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(ca) Spaine, EMBAT: Análisis de Coyuntura 2026 (en, fr, it, pt, tr)[Traducción automática]

Date Sun, 28 Dec 2025 08:26:53 +0200


El anarquismo frente a la crisis multidimensional del siglo XXI ---- Como hemos dicho en otras ocasiones desde Embat, la actual crisis de producción de recursos minerales y energéticos es un desafío complejo y multidimensional que refleja la tensión entre el crecimiento económico impuesto por nuestro modelo hegemónico y la sostenibilidad ambiental, la justicia social o la ética humana. En otras palabras, el conflicto radica en cómo nos posicionamos frente al mundo y la vida.
El sistema actual de crecimiento infinito y de desarrollo material es, en todas las luces, insostenible para nuestro planeta, y actualmente esto se ha puesto de manifiesto de múltiples formas. El "crecimiento infinito" busca su justificación en el aumento de la población mundial, así como en el desarrollo de los países emergentes. También en el enriquecimiento de la población occidental, que en su mayoría se considera de "clase media", dada su aspiración a no depender enteramente de su fuerza de trabajo para sobrevivir y garantizar el bienestar a los suyos, ya sea a través de vivir de rentas, de inversiones o del patrimonio o sea mediante la intervención del estado del bienestar. Sólo que en este caso, esta clase media está ya en crisis, retrocediendo su capacidad adquisitiva desde hace años, si no décadas. Sea como fuere, el efecto de todos estos factores es que la demanda se intensifica y generaliza. Casi toda la humanidad quiere vivir como las sociedades capitalistas avanzadas. Esto es especialmente palpable en Asia, donde su nivel de vida ya rivaliza - o incluso supera - el de esa Europa que una vez era el modelo a seguir.

Mientras se construyen infraestructuras y se fabrica todo tipo de mercancías, se acelera la producción. El capitalismo ha logrado desvincular el producto de la producción. Mientras nos centramos en la utilidad, novedad, sofisticación o belleza de un producto, nos olvidemos de cómo se produce y qué impacto tiene. Por supuesto, este progreso acelerado choca con los límites geológicos del planeta. En un planeta finito, los recursos son finitos. Y esto vale tanto para los minerales (litio, cobalto o tierras raras), como para la energía (uranio, carbón, gas y petróleo). Hay preocupación sobre cómo se cubrirán las necesidades del mercado y de la población a largo plazo, pero por ahora sólo se ha echado por el camino fácil: sustituir la energía fósil por la energía "verde" (solar o eólica), sin entender que también tienen un impacto y que su disponibilidad actual depende del petróleo en gran medida. Es un problema de modelo económico.

El impacto ambiental y climático que produce nuestro modo de vida es altamente destructivo para el planeta. La minería daña ecosistemas enteros, contamina el aire, el agua y el suelo y, por si fuera poco, desplaza a comunidades. Podríamos recordar los desastres ecológicos y sociales que ha producido la explotación del coltán en el Congo, las arenas bituminosas en Canadá, o el litio en los salares sudamericanos o los cientos de miles de bidones llenos de residuos radiactivos que pueblan el fondo del Atlántico. Además, dado que los combustibles fósiles dominan la producción energética global, sigue acelerándose el calentamiento global. Con Donald Trump en la Casa Blanca, la política medioambiental estadounidense sufre un fuerte retroceso debido a su nula preocupación sobre el cambio climático. Es decir, que el capitalismo pisa el acelerador directo hacia el precipicio. La naturaleza pasa a considerarse un mero recurso y se desvincula de la vida.

Respecto a estas energías supuestamente "limpias", cabe destacar que dependen fuertemente de minerales como el cobre, el litio o el níquel. Nada tienen limpias. Las cadenas de suministro de esta energía "verde" tienen un alto coste socioambiental desde las minas hasta las fábricas de paneles solares o en las pistas en medio de la montaña para levantar molinos gigantes con grúas enormes.

Existe toda una geopolítica de la desigualdad - a nivel macro - que se basa en que hay algunos países que controlan los recursos esenciales (China las tierras raras, Arabia Saudí el petróleo, etc.), generándose tensiones y disputas por los recursos minerales, por el agua o por los gasoductos y oleoductos, puertos, vías. Pero, además, las empresas explotadoras de los recursos son fuentes de explotación laboral y favorecen subrepticiamente los conflictos armados, la miseria generalizada y el desplazamiento de las comunidades que se oponen al modelo extractivista.

Aunque en los centros de estudio, en las campañas de los ayuntamientos, en la UE o incluso en la ONU se tengan buenas intenciones y se hable de economía circular, innovación tecnológica, lucha contra la obsolescencia programada, consumo responsable y otros, todo queda en una fiesta de Navidad y en propuestas de cara a la galería que no conseguirán un impacto duradero. Lo cierto es que la crisis no se produce sólo por escasez física, sino porque tenemos un modelo de producción y consumo insostenible. El responsable no es otro que el modelo capitalista globalizado, basado en la extracción de la plusvalía, el crecimiento infinito, la explotación extractivista y la mercantilización de la naturaleza.

Los científicos del clima nos alertan de que para 2050 (en sólo 25 años) alcanzar los 3 ºC no sólo es plausible, sino probable debido a las retroalimentaciones y la inercia política, como demuestra la reciente apuesta por la remilitarización de Europa o las políticas negacionistas de Trump. Superar los 2 ºC ya de por sí puede desencadenar ciclos de retroalimentación irreversibles que harían los 3 ºC (o más) inevitables, incluso con recortes rápidos de emisiones. De esta forma, la esperanza pasa por una movilización a gran escala para descarbonizar, restaurar el albedo, asumiendo que nuestro clima estará desestabilizado por décadas. Los científicos aseguran que si no hacemos esto, los sistemas ecológicos y climáticos del planeta llevarán a la civilización más allá de sus límites de adaptación para mediados del siglo. Esperamos sinceramente que se equivoquen, pero dado el momento histórico que vivimos, les podemos conceder bastante credibilidad.

Ante esta amenazadora situación, es vital no obsesionarse con lo negativo - el colapso, el fin de la civilización, la extinción de la humanidad y de la vida - y hacer propuestas de modelos alternativos que busquen priorizar la reproducción de la vida, la sostenibilidad ecológica, la justicia social y la satisfacción de las necesidades básicas. Por tanto, en Embat pensamos que se requiere un equilibrio entre innovación, cooperación global, justicia socioambiental y propuestas viables de transformación radical de las relaciones sociales así como de la producción. Los retos son muy grandes, es necesario plantearse medidas severas y darlo todo por ellas.

Las alternativas actualmente sobre la mesa
Actualmente, existen en boga unas cuantas alternativas - llamémoslas "postcapitalistas" - que promueven otra aproximación al desastre ecosocial del siglo XXI. Enumeraremos y definimos brevemente algunas, que nos parecen las más relevantes:

Decrecimiento
Cuestiona el dogma del crecimiento económico infinito y propone reducir el consumo material de los países ricos, mientras se enfoca en el bienestar no mercantilizado (salud, educación, cultura, tejido comunitario y cuidados). Las propuestas decrecentistas buscan reducir o eliminar la dependencia entre subsistencia y trabajo asalariado, que en el mundo occidental es casi absoluta. Hacia este objetivo, se realizan propuestas como la reducción de la jornada laboral, la redistribución de los empleos, o la renta básica universal. También se propone la relocalización de la producción, estableciendo cadenas de producción más cortas y eliminando los bienes de lujo.

El decrecimiento se postula también como una transformación de la vida y para desvincular al mundo, nuestro bienestar, ocio, e incluso nuestra razón de ser, de los dictados del mercado capitalista. En esta línea destaca la propuesta de "simplicidad voluntaria", una filosofía que invita a evitar el consumo de masas superfluo y centrarse en lo estrictamente necesario para "vivir bien". Como crítica, deberíamos reconocer que este modelo requiere de un profundo cambio cultural y del "sentido común" hegemónico. Sin embargo, es presumible pensar en una resistencia de las clases altas y medias a "vivir peor" que pueda llevar a graves choques sociales. La oposición a un recorte voluntario de nivel de vida sería fácilmente instrumentalizable por un movimiento político de extrema derecha, como ya está ocurriendo en muchos lugares.

En Cataluña existe una consolidada tradición asociacionista y autogestionaria que potencialmente podría ser la semilla para construir una cultura popular decreciente. Sin embargo, existen muy pocos indicios por ahora que este proceso esté en marcha más allá de casos aislados. A nivel económico, son cada vez más las empresas que han llevado a cabo pequeñas reducciones de la jornada laboral, y el plan piloto de renta básica universal aprobado inicialmente en 2021 fue tumbado en el Parlamento antes de arrancar.

Cooperativismo y economía social y solidaria (ESS)
Es un modelo autogestionario en el que los trabajadores (y en algunos casos también los socios o la "comunidad") controlan los medios de producción. Las cooperativas limitan la privatización de dividendos con el fin de acabar con la explotación laboral y de democratizar la economía. Además, muchas propuestas cooperativistas se basan también en la equidad social y la sostenibilidad ambiental. Destacaremos las redes de cooperativas, la banca ética, las cooperativas de servicios (energía, comunicaciones, etc.), las cooperativas y grupos de consumo ecológico, entre otros. Tradicionalmente, han sido propuestas muy arraigadas en el territorio, puesto que tienen una escala mayoritariamente local, lo que ha permitido la consolidación de una cultura cooperativista en varios puntos del territorio. En los últimos años, el movimiento de la economía social y solidaria ha realizado una fuerte apuesta por las colaboraciones con el sector público, con resultado significativo en cuanto a legislación y financiación en varios países.

Su punto débil es su escala limitada frente a las corporaciones globales, que limita su competitividad y su alcance, convirtiéndola a menudo en una propuesta de nicho. La ESS también ha sido instrumentalizada por parte de ciertos partidos institucionales que pretenden privatizar de forma encubierta a sectores del estado del bienestar sin producir alarma social. Además, el aparato estatal ha visto en el movimiento cooperativista una estrategia para reducir la conflictividad social, proporcionando medios de subsistencia a personas que en ocasiones son militantes y activistas de base, alejándolas de propuestas politizadas mientras legisla las actividades de las cooperativas. Por último, y dada la integración de esta economía en el sistema capitalista actual, existe el riesgo de reproducir las actuales relaciones productivas, perpetuando la explotación y la desigualdad y desplazando el interés por ser un instrumento de transformación radical.

En la última década, Cataluña ha experimentado un auge del movimiento de la ESS, impulsado en gran medida por la administración pública, que ha potenciado una red territorial de ateneos cooperativos y comunitarias urbanas. Sin embargo, y aunque algunas de las propuestas concretas han sido capaces de plantear modelos relativamente transformadores, la apuesta del sector público por la ESS no se ha visto reflejada en una consolidación del modelo, exponiendo claramente los límites arriba mencionados. El apoyo institucional ha sido un arma de doble filo, ya que podemos decir que gran parte de las cooperativas catalanas tienen una gran dependencia de las subvenciones públicas. Esto las pone en una posición de fragilidad frente a eventuales cambios políticos y problematiza su papel dentro de una estrategia transformadora.

Ecosocialismo
Actualiza la crítica marxista a la explotación capitalista con los recientes postulados de la ecología política, apuntando a las intersecciones entre las estructuras de dominación y la destrucción ambiental. Propone una economía planificada y democrática, en la que la producción se ajuste a las necesidades humanas ya los límites del planeta y no al beneficio capitalista. En el ámbito práctico, se articula en diversas propuestas como la nacionalización de los sectores energéticos y su puesta bajo control popular, la reducción de la jornada laboral para reducir desplazamientos, consumo energético y residuos; o la transición energética hacia energías renovables, siempre teniendo en cuenta el empleo digno. También plantea la desmercantilización de las necesidades básicas como vivienda, transporte, suministros básicos, sanidad o educación. Al contrario que las anteriores propuestas, el ecosocialismo ofrece un modelo de organización ecosocial de carácter estatal e incluso supraestatal, entornos donde las alternativas transformadoras tienen una influencia muy reducida. Éste es uno de los motivos por los que, hasta la fecha, las administraciones municipales han sido espacios mucho más propensos a la implementación de propuestas ecosocialistas. Sin embargo, limita sus posibilidades de éxito, ya que aspira a influir en espacios políticos con muchos intereses en juego. Otros posibles puntos débiles son las dificultades técnicas y prácticas de coordinación y participación a gran escala, así como el riesgo de burocratización y/o autoritarismo si no existe una participación real desde las bases.

En el contexto catalán, podemos identificar como propuestas con carácter ecosocialista la campaña Aigua Es Vida , que ha impulsado la remunicipalización del suministro de agua en algunos municipios, o la creación de Barcelona Energia , una comercializadora energética pública basada en la eficiencia energética y el uso de renovables. A nivel estatal y europeo, algunas de las propuestas de nuevos pactos verdes que surgieron durante la recuperación económica tras la pandemia de la Covid-19 contenían elementos ecosocialistas. Sin embargo, y como era de prever, estos pactos están totalmente ausentes en la propuesta de fondos Next Generation que fue finalmente aprobada, poniendo de manifiesto la dificultad de influir altas esferas de gobernanza.

Comunalismos y economía comunitaria
Consiste en una actualización y contextualización de la tradición de los bienes comunes, con gran peso en economías precapitalistas e incluso actualmente en entornos rurales e indígenas. Propone la desmercantilización y autogestión de los recursos básicos, poniendo la subsistencia en manos de comunidades basadas en la democracia directa y la cooperación. Una de las ventajas de esta propuesta es su adaptabilidad, puesto que es fácilmente implementable en diferentes contextos y situaciones. A nivel práctico, en los últimos años esta alternativa se ha estructurado en propuestas comunalistas, especialmente en entornos rurales y periurbanos, que plantean redes de comunidades de convivencia con gran conciencia ecológica y un reducido impacto ambiental. Estas nuevas comunidades se centran en el desarrollo de infraestructuras comunitarias (huertos, viviendas, talleres, etc.) que permitan a sus miembros reducir la dependencia del trabajo asalariado y construir así soberanía popular.

Otro tipo de propuestas que surgen de esta alternativa son las economías comunitarias que plantean modelos económicos de proximidad que ponen el bienestar de las personas y el medio ambiente en el centro de la actividad económica. El principal objetivo de estas economías es, por tanto, comunalizar los bienes y tareas reproductivas, cuestionando la jerarquía del productivismo. A nivel práctico, las economías comunitarias incluyen desde redes DIY y cultura autogestionada hasta grupos de consumo y cooperativas, en clara muestra de las intersecciones entre la alternativa comunalista con otras de las propuestas anteriores .

En cuanto a las limitaciones, suele apuntarse a la complicación de imaginar un salto de escala más allá de proyectos muy localizados, aunque existen experiencias puntuales de redes regionales. Otro posible riesgo es la formación de comunidades herméticas centradas exclusivamente en su propia actividad, impidiendo el acceso de nuevos miembros y limitando su potencial de transformación social. Por último, también es justo reconocer que la expansión de esta propuesta choca con el sentido común consumista e individualista hegemónico en la sociedad occidental actual.

En Cataluña, el ejemplo más claro de comunalismo es la red informal de comunidades intencionales, formada por casi un centenar de experiencias que combinan diferentes tipologías de vivienda colectiva, infraestructuras populares y proyectos (re)productivos. En un ámbito más formal, la Fundació Emprius se ha establecido recientemente como proyecto que busca consolidar y expandir esta red. En entornos urbanos, el ejemplo más claro serían los edificios ocupados para facilitar el acceso a la vivienda y establecer centros sociales autogestionados que acogen multitud de funciones ligadas a la subsistencia de la comunidad: escuelas populares, gimnasios, huertos, redes de alimentos, etc.

Más allá de estas cuatro propuestas integrales que abarcan simultáneamente las dimensiones económica, sociocultural, ecológica y política, vale la pena destacar otros dos conceptos que, aunque menos terminados en el contexto occidental, contienen elementos destacables.

Ecofeminismo
Propone sistemas en los que la vida está en el centro y denuncia que el capitalismo explota tanto la naturaleza como el trabajo reproductivo, que es mayoritariamente femenino. Sin el trabajo reproductivo no existiría esa base que permite la reproducción de capital, necesaria para el sistema hegemónico que sufrimos. Entre sus propuestas tendríamos la valorización económica del trabajo de cuidados, la soberanía alimentaria basada en los saberes tradicionales (muchas veces atesorados por las mujeres) o la despatriarcalización de la toma de decisiones integrando perspectivas comunitarias. Como nada es fácil en esta vida, su punto débil está en la dificultad de hacer llegar estos postulados a la población en general, tan dominada por la educación patriarcal. Se requiere una profunda transformación cultural. Y como contrapunto positivo, este sistema es muy compatible con los otros modelos alternativos al capitalismo.

Hemos visto durante la última década la aparición de un ecofeminismo más político a nivel internacional, con propuestas como la Huelga de Todas, que contribuyó extraordinariamente a hacer crecer el movimiento feminista global. Algunas de sus propuestas tácticas se incluyeron en los programas y formas de hacer de los partidos de izquierdas y de los sindicatos, así como de los movimientos sociales. Incluso algunos postulados han sido adoptados por alguna administración pública.

Modelos indígenas y cosmovisiones no occidentales
Son sistemas diversos, dependiendo de cada territorio y de cada comunidad que los propone. En Latinoamérica tenemos Buen Vivir, en África Ubuntu, y hay otros similares. Se caracterizan por entender que la humanidad es parte de la naturaleza, y no su propietaria. Entre sus propuestas se encuentran las economías comunitarias (en plural) basadas en la reciprocidad y no en la acumulación. Estos modelos son famosos por conseguir la defensa jurídica de algunos territorios sagrados para sus pueblos, logrando así también la protección de la biodiversidad. Algunos de estos derechos están recogidos incluso en la constitución de algunos estados. El riesgo de este modelo es la cooptación de los líderes populares y su integración en el estado capitalista o también la posible reacción de los estados y grandes corporaciones extractivistas, que no dudan en emplear la represión estatal, o si esto no les es posible, los cuerpos paramilitares.

Como puede verse, en todas estas alternativas al capitalismo actual no existe un modelo único, pero se observan unos principios comunes: límites ecológicos, justicia redistributiva, democracia participativa y desmercantilización de la vida. La transición desde el capitalismo hasta alguno de estos u otros sistemas requerirá combinar elementos de las diferentes propuestas según el contexto y necesitará un gran cambio cultural. Es necesario pasar del individualismo consumista a una ética de interrelación con la naturaleza y de responsabilidad hacia las generaciones futuras. La pregunta clave no es qué sistema proponemos, sino quién decide, y cómo se garantizará que sean las mayorías quienes dirijan el cambio y no las élites. Porque si por ellas fuera, tendríamos ecofascismo, capitalismo verde o tecnodistopías.

Como vemos, estos casos no dejan entrever cambios revolucionarios, entendidos como derribos repentinos de gobiernos, sino transformaciones sociales y políticas profundas que podrían darse a largo plazo. La viabilidad de cada modelo dependerá de factores como la cultura política, el grado de desigualdad existente en ese territorio, la fuerza colectiva acumulada o la capacidad de adaptación institucional a las presiones populares desde abajo.

Existen sistemas de éstos que permiten avanzar sin rupturas significativas, aprovechando los marcos democráticos existentes. Esto ocurriría en los países del norte de Europa, a causa de sus instituciones y de la conciencia ciudadana, más proclive a la participación en las políticas públicas. El Ecofeminismo podría beneficiarse de esto. Otro posible beneficiario sería el Cooperativismo, dado que es un sistema económico alternativo que coexiste con el capitalista hegemónico. También el modelo de los pueblos indígenas ha logrado avances basados en la lucha parlamentaria y legal en ciertos países latinoamericanos.

Por el contrario, hay otros que requerirán cambios estructurales que desafíen al establishment, lo que podría acarrear procesos revolucionarios. Por ejemplo, el Ecosocialismo suele proponerse desde opciones políticas de izquierdas con aspiraciones a controlar el aparato del estado. Muchas veces, para conseguirlo, requerirán de una movilización masiva y de la conquista paulatina de las instituciones (primero a escala local, después regional, etc.). El Decrecimiento estaría en una situación similar. Dependiendo de qué teoría decrecentista se utilice, existen algunos tipos de transición ecosocial que serían aplicables a los estados avanzados de Europa debido a una alta conciencia. Sin embargo, su aplicación a gran escala casi seguro que produciría una fuerte resistencia de las élites económicas y una evasión de capitales que socavaría la viabilidad del proyecto, volviendo en contra del mismo las capas más vulnerables de la sociedad.

Con toda probabilidad, la clave para que los modelos alternativos sean viables a gran escala pasaría por una crisis que les legitime. Por ejemplo, un colapso energético debilitaría el soporte al sistema actual. Cualquier tipo de cambio requeriría de movimientos populares muy fuertes, de un sindicalismo alineado con ellos y de redes internacionales de solidaridad. También requerirá el control de los materiales críticos, los recursos, la energía y las rutas comerciales para poder resistir las presiones externas. Nos parece lógico que estos modelos necesiten también la existencia de sectores políticos y económicos dispuestos a pactar con esos movimientos populares alternativos. De nuevo, la pregunta clave pasa por cómo acumular suficiente poder popular para imponerle un modelo alternativo al capitalismo de tal modo que no se pueda volver atrás y reinstaurar la injusticia superando la tentación autoritaria de las élites globales que comienzan a adoptar objetivos ecofascistas o tecnofeudalistas. Por supuesto, incluso el modelo más moderado requerirá de una movilización masiva para imponerse.

Otra pregunta que surge es si todas las alternativas postcapitalistas son algún tipo de socialismo - excepto el ecosocialismo. La respuesta es que todo se basa en quien posea los medios de producción y cómo se desarrolle la gobernanza.

Semejanzas entre el anarquismo y los modelos alternativos
Leyendo lo anterior, tal vez se esté planteando que el anarquismo se asemeja bastante a estos modelos expuestos anteriormente. Incluso podremos reconocer que estos modelos recogen ya algunos aspectos de las ideas libertarias tradicionales. Todos tienen unas similitudes básicas: critican al capitalismo, buscan la autonomía, la autogestión y promueven una toma de decisiones democrática. Sin embargo, dichos modelos no son equivalentes al anarquismo clásico o al anarcosindicalismo, aunque compartan algunos principios. Dejo aquí las diferencias clave:

Aspecto

Anarquismo/Anarcosindicalismo

Modelos Propuestos (Eco-socialismo, Decrecimiento, etc.)

Estado
Rechazo total del Estado y de toda jerarquía coercitiva.

Algunos aceptan Estados reformados (ej: el eco-socialismo con planificación democrática) o proponen su desmantelamiento paulatino.

Estrategia
Acción directa, autogestión y construcción de poder desde abajo sin intermediación institucional.

Varía: desde reformas legales hasta revoluciones (eco-socialismo radical).

Propiedad
Colectivización total (medios de producción gestionados por la Comuna o los sindicatos).

Algunos modelos permiten propiedad mixta (ej: cooperativas + sector público).

Escalera
Énfasis en el ámbito local y federaciones voluntarias de comunidades.

Algunos plantean escalas globales (ej: gobernanza climática internacional).

Relación con el capitalismo
Busca abolirlo por completo, sin transiciones intermedias.

Algunos proponen coexistir (la mayoría del cooperativismo) o reformarlo (Green New Deal).

Mesa. Anarquismo vs. Otros Modelos: Principios Básicos

Vista la mesa, podemos observar que estos sistemas no son lo mismo que anarquismo. El anarquismo es abiertamente antiestatal, mientras que la mayoría de los modelos expuestos aceptan algún tipo de institucionalidad, aunque sea transformada. Estos sistemas suelen ser más bien híbridos, dejándole un papel en el estado o en el mercado en convivencia con las instituciones populares. La clave sería ver si cada movimiento popular busca reformar, reemplazar o ignorar el estado y el mercado. El anarquismo sería poco o nada favorable a negociar con el sistema actual. De todas formas, aunque no sean lo mismo, todos estos movimientos podrían aliarse en luchas comunes contra la desigualdad o el extractivismo, así como en la construcción de contrapoderes locales y la extensión del poder popular.

Análisis de los modelos comunistas estatistas
Entre las alternativas anteriores no hemos hablado del comunismo clásico. El comunismo estatista, habitualmente vinculado al marxismo -aunque no siempre- se basa en el poder estatal para impulsar los cambios estructurales que están hechos desde arriba, desde el gobierno. Por eso fue reetiquetado como "capitalismo de estado" por parte de las corrientes libertarias y por otros marxistas. A grandes rasgos, las posibilidades de implementar estos cambios dependen de muchos factores como podrían ser el contexto histórico, la estrategia revolucionaria, el grado de fuerza que tenga la contrarrevolución y la relación con otros actores o movimientos políticos y sociales del país que realice esa revolución socialista.

Históricamente, la Unión Soviética o China de Mao lograron modernizar en unas pocas décadas economías agrarias muy atrasadas. Sin embargo, el coste humano y ambiental fue muy elevado, como es sabido. Consiguieron mejorar los indicadores sociales, como la salud, la vivienda o la educación, y redujeron la desigualdad pese a los bloqueos y guerras a los que se vieron sometidos. A cambio, liquidaron la disidencia interna de forma brutal y sin contemplaciones y sometieron a grandes penalidades a ciertas minorías étnicas y sociales. El bloque soviético dominó o tuvo influencia en medio planeta, apoyando a los movimientos anticoloniales del Sur Global, lo que le situó como contrapeso al capitalismo.

Sin embargo, tenía problemas estructurales recurrentes, como el autoritarismo y la represión. Su centralización del poder en partidos únicos siempre fue problemática, persiguiéndose la disidencia por pequeña que fuera. Además, la burocracia no fue eficiente, puesto que estaba minada por la corrupción. Todo esto hacía que existiera bastante desconexión entre las élites y las necesidades populares.
El estado era el único propietario de los medios de producción y esto hacía que los trabajadores estuvieran alejados emocionalmente de las necesidades productivas que se les exigía o que los cuadros técnicos intermedios manipularan las cifras de producción creando un desequilibrio estructural entre lo que se pedía, lo que se tenía sobre el papel y lo fabricado realmente. Y, por último, tenían una fuerte dependencia de líderes carismáticos como eje vehiculador del sistema, dificultando transiciones generacionales pacíficas.

La cuestión geopolítica sería otro factor. El bloque capitalista le declaró una guerra sin cuartel durante décadas, la Guerra Fría. Esto hizo que muchos estados socialistas potenciaran al ejército para sobrevivir. La situación de conflicto global dificultó el comercio internacional, retrasó la adopción o adaptación de las innovaciones tecnológicas e incluso aisló a muchos países socialistas en el resto del mundo.

Por si fuera poco, los modelos socialistas o capitalistas de estado fueron igual de productivistas y depredadores que los capitalistas liberales, explotando la naturaleza sin miramientos provocando graves desastres medioambientales.

Tras la caída del Muro de Berlín, el comunismo se reinventó. En Occidente una parte de él se integró en el sistema de partidos occidentales abandonando sus posiciones rápidamente. Adoptaron el progresismo en unos casos y en otros la socialdemocracia. El resultado fue su adaptación al sistema mientras que los partidos que no lo hacían eran marginados. Y allí donde han logrado llegar al gobierno (en las últimas décadas en Grecia, Chipre, Moldavia, Brasil, Nepal, Chile, Colombia, España...) nunca han podido aplicar cambios significativos, lo que ha desanimado a sus bases.
Por otra parte, los estados socialistas que ha sobrevivido (Cuba, China, Laos, Corea del Norte y Vietnam) mantuvieron su orientación socialista sobre el papel, pero hicieron gala de un fuerte pragmatismo económico adaptándose al capitalismo global pese al boicot y bloqueo imperialista sobre algunos de estos estados.

La experiencia histórica nos deja la pregunta de si es posible un comunismo democrático desde el Estado para promover transiciones poscapitalistas como proponen personalidades de la izquierda política americana y europea. Esto requeriría de una democratización radical de las instituciones estatales, de una alianza con los movimientos populares y de una política exterior independiente de las instituciones globales o continentales -lo que la pondría en el punto de mira del militarismo global. Pensamos en los retos globales que debe afrontar cualquier alternativa socialista: crisis ecológica, globalización capitalista y, sobre todo, cultura política individualista.

Visto su legado político, puede entenderse que un hipotético gobierno futuro dirigido por neocomunistas tenga cierta tentación autoritaria, aun siendo un gobierno bienintencionado y sinceramente democrático. Otra tentación sería la de acabar gestionando un neoliberalismo ultratecnológico desregulado, al estilo chino, que difícilmente puede llamarse socialismo. Otra posibilidad sería que gobernaran con miedo a romper la paz social y no hacer ninguna medida rompedora y beneficiosa para la mayoría social, como ocurre muy a menudo. Y por último, la permanente inercia burocrática, dado que las estructuras estatales tienden a perpetuarse.

Para que el comunismo estatista tenga futuro debería tender hacia el ecosocialismo y aprender de los errores históricos (rechazar el autoritarismo, cuidar con la burocracia, integrar la perspectiva ecológica, etc.), combinar el poder estatal con la autonomía social, poniendo énfasis en la gobernanza comunitaria de ciertos servicios públicos, sin meterlo al menos es algo que defienden desde siempre.

El dilema es el de siempre desde la Primera Internacional: el estado es una herramienta de dominación de clase y no puede utilizarse para abolir las clases sociales. ¿Se puede conseguir una descentralización real del poder desde el Estado hasta su desaparición? Hasta ahora ningún partido comunista ha respondido afirmativamente a esta pregunta.

Afilando la alternativa libertaria
Los modelos anarquistas y el anarcosindicalismo, con su énfasis en la autogestión obrera y la planificación económica descentralizada, podrían integrarse con los modelos ecologistas sociales, comunalistas, ecosocialistas o cooperativistas mediante estructuras flexibles y horizontales. La clave está en cómo articular la planificación colectiva de la economía sin caer en centralismos ineficaces ni reproducir jerarquías o sin dejar zonas del territorio sin cubrir, que vayan totalmente a la suya.

Así, por ejemplo, a base del modelo anarcosindicalista es el sindicato como unidad de gestión. Según este modelo, serían los sindicatos (o las federaciones de industria) quienes gestionarían las fábricas, las tierras o los servicios. Éstos quedarían coordinados bajo asambleas y congresos sectoriales que escogerían consejos de economía local, regional, nacional o sectorial según las necesidades. Su función sería cubrir las necesidades básicas teniendo en cuenta los recursos disponibles y los límites ecológicos. El modelo promueve la transparencia en los datos sobre las reservas de recursos, de modo que los consejos y toda la ciudadanía interesada tengan información contrastada para tomar decisiones.

El anarcosindicalismo podría encontrarse y mezclarse con otros modelos como los que hemos visto anteriormente. Por ejemplo, junto con el ecologismo, los modelos del decrecimiento y el comunalismo, podría planificarse la transición ecosocial según las capacidades ecológicas locales e implantar cuotas de extracción o límites al consumo. Organismos como un Consejo de Economía o una hipotética "confederación de sindicatos y comunes" podrían decidir reducir la extracción de minerales si dañan los acuíferos, priorizando la reutilización, el reciclaje o la "minería urbana". Es indispensable que quien vea su puesto de trabajo amenazado por la reconversión industrial tenga voz en el proceso. Éste es el papel de un sindicalismo sociopolítico como el anarcosindicalismo.

Por tanto, el sindicato pasa de ser un organismo reivindicativo a diseñar la reorganización de todo el sistema de producción, consumo y distribución. Hoy mismo, los sindicatos que quieran apostar por esa sociedad futura pueden planificar los conflictos y su acción colectiva con base en criterios ecosociales, además de los meramente económicos. El sindicalismo transformador actual puede impulsar ya unidades económicas de producción en el marco de un nuevo modelo que propugne una nueva sociedad. Éste podría ser un punto de contacto entre el sindicalismo y el cooperativismo o la economía social.

Con la ecología social, el comunalismo o el municipalismo de base, podría gestarse una alianza delimitando el alcance de funciones entre cada ente (sindicato o común/municipio). Cada municipio o barrio podría gestionar los bienes comunes mediante consejos abiertos o asambleas, y se coordinaría con los sindicatos para las necesidades técnicas. La confederación de municipios podría decidir sobre objetivos regionales o proyectos concretos (como levantar una presa, o derribarla, gestionar unos bosques, planificar la producción de la tierra o proceder a la importación de bienes de consumo necesarios).

Los sindicatos tienen la potencialidad de crear o vincularse a cooperativas de consumo. Hoy en día estas cooperativas se crean para acordar precios justos y circuitos cortos y evitar la dependencia del mercado capitalista global, así como para dar algunos ingresos a personas afines a los movimientos sociales de izquierdas y ecologistas. Pero en un futuro estas cooperativas de consumo, también a nivel local, podrían sustituir a los grandes centros comerciales que configuran el capitalismo de mercado. Lo importante en esta ecuación es que el sindicato también tenga una visión comunitaria, que sea un espacio de sociabilidad más allá de lo estrictamente laboral y que converja con las entidades de su zona.

En cualquier caso, se requieren mecanismos de participación masiva y también de coordinación descentralizada, como podrían ser los congresos sectoriales y territoriales. Se pueden nombrar, fiscalizar o hacer rotar los cargos de los consejos de economía, sindicatos o comunes. Esto puede hacerse con el fin de coordinarse mejor y para evitar la fragmentación del territorio o el aislamiento de ciertas comunidades. También pueden utilizarse plataformas digitales abiertas para mapear recursos, necesidades y capacidad productiva en tiempo real. Así cualquiera podría auditar los datos y proponer ajustes y cambios. Otro mecanismo podrían ser los contratos directos de mutuo apoyo. Por ejemplo, un sindicato de pesca podría comprometerse a abastecer a una comunidad agrícola de pescados a cambio de verduras, sin más intermediarios. Las posibilidades son múltiples.

En el modelo puede haber cabida para una fiscalización ambiental, por nombrarla de algún modo. Es decir, que la ciudadanía evaluaría el daño ecológico y propondría reparaciones. Igualmente, puede construirse una ciencia colaborativa para monitorizar ecosistemas o mapear la biodiversidad. También debe promoverse la ética colectiva mediante la educación y el debate público, de manera que ninguna común o sindicato incumpla los acuerdos medioambientales.

Como puede verse, este sistema que proponemos desde Embat es muy adaptable. Las decisiones se toman desde la base, permitiendo respuestas ágiles a posibles crisis ecológicas, geopolíticas y sociales. Al existir menos burocracia, las estructuras son menos rígidas, reduciéndose el riesgo de corrupción y desperdicio. Por el contrario, si no existe una coordinación suficiente, podría darse pie a desequilibrios regionales (unas comunidades tendrían excedentes y otras estarían carentes de productos) y, tal vez, dificultarse la toma de decisiones a escalas que superen el ámbito local. Y, por supuesto, al igual que ocurre con el modelo comunista estatal, los estados capitalistas enemigos podrían sabotear esta sociedad construida de esta manera.

El anarcosindicalismo o el anarquismo son una alternativas creíble al derrumbe capitalista. Tienen capacidad de escalabilidad y de interrelación e integración con otros modelos alternativos al capitalismo. Destaca su flexibilidad organizativa y su ética solidaria. El modelo requeriría herramientas de democracia directa, mecanismos de coordinación no jerárquicos y una cultura política ecológica y comunitaria.

Se habla más bien del anarcosindicalismo y no de otros modelos anarquistas, como el comunalismo o municipalismo libertario, porque entendemos que vivimos en una sociedad compleja, mayoritariamente urbana y donde existe una enorme diversidad de intereses y funciones en cualquier comunidad que estudiamos. Por ello, es necesario integrar el factor productivo en la ecuación. Una común podría gestionar toda la producción por sí misma, pero hasta cierta escala. Cuando la comunidad es demasiado grande se hace necesario dividir el trabajo por ramas de producción o por fases y secciones. Una cooperativa o red de cooperativas podría gestionar una producción a gran escala, como demuestra el conocido grupo cooperativo Mondragón, pero quizás sus intereses se alejarían de los intereses generales, como se le acusa a ese grupo empresarial cooperativo vasco. El sindicato o el consejo obrero es el organismo que falta en esa ecuación. Y dado que ya tenemos sindicatos funcionando, serán éstos quienes gestionen esta parte de la economía hoy dominada por el ánimo de lucro privado.

El verdadero reto es si esto podría crecer lo suficiente antes de que la crisis ecológica y social nos supere.

Los retos del comunismo y del anarquismo
Tanto uno como otro son ideologías y tradiciones políticas socialistas surgidas en el siglo XIX y tuvieron su momento álgido en el siglo XX. Ambas tradiciones beben de los comunales, de esas sociedades rurales tradicionales desarticuladas por el liberalismo, que terminaron como mano de obra barata en las fábricas. Aún existen los restos de esas tradiciones comunitarias. Deberíamos contextualizar también que estas tradiciones coexistían con el auge de las ideas de la Ilustración, una época con grandes aspiraciones para la humanidad. Otro de los factores que contribuyeron a las ideas socialistas fueron los gremios artesanos, también destruidos por el liberalismo a principios del siglo XIX. En su reconstrucción posterior, los gremios dieron pie a mutualidades y cooperativas. En cada país las tradiciones fueron distintas, pero más o menos tenían estos parámetros mezclados de ser hijas de la Ilustración europea, defender bienes comunales y tener un artesanado post-gremial unido a la necesidad intrínseca del proletariado de organizarse para la defensa de sus condiciones en medio de la explotación despiadada que reinaba.

Ahora volvemos a los retos del siglo XXI y valoramos lo bueno que tiene cada socialismo.

Como hemos visto, el comunismo estatal tiene la capacidad de planificar la economía para priorizar las necesidades básicas en contextos de escasez. Se basa en un fuerte aparato estatal, que podría resistir embargos o ataques militares, y el estado centralizado podría reorientar recursos de forma masiva, dependiendo de las necesidades estratégicas del estado.

Sin embargo, también tiene sus riesgos - y por eso en Embat nos alejamos de este modelo - como la excesiva concentración de poder, que degenera en burocracias represivas, la dependencia de líderes carismáticos y un productivismo insostenible, que rivalizaría con la insostenibilidad del propio capitalismo. Estos problemas harían del comunismo estatista tradicional un modelo poco adaptable a la crisis civilizatoria actual, en la que la participación de la base es clave.

El anarquismo, por su parte, implica una resiliencia descentralizada. Sus sistemas autogestionados pueden adaptarse a crisis locales. Además, es más proclive tener una lógica basada en ciclos locales y una reciprocidad con la naturaleza. Y, por supuesto, sin un monopolio estatal del poder, es más difícil (pero no imposible) la corrupción y la creación de élites. Sin embargo, también reconocemos sus puntos débiles, como depender de una cultura política cooperativa, algo raro hoy en día que era bastante corriente en el siglo XIX con aquellas sociedades arraigadas en la tierra y en las tradiciones comunitarias. El mayor reto del modelo anarquista es la escalabilidad y su capacidad de defender a su sociedad liberada. No en vano todas nuestras revoluciones han sido derrotadas por las armas.

Por consiguiente, el comunismo estatista podría imponer medidas drásticas de forma muy rápida, por ejemplo ante una crisis climática o frente a una invasión externa, pero la población podría verlas como medidas totalitarias, mientras que el anarquismo podría regenerar ecosistemas desde abajo, pero no habría garantía de coherencia, ya que cada comunidad podría hacer las suyas, no podría hacer las suyas a las comunidades. rápido. Pero si observamos el capitalismo actual, vemos que también está cargado de burocracia y está sometido a los grandes lobbies que actúan en contra de cualquier tipo de cambio beneficioso para el planeta o para las personas.

Creemos que podría marcar la diferencia en cuanto a coherencia y rapidez de implementar cambios sociales drásticos si el modelo que elegimos fuera de tipo anarcosindicalista, siempre y cuando la mayoría de la población sea miembro de los sindicatos o asociaciones productivas y, por tanto, podríamos suponer que en algún grado estaría impregnada de las formas de funcionar de los mismos.

Continuando con las diferencias, el comunismo estatista reemplazaría al capitalismo global con un sistema internacional basado en estados socialistas, algo que tuvieron entre 1945 y 1990. La tendencia al anarquismo, en cambio, sería crear economías bioregionales y redes internacionales de zonas liberadas, siguiendo un modelo confederal. Esto chocaría con la interdependencia actual, en nuestro mundo de comercio, comunicaciones e intercambios globalizados. En una hipotética sociedad postrevolucionaria libertaria quizás no sería demasiado bien recibido tener que producir casi de todo en una escala reducida de forma casi autárquica. La lógica es que lo que ya se produce de forma eficiente y barata en otro sitio, no debería producirse en casa mientras no incumpla factores ambientales, huella ecológica o derechos laborales. Pero esto podría variarse si las zonas liberadas son múltiples y se desarrollan en varios lugares del mundo alejados entre sí.

En cuanto a la cultura política, el comunismo requiere que la población siga fielmente las directrices de las instituciones estatales, algo en declive en las sociedades conectadas, diversas y bastante descreídas de nuestro tiempo, a no ser que se les adoctrine con propaganda, mientras que el anarquismo tiene la oportunidad de encajar con las demandas de horizonte pero individualistas imperantes en los que parece escasear la lealtad hacia la comunidad y la responsabilidad social.

En un escenario de colapso global generalizado - nos imaginamos que tendrá lugar en unos años o décadas - lo más probable es que surjan modelos híbridos en línea con la democracia económica que se basarían, por ejemplo, en estructuras comunales de carácter local, industria relocalizada vehiculada a través del anarcosindicalismo y el cooperativismo las mutualidades y redes confederadas por lo regional y global. Este sistema podría combinarse con instituciones públicas limitadas (municipios, sistema de justicia, de transportes, servicios sociales, sanidad, educación, pensiones, seguridad, defensa...). No podemos plantear una respuesta binaria, o uno u otro, puesto que la supervivencia probablemente exigirá tomar alternativas complejas, combinando varios modelos, como vivieron las generaciones antecesoras durante la Guerra Civil de 1936-39.

Como hemos dicho, esto podría ser una de las distintas formas que tomaría una sociedad liberada según las tesis libertarias y comunistas. Sin embargo, todo dependerá de la fuerza social que tengamos para imponer nuestro modelo de comunidad.

El gran desafío
La posibilidad de que un modelo alternativo gane terreno en un contexto de desencanto generalizado con los sistemas políticos y económicos actuales depende de varios factores. Estos pasarán por la capacidad de los movimientos populares y del sindicalismo para conectar con las necesidades inmediatas de la gente, por la construcción de alternativas viables y huir del derrotismo sabiendo comunicar una proyección esperanzadora sin caer en abstracciones.

Hoy vivimos en una crisis de legitimidad del modelo capitalista liberal. Los indicadores económicos y geopolíticos nos hablan de una creciente desigualdad a pesar de un ascenso económico visible en los países del Sur Global. Tenemos una crisis climática sin precedentes. Y en Occidente tenemos un descrédito cada día mayor de los gobiernos y de todo el sistema en general. El populismo es la reacción típica del desencanto. Pero igualmente, este populismo cuando tiene posiciones de gobierno acaba reincidiendo en el extractivismo, la desigualdad, la corrupción, el despotismo gubernamental y el desempoderamiento o criminalización de las clases subalternas. El populismo lleva la semilla de su autodestrucción.

A ese desencanto también convergen otros factores como los de la caída del poder adquisitivo, con el encarecimiento especulativo de bienes y servicios básicos como la vivienda. Para España la política industrial se decide en Bruselas, como ha ocurrido con la actual apuesta por rearmar Europa. Los gobiernos nacionales y las grandes empresas son partícipes de estas decisiones estratégicas, pero nunca se les pregunta a los sindicatos, que ya han dejado de ser actores relevantes más allá de negociar prejubilaciones y recolocaciones de puestos de trabajo, y mucho menos en la comunidad.

Decimos que no es viable un sistema democrático en el que la gente vota con las emociones, y los políticos gobiernan pensando en la cartera. La ciudadanía ve a los gobiernos de uno u otro signo como el mal menor, vota sin el menor entusiasmo para que no gane el otro bando. El miedo radicaliza hacia la derecha y esta desorientación es aprovechada por las opciones de la derecha radical para atraer a nuevas masas descontentas. La reacción crece por momentos.

Añadimos que las opciones de la nueva izquierda han tenido su oportunidad y la han derrochado: Lula y Dilma en Brasil, Morales en Bolivia, Tsipras en Grecia, Boric en Chile, Petro en Colombia, Iglesias en España... todos los gobiernos progresistas dilapidaron las esperanzas depositadas en ellos porque no trenzaron trenzados. Han sido unos ineptos a la hora de propulsar cambios estructurales que realmente beneficien a las personas.

Esto y no otra cosa ha creado las bases del auge reaccionario de nuestro tiempo. De otro modo, si el progresismo hubiera cubierto mínimamente las expectativas populares no se hubiera producido oleada reaccionaria de este tipo, aunque las redes sociales estén cooptadas por la reacción más recalcitrante.

Sin embargo, esta crisis de legitimidad es también una oportunidad para la izquierda transformadora o de intención revolucionaria. Necesitamos encontrar la forma de llegar a toda esa población descontenta. Para ello es necesario ejercer un diálogo desde la diversidad, sin tratar de imponer una "línea correcta", sino construir puentes entre sindicatos, movimientos sociales, ecologismo, feminismo, movimiento vecinal, y todos los demás. Es necesario demostrar que el apoyo mutuo es la mejor opción, y que además se trata de la forma más transparente y eficaz de funcionar para garantizar la supervivencia de la vida.

Es necesario enfocarse en lo que se puede ganar y no tanto en lo que se puede perder. Es importante apelar a la esperanza ya la ilusión y no al miedo al colapso y al fascismo. Pueden difundirse ejemplos reales para demostrar que no son sueños imposibles. De nada sirve quedarse en el que el sistema actual lo está haciendo muy mal si no se difunde una alternativa creíble. En ese sentido, también es importante celebrar los triunfos. Estas celebraciones refuerzan la identidad colectiva y propagan una positiva imagen de los movimientos populares.

Hay que construir alternativas tangibles, donde sea posible, en todas partes. Pero estos nuevos proyectos, ya sean alternativos, comunalistas, ecosociales, anarquistas, o lo que sean, deberían tomar una identidad clara. No sólo deberían demostrar la potencia de la autogestión en acción, sino demostrar que otro mundo es posible aquí y ahora. Esta identidad y ese "otro mundo posible" debe estar conectado a lo que ocurra en otros lugares y considerarse parte del mismo movimiento global como en los tiempos de la Primera Internacional o, al menos, como hacía la Acción Global de los Pueblos de finales de los 90 y primeros 2000.

Trabajamos desde la vida cotidiana para conectar con las luchas locales y promover soluciones desde abajo. Las redes de solidaridad, las asambleas populares, los grupos de mutuo apoyo, los sindicatos realmente transformadores sirven para construir confianza y tejido social. Es necesario promover espacios para debatir y aprender sobre los nuevos modelos. Es imprescindible difundir las ideas novedosas de forma accesible y deben resolverse todas las dudas y dar espacio para nuevas aportaciones.

Por muy negativo que sea el contexto geopolítico, no podemos perder de vista que la historia no acaba aquí. Al contrario. Las autonomías se abren camino en contextos de derrumbe político. Así, la crisis mexicana en los 90 dio pie a un movimiento zapatista que controló un tercio del territorio de Chiapas. O el desgaste del MAS en Bolivia, durante la pasada década, ha dado pie a debates en torno a la autonomía indígena ya modelos postcapitalistas como los descritos anteriormente. O en Siria, en medio de la guerra, floreció la autonomía del noreste del país, o en Libia o en Mali la de los pueblos tuareg y amazigh.

Existen graves riesgos. H sabemos. En un contexto de creciente militarización y control social asfixiante, será complicado construir redes estables de zonas liberadas sin recibir represión o ataques de algún tipo. Otro de los riesgos es la cooptación por parte de partidos políticos o instituciones. Por ejemplo, aceptar financiación o subvenciones dificulta el mantener la autonomía y comprometen la horizontalidad, bajo la premisa de que "quien paga manda". El cooperativismo, el municipalismo o el movimiento vecinal siempre han tenido estos lastres, al ser relativamente fácil de ser cooptados. También existe el peligro de la fragmentación y el aislamiento. Por eso hay que tener en mente en todo momento nuestros objetivos, la coordinación regional y las confederaciones a fin de crear un cuerpo lo suficientemente voluminoso como para hacerle frente al estado o al capitalismo.

Como suele decirse, hay que actuar local y pensar global. Pero es necesario hacerlo ya. La combinación de una crisis multisistémica y el desencanto generalizado abren ventanas de oportunidad, pero éstas no durarán para siempre. Los modelos alternativos deben prosperar, arraigar en el territorio y plantearse un salto de escalera. ¡Y deben hacerlo en unos pocos años! El reto es muy grande y está a la altura de los graves problemas de nuestra era.

Embate, octubre de 2025

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