la emancipación.
En el ámbito libertario, la discusión es especialmente intensa. Autores
como Tomás Ibáñez y Miquel Amorós argumentan que las profundas
transformaciones del capitalismo han erosionado las condiciones
históricas que hicieron posible el movimiento obrero clásico. La
desaparición de la cultura obrera, la integración institucional de las
organizaciones sindicales, la disolución de las antiguas comunidades de
trabajo y de barrio y la creciente colonización mercantil de la
existencia habrían privado al proletariado de la centralidad política
que desempeñó durante más de un siglo. La cuestión ya no sería
únicamente la derrota de determinadas organizaciones, sino el
agotamiento de un ciclo histórico en el que la clase trabajadora pudo
constituirse como sujeto revolucionario.
El diagnóstico contiene elementos difíciles de discutir. Resulta
evidente que el capitalismo contemporáneo ha transformado profundamente
las condiciones de producción, la composición del trabajo asalariado y
las formas tradicionales de organización de la clase obrera. También
parece indudable que las experiencias históricas del movimiento obrero
-socialdemócratas, comunistas, consejistas, sindicalistas
revolucionarias y anarquistas- pertenecen a un contexto histórico que no
puede reproducirse mecánicamente. Quien pretenda reconstruir las formas
organizativas del siglo XX ignorando las mutaciones del capitalismo
global caerá inevitablemente en el anacronismo.
Sin embargo, de estas constataciones no se desprende necesariamente la
conclusión de que el proletariado haya dejado de constituir el sujeto
potencial de una transformación revolucionaria. Entre el reconocimiento
de una derrota histórica y la afirmación de una imposibilidad histórica
existe una diferencia decisiva. Que las formas políticas mediante las
cuales el proletariado actuó durante un determinado período hayan
entrado en crisis no implica que hayan desaparecido las relaciones
sociales que hicieron posible su aparición. Menos aún autoriza a
concluir que la contradicción entre capital y trabajo haya perdido su
carácter estructurante dentro del capitalismo contemporáneo.
La hipótesis que orienta este artículo es precisamente la contraria. La
reorganización mundial del capitalismo iniciada en la década de 1970 no
ha eliminado el fundamento material del proletariado, sino que lo ha
transformado y ampliado a una escala desconocida hasta entonces. La
desindustrialización relativa de Europa y Norteamérica ha coincidido con
una extraordinaria expansión del trabajo asalariado en Asia, América
Latina, África y Europa oriental; la fragmentación de los procesos
productivos ha ido acompañada por una integración cada vez más intensa
del mercado mundial; y la diversificación de las formas de empleo no ha
reducido la dependencia salarial, sino que la ha extendido a nuevos
sectores de la población.
Es crucial distinguir dos planos: crisis de conciencia de clase,
organizaciones obreras y formas históricas de la política proletaria,
por un lado, y, por otro, la persistencia de condiciones objetivas que
hacen posible la existencia de una clase definida por la necesidad de
vender su fuerza de trabajo para vivir.
El propósito de este trabajo no consiste, por tanto, en negar la
profundidad de la derrota sufrida por el movimiento obrero durante las
últimas décadas ni en idealizar unas formas de organización cuya crisis
es evidente. Tampoco pretende defender una concepción esencialista del
proletariado como sujeto predestinado de la historia. Su objetivo es más
limitado, pero también más preciso: examinar si las transformaciones
experimentadas por el capitalismo justifican realmente la conclusión de
que la clase trabajadora ha perdido definitivamente toda potencialidad
revolucionaria o si, por el contrario, la crisis afecta principalmente a
las formas históricas de su organización y no a la posición estructural
que continúa ocupando dentro de las relaciones de producción.
Responder a esta cuestión exige desplazar el análisis desde el espacio
restringido de las sociedades occidentales hacia el capitalismo mundial
realmente existente. Sólo desde esa perspectiva resulta posible valorar
hasta qué punto la expansión planetaria del trabajo asalariado, las
nuevas migraciones internacionales, la reorganización de las cadenas
globales de producción y la aparición de nuevas formas de explotación
modifican -o confirman- la hipótesis clásica según la cual la
contradicción entre capital y trabajo continúa constituyendo el eje
fundamental de las sociedades capitalistas.
El capitalismo tardío, obsoleto en su promesa de bienestar general, se
aferra a la supervivencia mediante una deriva hacia la economía de
guerra. Cuando la rentabilidad de la producción civil se agota, se
reactivan ciclos de gasto militar, priorización de la seguridad y
excepcionalidad permanente que disciplinan a la sociedad y reconfiguran
las prioridades públicas. Este régimen, criminal en sus efectos,
externaliza costes -ambientales, humanos y democráticos- mientras
convierte el miedo y el conflicto en nuevos nichos de acumulación. En
ese horizonte, la precarización del trabajo y la disolución del papel
del proletariado como sujeto político no son fallos del sistema, sino
condiciones de posibilidad para un modelo que necesita población
disponible, desorganizada y vigilada, al servicio de una maquinaria que
produce valor a través de la destrucción.
El proletariado como relación social y no como figura histórica
El debate sobre la vigencia del proletariado suele partir de los cambios
del capitalismo contemporáneo para luego extraer conclusiones
sociológicas. Conviene, antes, fijar el concepto: el proletariado no es
una figura histórica particular -el obrero fabril fordista- sino una
posición en las relaciones sociales de producción.
Desde este punto de vista, resulta significativo que buena parte de las
tesis sobre la crisis del proletariado tomen como referencia una figura
histórica muy concreta: el obrero industrial, concentrado en grandes
establecimientos fabriles, organizado sindicalmente, integrado en
barrios obreros relativamente homogéneos y portador de una cultura
colectiva construida a lo largo de más de un siglo de luchas sociales.
Esa figura existió y desempeñó un papel decisivo en la historia del
movimiento obrero europeo. Pero identificarla con el proletariado en
cuanto tal supone convertir una experiencia histórica determinada en una
definición universal.
Marx nunca procedió de ese modo. A lo largo de El capital, la condición
proletaria no aparece caracterizada por un oficio, una rama industrial o
una forma específica de organización del trabajo. Lo que define al
proletario es su posición dentro de las relaciones sociales de
producción. El trabajador es proletario porque carece de medios propios
para producir y reproducir su existencia y, por ello, se ve obligado a
vender su fuerza de trabajo al propietario del capital. Esta definición
posee un grado de abstracción suficiente para abarcar formas de trabajo
extraordinariamente diversas y explica, precisamente por ello, la enorme
capacidad de adaptación del capitalismo a contextos históricos cambiantes.
La distinción no es un simple problema terminológico. De ella depende
toda la interpretación posterior. Si se identifica el proletariado con
la gran clase obrera industrial surgida durante el capitalismo fordista,
resulta relativamente sencillo concluir que hoy nos encontramos ante su
declive. Si, por el contrario, se entiende el proletariado como una
relación social determinada por la dependencia salarial y la
expropiación de los medios de producción, entonces la cuestión cambia
completamente de naturaleza. Ya no se trata de preguntar si la vieja
figura del obrero industrial continúa siendo mayoritaria, sino de
averiguar si el desarrollo del capitalismo ha reducido o ampliado el
número de personas cuya existencia depende de la venta de su fuerza de
trabajo.
La respuesta parece bastante clara. Durante las últimas cinco décadas,
el capitalismo ha conocido una expansión extraordinaria de las
relaciones salariales. No porque haya mejorado las condiciones de vida
de quienes trabajan, sino porque ha incorporado a la producción
mercantil regiones enteras del planeta que hasta entonces permanecían
parcialmente al margen de ella. El proceso de urbanización acelerada que
ha acompañado a la globalización económica constituye, probablemente, el
mayor movimiento de proletarización de toda la historia.
Conviene detenerse un momento en este aspecto, porque suele quedar
oscurecido por una mirada excesivamente centrada en la experiencia
europea. Desde finales de los años setenta, cientos de millones de
campesinos abandonaron las economías rurales para incorporarse a la
producción capitalista. La industrialización de China representa el
ejemplo más conocido, pero no el único. Procesos similares, aunque de
menor intensidad, pueden observarse en Vietnam, Bangladés, India,
Indonesia, México o Etiopía. En todos estos casos, asistimos a la
formación de enormes concentraciones de trabajadores asalariados cuya
existencia social responde exactamente a la definición clásica del
proletariado.
Lo que desaparece, por tanto, no es el proletariado, sino una
determinada geografía industrial. La deslocalización productiva suele
interpretarse desde Europa como un fenómeno de desindustrialización,
cuando en realidad constituye una redistribución internacional de la
producción. Las fábricas que cerraban en el norte del continente
reaparecían, ampliadas en muchos casos, en el delta del río Perla, en
las zonas económicas especiales chinas, en los corredores industriales
del sudeste asiático o en las maquilas centroamericanas. El capital
abandonaba unos territorios para instalarse en otros, pero seguía
dependiendo del trabajo asalariado como condición indispensable de su
valorización.
Este desplazamiento geográfico tiene consecuencias importantes para la
teoría social. Si el análisis permanece encerrado dentro de las
fronteras europeas, la impresión de que el proletariado se desvanece
resulta comprensible. Los viejos barrios obreros desaparecen, las
grandes factorías reducen plantilla, los sindicatos pierden afiliados y
el empleo industrial deja paso a actividades terciarias. Sin embargo,
esa imagen cambia radicalmente cuando el marco de observación deja de
ser nacional o continental y pasa a ser mundial. Lo que aparece entonces
no es una reducción de la clase trabajadora, sino su extraordinaria
expansión, acompañada de una reorganización profunda de la división
internacional del trabajo.
En este punto conviene introducir una matización importante. Reconocer
que el proletariado ha aumentado numéricamente no significa negar que
hayan cambiado las condiciones bajo las cuales puede constituirse como
sujeto político. Sería absurdo ignorar que la fragmentación productiva,
la precarización del empleo, la individualización de las relaciones
laborales o la dispersión territorial dificultan enormemente la
construcción de organizaciones estables y de identidades colectivas
comparables a las que caracterizaron al movimiento obrero clásico. Pero,
precisamente por ello, resulta necesario distinguir cuidadosamente entre
la existencia objetiva de una clase y las formas históricas que adopta
su organización política.
La confusión entre ambos planos ha acompañado con frecuencia las
discusiones de las últimas décadas. Allí donde desaparecen las viejas
organizaciones obreras, se tiende a concluir que ha desaparecido también
la clase que las hizo posibles. Sin embargo, la relación puede
formularse exactamente al revés. Quizás lo que ha entrado en crisis no
sea el proletariado, sino las formas organizativas heredadas de una fase
determinada del desarrollo capitalista. Si esta hipótesis fuera
correcta, el problema político dejaría de consistir en encontrar un
nuevo sujeto revolucionario y pasaría a ser el de comprender cómo puede
reorganizarse una clase que continúa existiendo bajo condiciones
profundamente modificadas.
Esta cuestión nos conduce directamente al núcleo del debate. Porque, en
realidad, la discusión no gira únicamente en torno a la sociología del
trabajo contemporáneo. Lo que está en juego es la interpretación misma
de la derrota histórica sufrida por el movimiento obrero durante las
últimas décadas. Y es precisamente ahí donde las tesis de Ibáñez y
Amorós muestran, a mi juicio, sus principales limitaciones.
La derrota del movimiento obrero y la ilusión de su desaparición
La cuestión adquiere un relieve diferente cuando se deja de considerar
únicamente la evolución del trabajo asalariado y se examina la
trayectoria histórica del movimiento obrero. Es aquí donde,
probablemente, reside el origen del diagnóstico pesimista que recorre
buena parte del pensamiento crítico contemporáneo. Porque resulta
difícil negar que las organizaciones que durante más de un siglo
articularon la experiencia política de la clase trabajadora atraviesan
una crisis de enorme profundidad. Los grandes sindicatos se han
institucionalizado, los partidos obreros han abandonado hace tiempo
cualquier horizonte de transformación social, la cultura proletaria que
caracterizó amplias zonas industriales prácticamente ha desaparecido y
las sucesivas derrotas sufridas desde finales de los años setenta han
debilitado la confianza en la capacidad del conflicto social para
alterar el curso del capitalismo.
Todo ello constituye un hecho histórico que ninguna interpretación seria
puede ignorar. Sin embargo, reconocer esa derrota no obliga
necesariamente a aceptar las conclusiones que con frecuencia se derivan
de ella. Entre la constatación de una derrota política y la afirmación
de que el proletariado ha dejado de ocupar un lugar central en el
capitalismo existe un salto argumentativo que rara vez se justifica de
manera suficiente.
Quizás convenga recordar una evidencia elemental. Las clases sociales no
desaparecen porque sean derrotadas. Si así fuera, habría que concluir
que la burguesía dejó de existir cada vez que perdió el poder político
en algún proceso revolucionario o que la aristocracia desapareció
inmediatamente después de las revoluciones liberales. Las clases no se
definen por el éxito o el fracaso de sus organizaciones, sino por la
posición que ocupan dentro de las relaciones sociales de producción. Las
derrotas modifican la correlación de fuerzas, destruyen instituciones,
interrumpen tradiciones políticas e incluso alteran profundamente la
conciencia colectiva, pero no transforman por sí mismas la estructura
fundamental de las relaciones sociales.
Esta observación resulta especialmente pertinente cuando se analiza la
evolución del capitalismo desde la década de 1970. La ofensiva
neoliberal no consistió únicamente en una serie de reformas económicas.
Fue, ante todo, una gigantesca operación política dirigida a quebrar el
poder acumulado por el movimiento obrero durante el ciclo abierto tras
la Segunda Guerra Mundial. Las derrotas de los mineros británicos, la
reconversión industrial en buena parte de Europa, la flexibilización del
mercado de trabajo, la deslocalización productiva o la creciente
sumisión de la economía a las finanzas no fueron procesos independientes
entre sí. Formaron parte de una estrategia de reorganización del
capitalismo cuyo objetivo consistía precisamente en debilitar la
capacidad de negociación y de resistencia de la clase trabajadora.
Resulta paradójico que el éxito de esa ofensiva haya terminado
interpretándose, en ocasiones, como la prueba de que el proletariado ha
dejado de existir o de que habría perdido toda relevancia histórica. En
realidad, podría sostenerse exactamente la tesis contraria. Si el
capital desplegó semejante esfuerzo para transformar la organización del
trabajo, desplazar la producción hacia otras regiones del planeta,
fragmentar las plantillas y precarizar el empleo fue precisamente porque
seguía considerando que la concentración obrera constituía uno de los
principales límites para su proceso de acumulación. La reorganización
del capitalismo no demuestra la desaparición del conflicto entre capital
y trabajo; constituye una respuesta a ese conflicto.
En este punto conviene detenerse un momento en las implicaciones del
propio concepto de reorganización capitalista. El capitalismo no
modifica continuamente sus formas de producción por un simple afán de
innovación tecnológica. Cada transformación importante responde, al
menos en parte, a la necesidad de superar obstáculos surgidos durante el
ciclo anterior de acumulación. La mecanización respondió a la necesidad
de incrementar la productividad; el fordismo permitió organizar la
producción en masa; la deslocalización facilitó la reducción de costes
laborales; la logística global hizo posible coordinar procesos
productivos dispersos geográficamente. Ninguna de estas transformaciones
elimina el trabajo asalariado. Todas buscan reorganizarlo de una manera
más favorable para la acumulación del capital.
Quizás por ello resulte más adecuado hablar de una crisis de las formas
históricas del movimiento obrero que de una crisis del proletariado como
clase. Las organizaciones que surgieron alrededor de la gran industria
fordista respondían a unas condiciones muy determinadas: relativa
estabilidad del empleo, concentración de miles de trabajadores en un
mismo espacio productivo, continuidad de las relaciones laborales y
existencia de comunidades obreras relativamente cohesionadas. Cuando
esas condiciones desaparecen o se modifican profundamente, las formas
organizativas heredadas dejan de funcionar con la misma eficacia. Pero
de ahí no se deduce que desaparezca la clase cuya existencia dio origen
a dichas organizaciones.
La historia ofrece numerosos ejemplos de esta diferencia. El
sindicalismo revolucionario de comienzos del siglo XX no fue idéntico al
cartismo inglés, ni este coincidía con las formas de organización
artesanal anteriores a la Revolución Industrial. Cada transformación del
capitalismo produjo nuevas formas de conflicto y exigió nuevas
respuestas organizativas. Nadie habría concluido, por ello, que la clase
trabajadora dejaba de existir cada vez que una de esas formas históricas
entraba en crisis. Resulta extraño que hoy se acepte con relativa
facilidad una conclusión semejante.
Todo ello obliga a replantear la cuestión inicial. Quizás la pregunta
pertinente no sea si el proletariado continúa siendo idéntico al que
protagonizó las grandes luchas obreras del siglo XX. Evidentemente, no
lo es. Tampoco el capitalismo contemporáneo se parece al capitalismo
analizado por Marx en la Inglaterra victoriana. La verdadera cuestión
consiste en determinar si las transformaciones experimentadas durante
las últimas décadas han alterado la relación fundamental entre capital y
trabajo o si, por el contrario, únicamente han modificado las formas
bajo las cuales esa relación continúa reproduciéndose.
Responder a esta pregunta exige abandonar la mirada eurocentrista y
examinar el desarrollo del capitalismo como un sistema mundial. Sólo
entonces resulta posible valorar hasta qué punto la aparente
desaparición del proletariado constituye un fenómeno real o, más bien,
un efecto de perspectiva derivado de observar únicamente una parte del
proceso. La clase no muere: el capital la reconstruye.
Ahora bien, reconocer la profundidad de esa transformación no obliga a
concluir que la propia posibilidad de una política de clase haya
desaparecido. Significa, más bien, que las condiciones sobre las cuales
dicha política deberá rehacerse son radicalmente distintas de las
existentes durante buena parte del siglo XX. La diferencia es importante
porque desplaza el centro del problema. Ya no se trata de decidir si el
proletariado existe o no existe, sino de comprender por qué una clase
objetivamente más numerosa encuentra tantas dificultades para
reconocerse como tal y para dotarse de formas estables de organización.
En realidad, esta cuestión no debería sorprender. La historia del
capitalismo puede leerse, en buena medida, como una historia de los
esfuerzos realizados por el capital para impedir que la asociación
impuesta en el proceso productivo se transforme en colaboración política
contra el propio capital. Cada avance importante del movimiento obrero
ha sido seguido por intentos de reorganizar la producción de tal modo
que dificultara nuevas formas de solidaridad. La introducción de
maquinaria, la división científica del trabajo, la descentralización
productiva, la automatización, la externalización o la economía de
plataformas no responden únicamente a exigencias técnicas. Constituyen
también formas de organización del trabajo que modifican la capacidad de
los trabajadores para actuar colectivamente.
Desde esta perspectiva, la fragmentación contemporánea del trabajo
adquiere un significado diferente. No expresa el final de la
contradicción entre capital y trabajo, sino una determinada forma de
gestionarla. El capital no fragmenta el trabajo porque este haya dejado
de ser conflictivo; lo fragmenta precisamente porque sigue siéndolo. La
dispersión de las plantillas, la proliferación de empresas auxiliares,
la contratación temporal o la individualización de las relaciones
laborales reducen el poder de negociación de quienes trabajan y
dificultan la construcción de identidades colectivas. La fragmentación
no constituye la prueba de que el proletariado haya desaparecido, sino
una estrategia de dominio sobre un proletariado cuya potencial capacidad
de resistencia continúa siendo percibida como un problema por el propio
capital.
Llegados a este punto aparece con claridad una diferencia de enfoque que
atraviesa todo el debate. Allí donde algunos análisis contemplan la
fragmentación del trabajo como el certificado de defunción del
proletariado, cabría interpretarla, por el contrario, como una respuesta
histórica del capitalismo frente a la persistencia del conflicto de
clase. En el primer caso, la conclusión es inevitablemente pesimista:
desaparecido el sujeto, solo quedan resistencias dispersas y luchas
parciales. En el segundo, el problema adquiere un carácter muy distinto.
La cuestión deja de ser la inexistencia de la clase y pasa a ser la
búsqueda de nuevas formas de organización capaces de responder a las
condiciones creadas por la reestructuración capitalista.
Esta diferencia no es simplemente teórica. Afecta directamente a la
práctica política. Las categorías con las que se interpreta la realidad
condicionan también las posibilidades que se consideran abiertas. Si se
parte de la premisa de que el proletariado pertenece definitivamente al
pasado, resulta lógico dirigir la atención hacia otros sujetos sociales
y abandonar la perspectiva de una política de clase. Si, por el
contrario, se entiende que la clase trabajadora continúa constituyendo
el fundamento material del capitalismo contemporáneo, aunque
profundamente transformada, la cuestión estratégica cambia por completo.
El desafío ya no consiste en sustituir al proletariado por nuevos
sujetos históricos, sino en comprender cómo puede recomponerse una
conciencia colectiva allí donde el capital ha hecho todo lo posible por
impedirla.
Esta observación permite volver, finalmente, al punto de partida del
artículo. La cuestión decisiva no consiste en negar las profundas
transformaciones sufridas por el capitalismo desde la década de 1970.
Esas transformaciones son reales y han alterado radicalmente el paisaje
social sobre el que actuó el movimiento obrero clásico. Lo discutible es
convertir esos cambios en la prueba de que las relaciones fundamentales
del capitalismo han dejado de existir. Porque, precisamente cuando el
trabajo asalariado alcanza una extensión mundial sin precedentes,
declarar agotada la categoría de proletariado parece describir menos la
realidad objetiva del capitalismo que la experiencia histórica de una
derrota política cuya importancia nadie debería subestimar, pero cuya
explicación no puede buscarse en la supuesta desaparición de la clase
que la ha sufrido.
Esta hipótesis no es meramente abstracta. Las experiencias de la
autonomía obrera en Italia entre finales de los sesenta y los setenta
-del 'otoño caliente' a la autoorganización difusa en fábrica y
territorio- y los ciclos asamblearios y anarcosindicales en España
durante la Transición mostraron que la asociación impuesta en la
producción puede devenir participación política sin mediación de
partido, mediante organización desde abajo en taller, barrio y cadenas
logísticas.
Las consecuencias políticas de un diagnóstico
Hasta aquí se ha sostenido que las transformaciones experimentadas por
el capitalismo desde la década de 1970 no autorizan a hablar de la
desaparición del proletariado como clase social. La expansión mundial
del trabajo asalariado, la reorganización geográfica de la producción y
la persistencia de la relación capital-trabajo parecen apuntar, más
bien, en la dirección contraria. Sin embargo, la importancia de esta
discusión no radica únicamente en una cuestión de exactitud conceptual.
Lo verdaderamente relevante son las consecuencias políticas que se
derivan de uno u otro diagnóstico.
Las categorías teóricas nunca son neutrales. No constituyen simples
instrumentos descriptivos, sino formas de ordenar la experiencia
histórica y, por tanto, de delimitar el horizonte de lo políticamente
posible. Cuando se modifica la manera de comprender una realidad social,
cambian también las estrategias que se consideran razonables para
intervenir sobre ella. En este sentido, la discusión sobre el
proletariado desborda ampliamente el terreno de la sociología y se sitúa
de lleno en el de la teoría política.
Si se acepta que el proletariado ha dejado de desempeñar un papel
estructural en el capitalismo contemporáneo, la consecuencia lógica
consiste en abandonar toda estrategia fundada sobre la organización de
clase. La emancipación deja entonces de concebirse como el resultado de
un conflicto que nace de las propias relaciones de producción y pasa a
depender de una pluralidad de resistencias cuya articulación aparece
siempre como un problema abierto. La política revolucionaria pierde así
el punto de apoyo que había orientado históricamente al movimiento
obrero y tiende a desplazarse hacia una multiplicidad de luchas
parciales, valiosas sin duda en sí mismas, pero cuya convergencia ya no
encuentra un fundamento material evidente.
No se trata de cuestionar la legitimidad ni la importancia de esas
luchas. El feminismo, el ecologismo, las movilizaciones antirracistas,
los conflictos por la vivienda o la defensa de los servicios públicos
expresan contradicciones reales del capitalismo contemporáneo y han
enriquecido notablemente el horizonte de la crítica social. El problema
aparece cuando esas luchas son concebidas como sustitutos del conflicto
entre capital y trabajo, y no como dimensiones específicas de una
sociedad cuya estructura continúa organizada alrededor del proceso de
acumulación del capital.
En realidad, el capitalismo no constituye una simple suma de
dominaciones independientes entre sí. La explotación del trabajo sigue
siendo el mecanismo mediante el cual se reproduce el conjunto del
sistema. Ello no significa que todas las formas de opresión puedan
reducirse mecánicamente a la explotación económica, pero sí implica
reconocer que la acumulación del capital continúa organizando el espacio
dentro del cual aquellas adquieren sus formas históricas concretas.
Prescindir de esta relación supone correr el riesgo de analizar las
distintas manifestaciones de la dominación como si existieran al margen
del modo de producción que las articula.
Quizás sea esta una de las principales diferencias entre una crítica del
capitalismo y una crítica de determinadas consecuencias del capitalismo.
La primera intenta comprender la lógica que organiza el conjunto de las
relaciones sociales; la segunda corre el riesgo de limitarse a combatir
algunos de sus efectos más visibles sin alcanzar el principio que los
produce. El problema no reside, por tanto, en ampliar el campo de las
luchas emancipadoras, sino en evitar que esa ampliación termine
disolviendo el análisis de las relaciones de clase en una pluralidad de
conflictos desconectados entre sí.
Desde esta perspectiva, el desplazamiento teórico que puede observarse
en una parte del pensamiento libertario durante las últimas décadas
adquiere un significado particular. La crisis del movimiento obrero
tradicional ha favorecido una comprensible desconfianza hacia las formas
organizativas heredadas del siglo XX. Esa desconfianza ha estimulado una
búsqueda constante de nuevos sujetos, nuevas prácticas y nuevas
modalidades de intervención política. Sin embargo, en ocasiones esa
búsqueda parece haber ido acompañada de un progresivo alejamiento
respecto del análisis de las relaciones de producción. La crítica del
trabajo ha terminado sustituyendo a la crítica del capital, y la
reflexión sobre las transformaciones culturales del capitalismo ha
ocupado el lugar que antes correspondía al estudio de su estructura
económica.
No deja de resultar paradójico que este desplazamiento se produzca
precisamente cuando el capital alcanza un grado de concentración y de
centralización desconocido hasta ahora. Nunca las grandes corporaciones
habían acumulado tanto poder económico, nunca las cadenas de producción
habían adquirido una dimensión tan global y nunca la dependencia
salarial había afectado a una parte tan amplia de la población mundial.
En estas condiciones, renunciar al análisis de clase equivale, en cierto
modo, a aceptar como definitiva una de las principales victorias
ideológicas del neoliberalismo: la idea de que el capitalismo habría
dejado de organizar la sociedad alrededor del conflicto entre quienes
poseen los medios de producción y quienes solo poseen su capacidad de
trabajar.
No parece casual que esta interpretación se haya difundido precisamente
después de la derrota histórica sufrida por el movimiento obrero
occidental. Toda derrota importante produce inevitablemente una crisis
de las categorías con las que los vencidos habían interpretado el mundo.
La historia del pensamiento revolucionario ofrece numerosos ejemplos de
este fenómeno. Tras cada gran fracaso surge la tentación de atribuir la
derrota no a la correlación histórica de fuerzas, sino a la invalidez
del propio sujeto que la protagonizó. Sin embargo, una explicación de
este tipo transforma un acontecimiento histórico en una supuesta
necesidad estructural y convierte una derrota contingente en una
conclusión teórica permanente.
Quizás sea este el punto en el que conviene introducir una última
reflexión. Ninguna clase social posee garantizada de antemano una misión
histórica. La existencia del proletariado no asegura por sí misma la
revolución, del mismo modo que la existencia de la burguesía no
garantizó automáticamente el triunfo de las revoluciones liberales. La
historia no conoce sujetos providenciales. Pero reconocer este hecho no
obliga a negar que determinadas clases ocupen posiciones estructurales
desde las cuales pueden cuestionar el orden existente. La capacidad
revolucionaria no nace de una esencia metafísica atribuida al
proletariado, sino de la contradicción objetiva que enfrenta al capital
con quienes producen la riqueza social y, sin embargo, permanecen
separados de los medios que la hacen posible.
Por ello, el problema central de nuestro tiempo no consiste en encontrar
un sujeto que sustituya al proletariado, sino en comprender las formas
concretas bajo las cuales el proletariado del siglo XXI puede
reconstruir su capacidad de acción colectiva. La cuestión estratégica no
ha cambiado tanto como a veces se afirma. Lo que ha cambiado son las
condiciones históricas en las que esa estrategia deberá desarrollarse.
Las migraciones internacionales y la producción de un nuevo proletariado
global
Existe un fenómeno que, por sí solo, basta para poner en cuestión las
tesis sobre la supuesta desaparición del proletariado: las grandes
migraciones internacionales de trabajadores que caracterizan el
capitalismo contemporáneo. Si el proletariado hubiera dejado de
constituir el fundamento del sistema económico, resultaría difícil
explicar por qué cientos de millones de personas abandonan sus países
para incorporarse, casi siempre en las condiciones más precarias, a los
mercados de trabajo de las economías más desarrolladas o de los nuevos
polos de acumulación.
Las migraciones actuales no constituyen un fenómeno marginal ni una
simple consecuencia humanitaria de guerras o catástrofes naturales.
Forman parte del propio funcionamiento del capitalismo global. La libre
circulación de mercancías, de capitales y de inversiones convive con un
estricto control de la movilidad de la fuerza de trabajo. Esa
contradicción no es accidental. El capital necesita trabajadores
móviles, pero no necesariamente trabajadores con derechos. La existencia
de una amplia masa de población migrante sometida a una permanente
inseguridad jurídica constituye uno de los mecanismos fundamentales
mediante los cuales se presionan a la baja los salarios y se debilita la
capacidad de negociación del conjunto de la clase trabajadora.
Desde finales del siglo XX, Europa occidental, Estados Unidos y Canadá
han recibido sucesivas oleadas migratorias procedentes de América
Latina, el Magreb, África subsahariana, Europa oriental, Oriente Próximo
y Asia. Estos trabajadores se concentran, de manera predominante, en
aquellos sectores caracterizados por una elevada intensidad de trabajo,
bajos salarios y escasa protección laboral: agricultura intensiva,
construcción, hostelería, limpieza, cuidados, reparto a domicilio,
logística, trabajo doméstico o determinadas ramas de la industria
alimentaria y manufacturera.
La elección de estos sectores no responde a una preferencia cultural ni
a una supuesta falta de cualificación. Responde a la posición
estructural que el capitalismo asigna a una mano de obra cuya
vulnerabilidad jurídica facilita formas de explotación mucho más
intensas que las soportadas por el resto de los trabajadores. La
irregularidad administrativa, la dependencia del permiso de residencia
respecto del contrato de trabajo, el miedo constante a la expulsión o la
amenaza permanente del desempleo convierten al trabajador migrante en
una fuerza de trabajo especialmente disciplinada.
En este sentido, la figura del trabajador «sin papeles» representa una
de las expresiones más acabadas del proletariado contemporáneo. Carece,
en muchos casos, no sólo de propiedad sobre los medios de producción,
sino incluso de los derechos civiles más elementales que permiten
negociar en condiciones mínimamente igualitarias la venta de su fuerza
de trabajo. Su situación revela con especial claridad la asimetría
constitutiva de la relación salarial bajo el capitalismo.
Estados Unidos ofrece un ejemplo especialmente significativo. Millones
de trabajadores procedentes de México, Centroamérica y otros países
latinoamericanos sostienen sectores enteros de la agricultura, la
construcción, la restauración o la industria cárnica. Sin embargo, esos
mismos trabajadores viven bajo una permanente amenaza de deportación.
Las campañas periódicas contra la inmigración irregular, la
militarización de la frontera con México, las redadas policiales o el
endurecimiento de la legislación migratoria no eliminan esa fuerza de
trabajo. Al contrario, contribuyen a mantenerla en una situación de
vulnerabilidad que beneficia directamente a numerosos sectores
empresariales. La criminalización del inmigrante cumple así una función
económica además de política: producir trabajadores fácilmente
explotables mediante el miedo constante a perder el derecho mismo a
permanecer en el país.
Una lógica semejante puede observarse en buena parte de Europa. Las
fronteras exteriores de la Unión Europea se han convertido en espacios
de creciente militarización mientras numerosos sectores económicos
dependen estructuralmente del trabajo migrante. La agricultura intensiva
del sur de España e Italia, los invernaderos, la recogida de fruta, la
construcción, el trabajo doméstico o la atención a personas dependientes
difícilmente podrían mantenerse sin una mano de obra procedente de
África, América Latina, Europa oriental o Asia.
La contradicción resulta evidente. Los mismos Estados que levantan
muros, externalizan el control de fronteras y desarrollan políticas de
persecución contra la inmigración irregular necesitan simultáneamente
incorporar cientos de miles de trabajadores para sostener sectores
enteros de su economía. La inmigración aparece oficialmente como un
problema de seguridad, mientras funciona realmente como un componente
esencial del mercado laboral.
Todavía más extrema resulta la situación en los países del Golfo
Pérsico. Arabia Saudí, Catar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait o Baréin
han construido una parte muy importante de su crecimiento económico
mediante el trabajo de millones de migrantes procedentes de India,
Pakistán, Bangladés, Nepal, Filipinas o Sri Lanka. Durante décadas, el
sistema de patrocinio conocido como kafala subordinó jurídicamente al
trabajador a su empleador hasta el punto de impedirle cambiar libremente
de empleo o abandonar el país sin autorización. Aunque algunos Estados
han introducido reformas parciales en los últimos años, numerosas
organizaciones internacionales y sindicatos siguen documentando jornadas
extenuantes, impago de salarios, confiscación de pasaportes, alojamiento
indigno y graves restricciones de derechos que sitúan a muchos
trabajadores en condiciones próximas a la servidumbre por deudas o a
formas contemporáneas de trabajo forzado.
La preparación del mundial de fútbol de Catar puso esta realidad bajo el
foco internacional. Miles de trabajadores migrantes participaron en la
construcción de estadios, carreteras, líneas de metro y grandes
infraestructuras en condiciones extremadamente duras. Lo relevante para
el argumento aquí desarrollado no es únicamente la gravedad de esos
abusos, sino lo que revelan acerca del funcionamiento del capitalismo
global: las grandes obras del siglo XXI siguen descansando sobre enormes
masas de trabajadores privados de capacidad efectiva para negociar las
condiciones de venta de su fuerza de trabajo.
Las migraciones asiáticas ofrecen otro ejemplo de la misma dinámica.
Millones de trabajadores se desplazan cada año desde zonas rurales de
China hacia los grandes centros industriales de la costa; desde
Indonesia, Filipinas o Vietnam hacia las economías más desarrolladas del
Este asiático; o desde Bangladés y Nepal hacia las monarquías petroleras
del Golfo. En todos estos casos, la movilidad de la fuerza de trabajo
constituye un elemento central de la acumulación capitalista contemporánea.
Tampoco puede olvidarse la situación del pueblo palestino. La ocupación,
la fragmentación territorial y la destrucción sistemática de buena parte
de la economía palestina han producido durante décadas una masa de
trabajadores profundamente dependiente del mercado laboral israelí o del
empleo precario en los territorios ocupados. La privación de derechos
nacionales se combina aquí con una intensa subordinación económica,
mostrando de nuevo cómo la dominación política y la explotación laboral
pueden reforzarse mutuamente.
En conjunto, estos procesos permiten comprender que el capitalismo
contemporáneo no sólo reproduce continuamente nuevas formas de
proletariado, sino que las internacionaliza. La movilidad masiva de
trabajadores constituye una condición estructural del proceso de
acumulación. Allí donde el capital necesita reducir costes laborales,
encuentra en la población migrante una fuerza de trabajo especialmente
vulnerable cuya precariedad jurídica facilita formas intensificadas de
explotación.
Por ello, las migraciones internacionales no desmienten la teoría de la
división social en clases antagónicas; la confirman de manera
particularmente contundente. El capitalismo no está sustituyendo el
trabajo asalariado por otra forma de organización social. Está ampliando
el mercado mundial de trabajo, incorporando continuamente nuevos
contingentes de trabajadores y produciendo deliberadamente situaciones
de desigualdad jurídica que permiten aumentar la tasa de explotación.
La figura del migrante sin papeles, del temporero agrícola, de la
empleada doméstica extranjera, del repartidor de plataforma digital, del
obrero asiático de la construcción o del trabajador palestino sometido a
la ocupación expresa quizás mejor que ninguna otra la condición
proletaria del siglo XXI. No representan una excepción respecto del
funcionamiento normal del capitalismo; representan una de sus
manifestaciones más características. Su existencia constituye,
precisamente por ello, una de las refutaciones empíricas más sólidas de
la tesis según la cual el proletariado habría desaparecido. Si algo
demuestra el capitalismo global es exactamente lo contrario: nunca había
necesitado movilizar, desplazar y explotar una masa tan inmensa de
trabajadores asalariados a escala planetaria.
Programa de acción: doce líneas para la recomposición del proletariado.
Si el proletariado no ha desaparecido, sino que ha sido dispersado,
precarizado e internacionalizado, la cuestión estratégica consiste en
reconstruir su capacidad de organización autónoma. Ello exige abandonar
tanto la nostalgia por las formas del pasado como la resignación
derrotista que declara imposible toda política de clase. No existe un
modelo único, pero sí pueden señalarse algunas orientaciones fundamentales.
1.Reconstruir la sociabilidad proletaria.
La primera tarea consiste en recuperar espacios de encuentro, debate y
solidaridad en barrios, centros de trabajo, centros de estudio y
territorios. Sin relaciones sociales permanentes no existe conciencia
colectiva, y sin ésta ninguna organización puede sostenerse frente al
capital.
2.Organizar allí donde hoy trabaja la mayoría.
El nuevo movimiento obrero deberá implantarse prioritariamente en la
logística, el transporte, las plataformas digitales, la sanidad, la
enseñanza, la hostelería, el comercio, los cuidados, la agricultura
intensiva, las subcontratas industriales y los grandes centros de
distribución. La organización debe seguir el desplazamiento real del
capital.
3. Superar la fragmentación laboral.
La división entre trabajadores fijos y temporales, nacionales y
migrantes, asalariados y falsos autónomos, empleados públicos y
privados, constituye uno de los principales instrumentos de dominio
empresarial. La organización de clase debe reconstruirse sobre la
realidad material compartida y no sobre las categorías administrativas
impuestas por el mercado o el Estado.
4. Incorporar plenamente al proletariado migrante.
La igualdad de derechos laborales, sociales, sindicales y políticos
entre trabajadores autóctonos y migrantes constituye una condición
imprescindible para impedir que el capital utilice la desigualdad
jurídica como mecanismo permanente de reducción salarial e imposición de
una disciplina colectiva.
5. Recuperar el sindicalismo de acción directa.
El sindicalismo debe volver a convertirse en una herramienta de
conflicto cotidiano y no en un aparato de gestión institucional. La
asamblea, la revocabilidad de los delegados, el federalismo, la
autonomía respecto del Estado y la acción directa continúan siendo
principios plenamente vigentes.
6. Construir instituciones propias de apoyo mutuo.
Cajas de resistencia, cooperativas de consumo, asesorías laborales,
ateneos, bibliotecas sociales, redes de cuidados, centros culturales,
escuelas populares y espacios comunitarios constituyen la
infraestructura material indispensable para sostener conflictos
prolongados y fortalecer la autonomía de la clase.
7. Coordinar las luchas a escala internacional.
Frente a un capital organizado globalmente, las respuestas
exclusivamente nacionales resultan insuficientes. La cooperación entre
trabajadores de una misma cadena logística o productiva, las campañas
internacionales y la solidaridad efectiva deben convertirse en prácticas
permanentes.
8. Vincular las luchas sociales sin diluir la cuestión de clase.
La defensa de la vivienda, la sanidad pública, la educación, el
feminismo, el ecologismo social, el antirracismo o la oposición al
militarismo forman parte de un mismo conflicto histórico cuando se
articulan alrededor de la crítica del capitalismo y no como
reivindicaciones aisladas entre sí.
9. Recuperar la formación política y la memoria histórica.
La desmemoria constituye una de las principales victorias del
neoliberalismo. Resulta imprescindible reconstruir una cultura crítica
mediante la formación permanente, el estudio de las experiencias
históricas del movimiento obrero y libertario y la transmisión
intergeneracional de saberes organizativos.
10. Combatir la economía de guerra y el autoritarismo.
La militarización creciente, el incremento del gasto en defensa, la
expansión de los dispositivos de vigilancia y la normalización de los
estados de excepción constituyen instrumentos destinados también a
disciplinar el trabajo. La oposición al militarismo, y a la economía de
guerra, forma parte inseparable de la lucha contra el capital. A las
guerras del capital sólo puede oponerse la guerra de clases.
11. Democratizar la producción y la reproducción social.
La perspectiva libertaria no puede limitarse a mejorar las condiciones
de venta de la fuerza de trabajo. Debe orientarse hacia el control
directo de la producción por quienes trabajan, la gestión colectiva de
los bienes comunes, la socialización de los cuidados y el desarrollo de
formas cooperativas y federales de organización económica.
12. Construir poder popular desde abajo.
El objetivo estratégico no consiste en conquistar el Estado para
administrar el capitalismo con otros gestores, sino en desarrollar una
red creciente de organizaciones autónomas capaces de disputar al capital
funciones económicas, sociales, culturales y políticas. La
autoorganización, el cooperativismo, el federalismo, la democracia
directa y el apoyo mutuo no constituyen únicamente principios éticos;
representan también las condiciones materiales para una transformación
revolucionaria de la sociedad.
Estas doce orientaciones no constituyen un programa cerrado ni un
catálogo exhaustivo de reivindicaciones. Pretenden señalar una dirección
estratégica. El capitalismo del siglo XXI ha modificado profundamente la
composición del proletariado, pero no ha eliminado la contradicción
fundamental entre quienes poseen los medios de producción y quienes sólo
poseen su capacidad de trabajar. Si esa contradicción continúa
estructurando la sociedad, la tarea del movimiento libertario no
consiste en buscar un sujeto alternativo, sino en contribuir a la
recomposición consciente, autónoma, federal e internacionalista de la
clase trabajadora. Menos obituarios y más organización.
Conclusiones: la derrota del movimiento obrero y los límites del derrotismo
El recorrido realizado a lo largo de estas páginas permite extraer una
conclusión que, aunque sencilla en su formulación, posee importantes
consecuencias teóricas y políticas. Las profundas transformaciones
experimentadas por el capitalismo desde la década de 1970 no autorizan,
por sí solas, a concluir que el proletariado haya dejado de constituir
el sujeto potencial de una transformación revolucionaria. Lo que esas
transformaciones ponen de manifiesto es, ante todo, la crisis de las
formas históricas mediante las cuales la clase trabajadora consiguió
organizarse durante el largo ciclo del movimiento obrero.
Esta es una distinción que conviene preservar cuidadosamente. La derrota
del movimiento obrero europeo, la descomposición de la cultura obrera
tradicional, la integración institucional de buena parte del
sindicalismo, la fragmentación de los procesos productivos o la
creciente individualización de las relaciones sociales constituyen
hechos históricos ampliamente documentados. Negarlos equivaldría a
ignorar medio siglo de evolución del capitalismo. Sin embargo, de esa
constatación no se deduce necesariamente que hayan desaparecido las
relaciones sociales que hicieron posible la aparición del proletariado
como clase ni, mucho menos, que se haya extinguido toda posibilidad de
una política fundada sobre el conflicto entre capital y trabajo.
En este punto se sitúa, precisamente, la discrepancia que este artículo
mantiene con una parte del pensamiento libertario contemporáneo. Autores
como Tomás Ibáñez y Miquel Amorós han descrito con notable lucidez la
profundidad de la derrota sufrida por el movimiento obrero y la
capacidad del capitalismo para desarticular las formas de sociabilidad
que alimentaban la conciencia de clase. Sus análisis contienen
observaciones de gran valor sobre la mercantilización de la vida
cotidiana, la crisis de las organizaciones tradicionales, la
desaparición de los antiguos barrios obreros o la integración del
conflicto social en los mecanismos de gestión del sistema. Todo ello
constituye una aportación imprescindible para comprender el presente.
La discrepancia aparece cuando ese diagnóstico histórico se convierte en
una conclusión estratégica. Porque una cosa es afirmar que el
proletariado ha perdido, hasta el momento, la centralidad política que
llegó a poseer durante una determinada etapa del desarrollo capitalista,
y otra muy distinta sostener que esa pérdida constituye una
transformación irreversible o que el capitalismo ha dejado de producir
las condiciones materiales sobre las que podría reconstruirse una
política de clase. Entre ambas afirmaciones existe un salto teórico que
los hechos examinados en este trabajo no parecen justificar.
La reorganización mundial del capitalismo muestra, por el contrario, una
realidad más compleja. Nunca antes había existido una clase trabajadora
tan numerosa, tan internacionalizada y tan integrada en un único mercado
mundial. La expansión de la producción industrial en Asia, el
crecimiento de la logística global, la proletarización de amplios
sectores de los servicios, la extensión del trabajo precario y de las
plataformas digitales, así como las grandes migraciones laborales que
recorren el planeta, indican que el capitalismo continúa reproduciendo
masivamente la condición proletaria. Lo que ha cambiado no es la
existencia de esa clase, sino sus formas de composición, sus espacios de
concentración, sus experiencias comunes y las condiciones en las que
puede desarrollar una conciencia colectiva.
Precisamente las migraciones internacionales constituyen una de las
expresiones más claras de este proceso. Millones de trabajadores
atraviesan cada año las fronteras para incorporarse a mercados laborales
donde ocupan los puestos más precarios y peor remunerados. Desde los
jornaleros agrícolas del sur de Europa hasta los trabajadores
latinoamericanos perseguidos y criminalizados en Estados Unidos; desde
las empleadas domésticas migrantes hasta los obreros asiáticos sometidos
durante años al sistema de patrocinio de las monarquías del Golfo; desde
los trabajadores palestinos condicionados por la ocupación hasta quienes
sostienen las grandes redes mundiales de logística y distribución, el
capitalismo contemporáneo sigue produciendo nuevas formas de
proletariado cuya vulnerabilidad jurídica se convierte, precisamente, en
una fuente adicional de explotación. Lejos de anunciar el final de la
condición proletaria, estas realidades muestran su ampliación y
diversificación a escala planetaria.
El estatus jurídico precario, herramienta estatal de disciplina laboral,
confirma que la lucha de clases es inseparable de la lucha contra
fronteras, racismo institucional y policía del trabajo.
Por ello, el problema central ya no consiste en determinar si el
proletariado existe. Esa cuestión pertenece, en buena medida, al terreno
de la evidencia empírica. La verdadera pregunta es otra: por qué una
clase objetivamente más extensa que nunca aparece políticamente
fragmentada y qué condiciones históricas podrían hacer posible una nueva
recomposición de su capacidad de acción colectiva.
Responder a esta cuestión exige abandonar dos simplificaciones opuestas.
La primera consiste en imaginar que bastaría con reconstruir las formas
organizativas del movimiento obrero clásico. La historia no retrocede y
el capitalismo del siglo XXI no reproduce las condiciones sociales sobre
las que crecieron las organizaciones revolucionarias del pasado. La
segunda consiste en concluir que, puesto que aquellas formas históricas
han sido derrotadas, también lo ha sido definitivamente la posibilidad
de una política proletaria. Esta segunda simplificación transforma una
derrota histórica en una imposibilidad estructural y convierte una
coyuntura, por profunda que sea, en una ley de la historia.
Sin embargo, la historia del capitalismo enseña precisamente lo
contrario. Las formas de organización de la clase trabajadora nunca han
permanecido invariables. El sindicalismo de resistencia, los consejos
obreros, las colectividades revolucionarias, los grupos de afinidad, las
organizaciones anarcosindicalistas, las comisiones obreras revocables,
los ateneos obreros, las cooperativas, los comités revolucionarios o de
defensa o de abastos, las escuelas racionalistas, las asociaciones de
ayuda mutua y las coordinadoras de trabajadores surgieron siempre como
respuestas específicas a condiciones históricas determinadas. Ninguna de
ellas fue deducida de una teoría previa ni respondió a un modelo
universal. Todas nacieron del encuentro entre una estructura objetiva de
explotación y la capacidad de los propios trabajadores para construir
instituciones adaptadas a su tiempo.
No existe razón para pensar que ese proceso histórico haya concluido
definitivamente. Lo que la derrota del movimiento obrero obliga a
reconocer no es el agotamiento de la contradicción entre capital y
trabajo, sino la necesidad de repensar las formas mediante las cuales
esa contradicción puede traducirse nuevamente en organización,
solidaridad y proyecto emancipador. El capitalismo ha transformado
profundamente el trabajo; sería extraño que las formas de resistencia no
tuvieran también que transformarse.
En este sentido, el derrotismo filosófico constituye una tentación
comprensible, pero políticamente estéril. Toda gran derrota induce a
pensar que el enemigo ha resuelto definitivamente las contradicciones
que antes alimentaban la contestación. Sin embargo, el capitalismo
continúa dependiendo, hoy como ayer, del trabajo vivo; continúa
organizando la producción mediante relaciones salariales; continúa
concentrando la riqueza en un polo y la dependencia económica en el
otro; continúa desplazando millones de trabajadores allí donde la
acumulación lo requiere y continúa recurriendo a la precariedad, a la
fragmentación y a la desigualdad jurídica como instrumentos para
disciplinar la fuerza de trabajo. Ninguna de estas tendencias apunta
hacia la desaparición de la cuestión social. Más bien indican que esta
adopta formas nuevas, más complejas y más internacionales que las
conocidas por el movimiento obrero clásico.
En clave libertaria, esta dispersión exige formas de organización
flexibles: redes de apoyo mutuo barrio-tajo, secciones sindicales no
burocratizadas, grupos de autonomía obrera no sustitutivos de la clase y
coordinación federal entre nodos logísticos, riders, subcontratas y
cuidados.
La tarea de una teoría crítica no consiste, por tanto, en certificar el
final del proletariado como sujeto histórico, sino en comprender las
metamorfosis que el propio capitalismo impone a la composición de la
clase trabajadora y a sus posibilidades de organización. La cuestión
decisiva ya no es si el proletariado del siglo XXI se parece al de hace
cien años. Evidentemente, no se parece. La cuestión consiste en
averiguar qué formas de conciencia, de solidaridad y de organización
pueden surgir de las condiciones específicas creadas por el capitalismo
global.
Lejos de clausurar la perspectiva de una política de clase, el
capitalismo contemporáneo obliga a replantearla sobre nuevas bases. La
derrota del movimiento obrero pertenece a la historia. La contradicción
entre capital y trabajo pertenece todavía al presente. Confundir ambas
cosas significa convertir una experiencia histórica, por dramática que
haya sido, en una conclusión teórica que los hechos no autorizan. Y
quizás sea precisamente esa confusión uno de los principales obstáculos
para pensar las posibilidades emancipadoras de nuestro tiempo.
Ejemplos históricos cercanos avalan esta orientación. La autonomía
obrera italiana (1969-1977) y las experiencias asamblearias y
anarcosindicales en la España de la Transición evidenciaron que la clase
puede recomponerse fuera de la tutela de partidos y Estados:
autoorganización en los puntos de producción y reproducción,
coordinación territorial y federal, y politización de los trabajadores
sin vanguardias.
La tarea no es sustituir al proletariado por un nuevo sujeto
providencial, ni subordinarlo a partidos o Estados, sino recomponer su
potencia autónoma, horizontal y federal para desbordar el capital en
todos los ámbitos de la vida. Si el capital es global y total, nuestra
organización también debe serlo.
Nada en lo anterior confiere al proletariado una «misión histórica»
garantizada. La existencia de la clase no asegura su victoria; solo
indica el terreno en el que la lucha puede disputarse. La alternativa al
derrotismo no es prometer la insurrección, sino reconstruir condiciones
de posibilidad: sociabilidades, infraestructuras de conflicto,
coordinaciones revocables, internacionalismos efectivos, comunidades de
lucha. En eso consiste, hoy, sostener una perspectiva libertaria de la
clase: no en proclamarla, sino en prepararla. Y ahí parecen estar Liza,
Embat, Batzac y tantas otras, reclamando más protagonismo al
proletariado y menos obituarios derrotistas.
«Revolución o barbarie» ya no es una consigna: es una alternativa real
y, a medio plazo, entre dos futuros antagónicos.
Agustín Guillamón
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