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(ca) Spaine, EMBAT: Análisis de Coyuntura 2026 (en, fr, it, pt, tr)[Traducción automática]
Date
Sun, 28 Dec 2025 08:26:53 +0200
El anarquismo frente a la crisis multidimensional del siglo XXI ----
Como hemos dicho en otras ocasiones desde Embat, la actual crisis de
producción de recursos minerales y energéticos es un desafío complejo y
multidimensional que refleja la tensión entre el crecimiento económico
impuesto por nuestro modelo hegemónico y la sostenibilidad ambiental, la
justicia social o la ética humana. En otras palabras, el conflicto
radica en cómo nos posicionamos frente al mundo y la vida.
El sistema actual de crecimiento infinito y de desarrollo material es,
en todas las luces, insostenible para nuestro planeta, y actualmente
esto se ha puesto de manifiesto de múltiples formas. El "crecimiento
infinito" busca su justificación en el aumento de la población mundial,
así como en el desarrollo de los países emergentes. También en el
enriquecimiento de la población occidental, que en su mayoría se
considera de "clase media", dada su aspiración a no depender enteramente
de su fuerza de trabajo para sobrevivir y garantizar el bienestar a los
suyos, ya sea a través de vivir de rentas, de inversiones o del
patrimonio o sea mediante la intervención del estado del bienestar. Sólo
que en este caso, esta clase media está ya en crisis, retrocediendo su
capacidad adquisitiva desde hace años, si no décadas. Sea como fuere, el
efecto de todos estos factores es que la demanda se intensifica y
generaliza. Casi toda la humanidad quiere vivir como las sociedades
capitalistas avanzadas. Esto es especialmente palpable en Asia, donde su
nivel de vida ya rivaliza - o incluso supera - el de esa Europa que una
vez era el modelo a seguir.
Mientras se construyen infraestructuras y se fabrica todo tipo de
mercancías, se acelera la producción. El capitalismo ha logrado
desvincular el producto de la producción. Mientras nos centramos en la
utilidad, novedad, sofisticación o belleza de un producto, nos olvidemos
de cómo se produce y qué impacto tiene. Por supuesto, este progreso
acelerado choca con los límites geológicos del planeta. En un planeta
finito, los recursos son finitos. Y esto vale tanto para los minerales
(litio, cobalto o tierras raras), como para la energía (uranio, carbón,
gas y petróleo). Hay preocupación sobre cómo se cubrirán las necesidades
del mercado y de la población a largo plazo, pero por ahora sólo se ha
echado por el camino fácil: sustituir la energía fósil por la energía
"verde" (solar o eólica), sin entender que también tienen un impacto y
que su disponibilidad actual depende del petróleo en gran medida. Es un
problema de modelo económico.
El impacto ambiental y climático que produce nuestro modo de vida es
altamente destructivo para el planeta. La minería daña ecosistemas
enteros, contamina el aire, el agua y el suelo y, por si fuera poco,
desplaza a comunidades. Podríamos recordar los desastres ecológicos y
sociales que ha producido la explotación del coltán en el Congo, las
arenas bituminosas en Canadá, o el litio en los salares sudamericanos o
los cientos de miles de bidones llenos de residuos radiactivos que
pueblan el fondo del Atlántico. Además, dado que los combustibles
fósiles dominan la producción energética global, sigue acelerándose el
calentamiento global. Con Donald Trump en la Casa Blanca, la política
medioambiental estadounidense sufre un fuerte retroceso debido a su nula
preocupación sobre el cambio climático. Es decir, que el capitalismo
pisa el acelerador directo hacia el precipicio. La naturaleza pasa a
considerarse un mero recurso y se desvincula de la vida.
Respecto a estas energías supuestamente "limpias", cabe destacar que
dependen fuertemente de minerales como el cobre, el litio o el níquel.
Nada tienen limpias. Las cadenas de suministro de esta energía "verde"
tienen un alto coste socioambiental desde las minas hasta las fábricas
de paneles solares o en las pistas en medio de la montaña para levantar
molinos gigantes con grúas enormes.
Existe toda una geopolítica de la desigualdad - a nivel macro - que se
basa en que hay algunos países que controlan los recursos esenciales
(China las tierras raras, Arabia Saudí el petróleo, etc.), generándose
tensiones y disputas por los recursos minerales, por el agua o por los
gasoductos y oleoductos, puertos, vías. Pero, además, las empresas
explotadoras de los recursos son fuentes de explotación laboral y
favorecen subrepticiamente los conflictos armados, la miseria
generalizada y el desplazamiento de las comunidades que se oponen al
modelo extractivista.
Aunque en los centros de estudio, en las campañas de los ayuntamientos,
en la UE o incluso en la ONU se tengan buenas intenciones y se hable de
economía circular, innovación tecnológica, lucha contra la obsolescencia
programada, consumo responsable y otros, todo queda en una fiesta de
Navidad y en propuestas de cara a la galería que no conseguirán un
impacto duradero. Lo cierto es que la crisis no se produce sólo por
escasez física, sino porque tenemos un modelo de producción y consumo
insostenible. El responsable no es otro que el modelo capitalista
globalizado, basado en la extracción de la plusvalía, el crecimiento
infinito, la explotación extractivista y la mercantilización de la
naturaleza.
Los científicos del clima nos alertan de que para 2050 (en sólo 25 años)
alcanzar los 3 ºC no sólo es plausible, sino probable debido a las
retroalimentaciones y la inercia política, como demuestra la reciente
apuesta por la remilitarización de Europa o las políticas negacionistas
de Trump. Superar los 2 ºC ya de por sí puede desencadenar ciclos de
retroalimentación irreversibles que harían los 3 ºC (o más) inevitables,
incluso con recortes rápidos de emisiones. De esta forma, la esperanza
pasa por una movilización a gran escala para descarbonizar, restaurar el
albedo, asumiendo que nuestro clima estará desestabilizado por décadas.
Los científicos aseguran que si no hacemos esto, los sistemas ecológicos
y climáticos del planeta llevarán a la civilización más allá de sus
límites de adaptación para mediados del siglo. Esperamos sinceramente
que se equivoquen, pero dado el momento histórico que vivimos, les
podemos conceder bastante credibilidad.
Ante esta amenazadora situación, es vital no obsesionarse con lo
negativo - el colapso, el fin de la civilización, la extinción de la
humanidad y de la vida - y hacer propuestas de modelos alternativos que
busquen priorizar la reproducción de la vida, la sostenibilidad
ecológica, la justicia social y la satisfacción de las necesidades
básicas. Por tanto, en Embat pensamos que se requiere un equilibrio
entre innovación, cooperación global, justicia socioambiental y
propuestas viables de transformación radical de las relaciones sociales
así como de la producción. Los retos son muy grandes, es necesario
plantearse medidas severas y darlo todo por ellas.
Las alternativas actualmente sobre la mesa
Actualmente, existen en boga unas cuantas alternativas - llamémoslas
"postcapitalistas" - que promueven otra aproximación al desastre
ecosocial del siglo XXI. Enumeraremos y definimos brevemente algunas,
que nos parecen las más relevantes:
Decrecimiento
Cuestiona el dogma del crecimiento económico infinito y propone reducir
el consumo material de los países ricos, mientras se enfoca en el
bienestar no mercantilizado (salud, educación, cultura, tejido
comunitario y cuidados). Las propuestas decrecentistas buscan reducir o
eliminar la dependencia entre subsistencia y trabajo asalariado, que en
el mundo occidental es casi absoluta. Hacia este objetivo, se realizan
propuestas como la reducción de la jornada laboral, la redistribución de
los empleos, o la renta básica universal. También se propone la
relocalización de la producción, estableciendo cadenas de producción más
cortas y eliminando los bienes de lujo.
El decrecimiento se postula también como una transformación de la vida y
para desvincular al mundo, nuestro bienestar, ocio, e incluso nuestra
razón de ser, de los dictados del mercado capitalista. En esta línea
destaca la propuesta de "simplicidad voluntaria", una filosofía que
invita a evitar el consumo de masas superfluo y centrarse en lo
estrictamente necesario para "vivir bien". Como crítica, deberíamos
reconocer que este modelo requiere de un profundo cambio cultural y del
"sentido común" hegemónico. Sin embargo, es presumible pensar en una
resistencia de las clases altas y medias a "vivir peor" que pueda llevar
a graves choques sociales. La oposición a un recorte voluntario de nivel
de vida sería fácilmente instrumentalizable por un movimiento político
de extrema derecha, como ya está ocurriendo en muchos lugares.
En Cataluña existe una consolidada tradición asociacionista y
autogestionaria que potencialmente podría ser la semilla para construir
una cultura popular decreciente. Sin embargo, existen muy pocos indicios
por ahora que este proceso esté en marcha más allá de casos aislados. A
nivel económico, son cada vez más las empresas que han llevado a cabo
pequeñas reducciones de la jornada laboral, y el plan piloto de renta
básica universal aprobado inicialmente en 2021 fue tumbado en el
Parlamento antes de arrancar.
Cooperativismo y economía social y solidaria (ESS)
Es un modelo autogestionario en el que los trabajadores (y en algunos
casos también los socios o la "comunidad") controlan los medios de
producción. Las cooperativas limitan la privatización de dividendos con
el fin de acabar con la explotación laboral y de democratizar la
economía. Además, muchas propuestas cooperativistas se basan también en
la equidad social y la sostenibilidad ambiental. Destacaremos las redes
de cooperativas, la banca ética, las cooperativas de servicios (energía,
comunicaciones, etc.), las cooperativas y grupos de consumo ecológico,
entre otros. Tradicionalmente, han sido propuestas muy arraigadas en el
territorio, puesto que tienen una escala mayoritariamente local, lo que
ha permitido la consolidación de una cultura cooperativista en varios
puntos del territorio. En los últimos años, el movimiento de la economía
social y solidaria ha realizado una fuerte apuesta por las
colaboraciones con el sector público, con resultado significativo en
cuanto a legislación y financiación en varios países.
Su punto débil es su escala limitada frente a las corporaciones
globales, que limita su competitividad y su alcance, convirtiéndola a
menudo en una propuesta de nicho. La ESS también ha sido
instrumentalizada por parte de ciertos partidos institucionales que
pretenden privatizar de forma encubierta a sectores del estado del
bienestar sin producir alarma social. Además, el aparato estatal ha
visto en el movimiento cooperativista una estrategia para reducir la
conflictividad social, proporcionando medios de subsistencia a personas
que en ocasiones son militantes y activistas de base, alejándolas de
propuestas politizadas mientras legisla las actividades de las
cooperativas. Por último, y dada la integración de esta economía en el
sistema capitalista actual, existe el riesgo de reproducir las actuales
relaciones productivas, perpetuando la explotación y la desigualdad y
desplazando el interés por ser un instrumento de transformación radical.
En la última década, Cataluña ha experimentado un auge del movimiento de
la ESS, impulsado en gran medida por la administración pública, que ha
potenciado una red territorial de ateneos cooperativos y comunitarias
urbanas. Sin embargo, y aunque algunas de las propuestas concretas han
sido capaces de plantear modelos relativamente transformadores, la
apuesta del sector público por la ESS no se ha visto reflejada en una
consolidación del modelo, exponiendo claramente los límites arriba
mencionados. El apoyo institucional ha sido un arma de doble filo, ya
que podemos decir que gran parte de las cooperativas catalanas tienen
una gran dependencia de las subvenciones públicas. Esto las pone en una
posición de fragilidad frente a eventuales cambios políticos y
problematiza su papel dentro de una estrategia transformadora.
Ecosocialismo
Actualiza la crítica marxista a la explotación capitalista con los
recientes postulados de la ecología política, apuntando a las
intersecciones entre las estructuras de dominación y la destrucción
ambiental. Propone una economía planificada y democrática, en la que la
producción se ajuste a las necesidades humanas ya los límites del
planeta y no al beneficio capitalista. En el ámbito práctico, se
articula en diversas propuestas como la nacionalización de los sectores
energéticos y su puesta bajo control popular, la reducción de la jornada
laboral para reducir desplazamientos, consumo energético y residuos; o
la transición energética hacia energías renovables, siempre teniendo en
cuenta el empleo digno. También plantea la desmercantilización de las
necesidades básicas como vivienda, transporte, suministros básicos,
sanidad o educación. Al contrario que las anteriores propuestas, el
ecosocialismo ofrece un modelo de organización ecosocial de carácter
estatal e incluso supraestatal, entornos donde las alternativas
transformadoras tienen una influencia muy reducida. Éste es uno de los
motivos por los que, hasta la fecha, las administraciones municipales
han sido espacios mucho más propensos a la implementación de propuestas
ecosocialistas. Sin embargo, limita sus posibilidades de éxito, ya que
aspira a influir en espacios políticos con muchos intereses en juego.
Otros posibles puntos débiles son las dificultades técnicas y prácticas
de coordinación y participación a gran escala, así como el riesgo de
burocratización y/o autoritarismo si no existe una participación real
desde las bases.
En el contexto catalán, podemos identificar como propuestas con carácter
ecosocialista la campaña Aigua Es Vida , que ha impulsado la
remunicipalización del suministro de agua en algunos municipios, o la
creación de Barcelona Energia , una comercializadora energética pública
basada en la eficiencia energética y el uso de renovables. A nivel
estatal y europeo, algunas de las propuestas de nuevos pactos verdes que
surgieron durante la recuperación económica tras la pandemia de la
Covid-19 contenían elementos ecosocialistas. Sin embargo, y como era de
prever, estos pactos están totalmente ausentes en la propuesta de fondos
Next Generation que fue finalmente aprobada, poniendo de manifiesto la
dificultad de influir altas esferas de gobernanza.
Comunalismos y economía comunitaria
Consiste en una actualización y contextualización de la tradición de los
bienes comunes, con gran peso en economías precapitalistas e incluso
actualmente en entornos rurales e indígenas. Propone la
desmercantilización y autogestión de los recursos básicos, poniendo la
subsistencia en manos de comunidades basadas en la democracia directa y
la cooperación. Una de las ventajas de esta propuesta es su
adaptabilidad, puesto que es fácilmente implementable en diferentes
contextos y situaciones. A nivel práctico, en los últimos años esta
alternativa se ha estructurado en propuestas comunalistas, especialmente
en entornos rurales y periurbanos, que plantean redes de comunidades de
convivencia con gran conciencia ecológica y un reducido impacto
ambiental. Estas nuevas comunidades se centran en el desarrollo de
infraestructuras comunitarias (huertos, viviendas, talleres, etc.) que
permitan a sus miembros reducir la dependencia del trabajo asalariado y
construir así soberanía popular.
Otro tipo de propuestas que surgen de esta alternativa son las economías
comunitarias que plantean modelos económicos de proximidad que ponen el
bienestar de las personas y el medio ambiente en el centro de la
actividad económica. El principal objetivo de estas economías es, por
tanto, comunalizar los bienes y tareas reproductivas, cuestionando la
jerarquía del productivismo. A nivel práctico, las economías
comunitarias incluyen desde redes DIY y cultura autogestionada hasta
grupos de consumo y cooperativas, en clara muestra de las intersecciones
entre la alternativa comunalista con otras de las propuestas anteriores .
En cuanto a las limitaciones, suele apuntarse a la complicación de
imaginar un salto de escala más allá de proyectos muy localizados,
aunque existen experiencias puntuales de redes regionales. Otro posible
riesgo es la formación de comunidades herméticas centradas
exclusivamente en su propia actividad, impidiendo el acceso de nuevos
miembros y limitando su potencial de transformación social. Por último,
también es justo reconocer que la expansión de esta propuesta choca con
el sentido común consumista e individualista hegemónico en la sociedad
occidental actual.
En Cataluña, el ejemplo más claro de comunalismo es la red informal de
comunidades intencionales, formada por casi un centenar de experiencias
que combinan diferentes tipologías de vivienda colectiva,
infraestructuras populares y proyectos (re)productivos. En un ámbito más
formal, la Fundació Emprius se ha establecido recientemente como
proyecto que busca consolidar y expandir esta red. En entornos urbanos,
el ejemplo más claro serían los edificios ocupados para facilitar el
acceso a la vivienda y establecer centros sociales autogestionados que
acogen multitud de funciones ligadas a la subsistencia de la comunidad:
escuelas populares, gimnasios, huertos, redes de alimentos, etc.
Más allá de estas cuatro propuestas integrales que abarcan
simultáneamente las dimensiones económica, sociocultural, ecológica y
política, vale la pena destacar otros dos conceptos que, aunque menos
terminados en el contexto occidental, contienen elementos destacables.
Ecofeminismo
Propone sistemas en los que la vida está en el centro y denuncia que el
capitalismo explota tanto la naturaleza como el trabajo reproductivo,
que es mayoritariamente femenino. Sin el trabajo reproductivo no
existiría esa base que permite la reproducción de capital, necesaria
para el sistema hegemónico que sufrimos. Entre sus propuestas tendríamos
la valorización económica del trabajo de cuidados, la soberanía
alimentaria basada en los saberes tradicionales (muchas veces atesorados
por las mujeres) o la despatriarcalización de la toma de decisiones
integrando perspectivas comunitarias. Como nada es fácil en esta vida,
su punto débil está en la dificultad de hacer llegar estos postulados a
la población en general, tan dominada por la educación patriarcal. Se
requiere una profunda transformación cultural. Y como contrapunto
positivo, este sistema es muy compatible con los otros modelos
alternativos al capitalismo.
Hemos visto durante la última década la aparición de un ecofeminismo más
político a nivel internacional, con propuestas como la Huelga de Todas,
que contribuyó extraordinariamente a hacer crecer el movimiento
feminista global. Algunas de sus propuestas tácticas se incluyeron en
los programas y formas de hacer de los partidos de izquierdas y de los
sindicatos, así como de los movimientos sociales. Incluso algunos
postulados han sido adoptados por alguna administración pública.
Modelos indígenas y cosmovisiones no occidentales
Son sistemas diversos, dependiendo de cada territorio y de cada
comunidad que los propone. En Latinoamérica tenemos Buen Vivir, en
África Ubuntu, y hay otros similares. Se caracterizan por entender que
la humanidad es parte de la naturaleza, y no su propietaria. Entre sus
propuestas se encuentran las economías comunitarias (en plural) basadas
en la reciprocidad y no en la acumulación. Estos modelos son famosos por
conseguir la defensa jurídica de algunos territorios sagrados para sus
pueblos, logrando así también la protección de la biodiversidad. Algunos
de estos derechos están recogidos incluso en la constitución de algunos
estados. El riesgo de este modelo es la cooptación de los líderes
populares y su integración en el estado capitalista o también la posible
reacción de los estados y grandes corporaciones extractivistas, que no
dudan en emplear la represión estatal, o si esto no les es posible, los
cuerpos paramilitares.
Como puede verse, en todas estas alternativas al capitalismo actual no
existe un modelo único, pero se observan unos principios comunes:
límites ecológicos, justicia redistributiva, democracia participativa y
desmercantilización de la vida. La transición desde el capitalismo hasta
alguno de estos u otros sistemas requerirá combinar elementos de las
diferentes propuestas según el contexto y necesitará un gran cambio
cultural. Es necesario pasar del individualismo consumista a una ética
de interrelación con la naturaleza y de responsabilidad hacia las
generaciones futuras. La pregunta clave no es qué sistema proponemos,
sino quién decide, y cómo se garantizará que sean las mayorías quienes
dirijan el cambio y no las élites. Porque si por ellas fuera, tendríamos
ecofascismo, capitalismo verde o tecnodistopías.
Como vemos, estos casos no dejan entrever cambios revolucionarios,
entendidos como derribos repentinos de gobiernos, sino transformaciones
sociales y políticas profundas que podrían darse a largo plazo. La
viabilidad de cada modelo dependerá de factores como la cultura
política, el grado de desigualdad existente en ese territorio, la fuerza
colectiva acumulada o la capacidad de adaptación institucional a las
presiones populares desde abajo.
Existen sistemas de éstos que permiten avanzar sin rupturas
significativas, aprovechando los marcos democráticos existentes. Esto
ocurriría en los países del norte de Europa, a causa de sus
instituciones y de la conciencia ciudadana, más proclive a la
participación en las políticas públicas. El Ecofeminismo podría
beneficiarse de esto. Otro posible beneficiario sería el Cooperativismo,
dado que es un sistema económico alternativo que coexiste con el
capitalista hegemónico. También el modelo de los pueblos indígenas ha
logrado avances basados en la lucha parlamentaria y legal en ciertos
países latinoamericanos.
Por el contrario, hay otros que requerirán cambios estructurales que
desafíen al establishment, lo que podría acarrear procesos
revolucionarios. Por ejemplo, el Ecosocialismo suele proponerse desde
opciones políticas de izquierdas con aspiraciones a controlar el aparato
del estado. Muchas veces, para conseguirlo, requerirán de una
movilización masiva y de la conquista paulatina de las instituciones
(primero a escala local, después regional, etc.). El Decrecimiento
estaría en una situación similar. Dependiendo de qué teoría
decrecentista se utilice, existen algunos tipos de transición ecosocial
que serían aplicables a los estados avanzados de Europa debido a una
alta conciencia. Sin embargo, su aplicación a gran escala casi seguro
que produciría una fuerte resistencia de las élites económicas y una
evasión de capitales que socavaría la viabilidad del proyecto, volviendo
en contra del mismo las capas más vulnerables de la sociedad.
Con toda probabilidad, la clave para que los modelos alternativos sean
viables a gran escala pasaría por una crisis que les legitime. Por
ejemplo, un colapso energético debilitaría el soporte al sistema actual.
Cualquier tipo de cambio requeriría de movimientos populares muy
fuertes, de un sindicalismo alineado con ellos y de redes
internacionales de solidaridad. También requerirá el control de los
materiales críticos, los recursos, la energía y las rutas comerciales
para poder resistir las presiones externas. Nos parece lógico que estos
modelos necesiten también la existencia de sectores políticos y
económicos dispuestos a pactar con esos movimientos populares
alternativos. De nuevo, la pregunta clave pasa por cómo acumular
suficiente poder popular para imponerle un modelo alternativo al
capitalismo de tal modo que no se pueda volver atrás y reinstaurar la
injusticia superando la tentación autoritaria de las élites globales que
comienzan a adoptar objetivos ecofascistas o tecnofeudalistas. Por
supuesto, incluso el modelo más moderado requerirá de una movilización
masiva para imponerse.
Otra pregunta que surge es si todas las alternativas postcapitalistas
son algún tipo de socialismo - excepto el ecosocialismo. La respuesta es
que todo se basa en quien posea los medios de producción y cómo se
desarrolle la gobernanza.
Semejanzas entre el anarquismo y los modelos alternativos
Leyendo lo anterior, tal vez se esté planteando que el anarquismo se
asemeja bastante a estos modelos expuestos anteriormente. Incluso
podremos reconocer que estos modelos recogen ya algunos aspectos de las
ideas libertarias tradicionales. Todos tienen unas similitudes básicas:
critican al capitalismo, buscan la autonomía, la autogestión y promueven
una toma de decisiones democrática. Sin embargo, dichos modelos no son
equivalentes al anarquismo clásico o al anarcosindicalismo, aunque
compartan algunos principios. Dejo aquí las diferencias clave:
Aspecto
Anarquismo/Anarcosindicalismo
Modelos Propuestos (Eco-socialismo, Decrecimiento, etc.)
Estado
Rechazo total del Estado y de toda jerarquía coercitiva.
Algunos aceptan Estados reformados (ej: el eco-socialismo con
planificación democrática) o proponen su desmantelamiento paulatino.
Estrategia
Acción directa, autogestión y construcción de poder desde abajo sin
intermediación institucional.
Varía: desde reformas legales hasta revoluciones (eco-socialismo radical).
Propiedad
Colectivización total (medios de producción gestionados por la Comuna o
los sindicatos).
Algunos modelos permiten propiedad mixta (ej: cooperativas + sector
público).
Escalera
Énfasis en el ámbito local y federaciones voluntarias de comunidades.
Algunos plantean escalas globales (ej: gobernanza climática internacional).
Relación con el capitalismo
Busca abolirlo por completo, sin transiciones intermedias.
Algunos proponen coexistir (la mayoría del cooperativismo) o reformarlo
(Green New Deal).
Mesa. Anarquismo vs. Otros Modelos: Principios Básicos
Vista la mesa, podemos observar que estos sistemas no son lo mismo que
anarquismo. El anarquismo es abiertamente antiestatal, mientras que la
mayoría de los modelos expuestos aceptan algún tipo de
institucionalidad, aunque sea transformada. Estos sistemas suelen ser
más bien híbridos, dejándole un papel en el estado o en el mercado en
convivencia con las instituciones populares. La clave sería ver si cada
movimiento popular busca reformar, reemplazar o ignorar el estado y el
mercado. El anarquismo sería poco o nada favorable a negociar con el
sistema actual. De todas formas, aunque no sean lo mismo, todos estos
movimientos podrían aliarse en luchas comunes contra la desigualdad o el
extractivismo, así como en la construcción de contrapoderes locales y la
extensión del poder popular.
Análisis de los modelos comunistas estatistas
Entre las alternativas anteriores no hemos hablado del comunismo
clásico. El comunismo estatista, habitualmente vinculado al marxismo
-aunque no siempre- se basa en el poder estatal para impulsar los
cambios estructurales que están hechos desde arriba, desde el gobierno.
Por eso fue reetiquetado como "capitalismo de estado" por parte de las
corrientes libertarias y por otros marxistas. A grandes rasgos, las
posibilidades de implementar estos cambios dependen de muchos factores
como podrían ser el contexto histórico, la estrategia revolucionaria, el
grado de fuerza que tenga la contrarrevolución y la relación con otros
actores o movimientos políticos y sociales del país que realice esa
revolución socialista.
Históricamente, la Unión Soviética o China de Mao lograron modernizar en
unas pocas décadas economías agrarias muy atrasadas. Sin embargo, el
coste humano y ambiental fue muy elevado, como es sabido. Consiguieron
mejorar los indicadores sociales, como la salud, la vivienda o la
educación, y redujeron la desigualdad pese a los bloqueos y guerras a
los que se vieron sometidos. A cambio, liquidaron la disidencia interna
de forma brutal y sin contemplaciones y sometieron a grandes penalidades
a ciertas minorías étnicas y sociales. El bloque soviético dominó o tuvo
influencia en medio planeta, apoyando a los movimientos anticoloniales
del Sur Global, lo que le situó como contrapeso al capitalismo.
Sin embargo, tenía problemas estructurales recurrentes, como el
autoritarismo y la represión. Su centralización del poder en partidos
únicos siempre fue problemática, persiguiéndose la disidencia por
pequeña que fuera. Además, la burocracia no fue eficiente, puesto que
estaba minada por la corrupción. Todo esto hacía que existiera bastante
desconexión entre las élites y las necesidades populares.
El estado era el único propietario de los medios de producción y esto
hacía que los trabajadores estuvieran alejados emocionalmente de las
necesidades productivas que se les exigía o que los cuadros técnicos
intermedios manipularan las cifras de producción creando un
desequilibrio estructural entre lo que se pedía, lo que se tenía sobre
el papel y lo fabricado realmente. Y, por último, tenían una fuerte
dependencia de líderes carismáticos como eje vehiculador del sistema,
dificultando transiciones generacionales pacíficas.
La cuestión geopolítica sería otro factor. El bloque capitalista le
declaró una guerra sin cuartel durante décadas, la Guerra Fría. Esto
hizo que muchos estados socialistas potenciaran al ejército para
sobrevivir. La situación de conflicto global dificultó el comercio
internacional, retrasó la adopción o adaptación de las innovaciones
tecnológicas e incluso aisló a muchos países socialistas en el resto del
mundo.
Por si fuera poco, los modelos socialistas o capitalistas de estado
fueron igual de productivistas y depredadores que los capitalistas
liberales, explotando la naturaleza sin miramientos provocando graves
desastres medioambientales.
Tras la caída del Muro de Berlín, el comunismo se reinventó. En
Occidente una parte de él se integró en el sistema de partidos
occidentales abandonando sus posiciones rápidamente. Adoptaron el
progresismo en unos casos y en otros la socialdemocracia. El resultado
fue su adaptación al sistema mientras que los partidos que no lo hacían
eran marginados. Y allí donde han logrado llegar al gobierno (en las
últimas décadas en Grecia, Chipre, Moldavia, Brasil, Nepal, Chile,
Colombia, España...) nunca han podido aplicar cambios significativos, lo
que ha desanimado a sus bases.
Por otra parte, los estados socialistas que ha sobrevivido (Cuba, China,
Laos, Corea del Norte y Vietnam) mantuvieron su orientación socialista
sobre el papel, pero hicieron gala de un fuerte pragmatismo económico
adaptándose al capitalismo global pese al boicot y bloqueo imperialista
sobre algunos de estos estados.
La experiencia histórica nos deja la pregunta de si es posible un
comunismo democrático desde el Estado para promover transiciones
poscapitalistas como proponen personalidades de la izquierda política
americana y europea. Esto requeriría de una democratización radical de
las instituciones estatales, de una alianza con los movimientos
populares y de una política exterior independiente de las instituciones
globales o continentales -lo que la pondría en el punto de mira del
militarismo global. Pensamos en los retos globales que debe afrontar
cualquier alternativa socialista: crisis ecológica, globalización
capitalista y, sobre todo, cultura política individualista.
Visto su legado político, puede entenderse que un hipotético gobierno
futuro dirigido por neocomunistas tenga cierta tentación autoritaria,
aun siendo un gobierno bienintencionado y sinceramente democrático. Otra
tentación sería la de acabar gestionando un neoliberalismo
ultratecnológico desregulado, al estilo chino, que difícilmente puede
llamarse socialismo. Otra posibilidad sería que gobernaran con miedo a
romper la paz social y no hacer ninguna medida rompedora y beneficiosa
para la mayoría social, como ocurre muy a menudo. Y por último, la
permanente inercia burocrática, dado que las estructuras estatales
tienden a perpetuarse.
Para que el comunismo estatista tenga futuro debería tender hacia el
ecosocialismo y aprender de los errores históricos (rechazar el
autoritarismo, cuidar con la burocracia, integrar la perspectiva
ecológica, etc.), combinar el poder estatal con la autonomía social,
poniendo énfasis en la gobernanza comunitaria de ciertos servicios
públicos, sin meterlo al menos es algo que defienden desde siempre.
El dilema es el de siempre desde la Primera Internacional: el estado es
una herramienta de dominación de clase y no puede utilizarse para abolir
las clases sociales. ¿Se puede conseguir una descentralización real del
poder desde el Estado hasta su desaparición? Hasta ahora ningún partido
comunista ha respondido afirmativamente a esta pregunta.
Afilando la alternativa libertaria
Los modelos anarquistas y el anarcosindicalismo, con su énfasis en la
autogestión obrera y la planificación económica descentralizada, podrían
integrarse con los modelos ecologistas sociales, comunalistas,
ecosocialistas o cooperativistas mediante estructuras flexibles y
horizontales. La clave está en cómo articular la planificación colectiva
de la economía sin caer en centralismos ineficaces ni reproducir
jerarquías o sin dejar zonas del territorio sin cubrir, que vayan
totalmente a la suya.
Así, por ejemplo, a base del modelo anarcosindicalista es el sindicato
como unidad de gestión. Según este modelo, serían los sindicatos (o las
federaciones de industria) quienes gestionarían las fábricas, las
tierras o los servicios. Éstos quedarían coordinados bajo asambleas y
congresos sectoriales que escogerían consejos de economía local,
regional, nacional o sectorial según las necesidades. Su función sería
cubrir las necesidades básicas teniendo en cuenta los recursos
disponibles y los límites ecológicos. El modelo promueve la
transparencia en los datos sobre las reservas de recursos, de modo que
los consejos y toda la ciudadanía interesada tengan información
contrastada para tomar decisiones.
El anarcosindicalismo podría encontrarse y mezclarse con otros modelos
como los que hemos visto anteriormente. Por ejemplo, junto con el
ecologismo, los modelos del decrecimiento y el comunalismo, podría
planificarse la transición ecosocial según las capacidades ecológicas
locales e implantar cuotas de extracción o límites al consumo.
Organismos como un Consejo de Economía o una hipotética "confederación
de sindicatos y comunes" podrían decidir reducir la extracción de
minerales si dañan los acuíferos, priorizando la reutilización, el
reciclaje o la "minería urbana". Es indispensable que quien vea su
puesto de trabajo amenazado por la reconversión industrial tenga voz en
el proceso. Éste es el papel de un sindicalismo sociopolítico como el
anarcosindicalismo.
Por tanto, el sindicato pasa de ser un organismo reivindicativo a
diseñar la reorganización de todo el sistema de producción, consumo y
distribución. Hoy mismo, los sindicatos que quieran apostar por esa
sociedad futura pueden planificar los conflictos y su acción colectiva
con base en criterios ecosociales, además de los meramente económicos.
El sindicalismo transformador actual puede impulsar ya unidades
económicas de producción en el marco de un nuevo modelo que propugne una
nueva sociedad. Éste podría ser un punto de contacto entre el
sindicalismo y el cooperativismo o la economía social.
Con la ecología social, el comunalismo o el municipalismo de base,
podría gestarse una alianza delimitando el alcance de funciones entre
cada ente (sindicato o común/municipio). Cada municipio o barrio podría
gestionar los bienes comunes mediante consejos abiertos o asambleas, y
se coordinaría con los sindicatos para las necesidades técnicas. La
confederación de municipios podría decidir sobre objetivos regionales o
proyectos concretos (como levantar una presa, o derribarla, gestionar
unos bosques, planificar la producción de la tierra o proceder a la
importación de bienes de consumo necesarios).
Los sindicatos tienen la potencialidad de crear o vincularse a
cooperativas de consumo. Hoy en día estas cooperativas se crean para
acordar precios justos y circuitos cortos y evitar la dependencia del
mercado capitalista global, así como para dar algunos ingresos a
personas afines a los movimientos sociales de izquierdas y ecologistas.
Pero en un futuro estas cooperativas de consumo, también a nivel local,
podrían sustituir a los grandes centros comerciales que configuran el
capitalismo de mercado. Lo importante en esta ecuación es que el
sindicato también tenga una visión comunitaria, que sea un espacio de
sociabilidad más allá de lo estrictamente laboral y que converja con las
entidades de su zona.
En cualquier caso, se requieren mecanismos de participación masiva y
también de coordinación descentralizada, como podrían ser los congresos
sectoriales y territoriales. Se pueden nombrar, fiscalizar o hacer rotar
los cargos de los consejos de economía, sindicatos o comunes. Esto puede
hacerse con el fin de coordinarse mejor y para evitar la fragmentación
del territorio o el aislamiento de ciertas comunidades. También pueden
utilizarse plataformas digitales abiertas para mapear recursos,
necesidades y capacidad productiva en tiempo real. Así cualquiera podría
auditar los datos y proponer ajustes y cambios. Otro mecanismo podrían
ser los contratos directos de mutuo apoyo. Por ejemplo, un sindicato de
pesca podría comprometerse a abastecer a una comunidad agrícola de
pescados a cambio de verduras, sin más intermediarios. Las posibilidades
son múltiples.
En el modelo puede haber cabida para una fiscalización ambiental, por
nombrarla de algún modo. Es decir, que la ciudadanía evaluaría el daño
ecológico y propondría reparaciones. Igualmente, puede construirse una
ciencia colaborativa para monitorizar ecosistemas o mapear la
biodiversidad. También debe promoverse la ética colectiva mediante la
educación y el debate público, de manera que ninguna común o sindicato
incumpla los acuerdos medioambientales.
Como puede verse, este sistema que proponemos desde Embat es muy
adaptable. Las decisiones se toman desde la base, permitiendo respuestas
ágiles a posibles crisis ecológicas, geopolíticas y sociales. Al existir
menos burocracia, las estructuras son menos rígidas, reduciéndose el
riesgo de corrupción y desperdicio. Por el contrario, si no existe una
coordinación suficiente, podría darse pie a desequilibrios regionales
(unas comunidades tendrían excedentes y otras estarían carentes de
productos) y, tal vez, dificultarse la toma de decisiones a escalas que
superen el ámbito local. Y, por supuesto, al igual que ocurre con el
modelo comunista estatal, los estados capitalistas enemigos podrían
sabotear esta sociedad construida de esta manera.
El anarcosindicalismo o el anarquismo son una alternativas creíble al
derrumbe capitalista. Tienen capacidad de escalabilidad y de
interrelación e integración con otros modelos alternativos al
capitalismo. Destaca su flexibilidad organizativa y su ética solidaria.
El modelo requeriría herramientas de democracia directa, mecanismos de
coordinación no jerárquicos y una cultura política ecológica y comunitaria.
Se habla más bien del anarcosindicalismo y no de otros modelos
anarquistas, como el comunalismo o municipalismo libertario, porque
entendemos que vivimos en una sociedad compleja, mayoritariamente urbana
y donde existe una enorme diversidad de intereses y funciones en
cualquier comunidad que estudiamos. Por ello, es necesario integrar el
factor productivo en la ecuación. Una común podría gestionar toda la
producción por sí misma, pero hasta cierta escala. Cuando la comunidad
es demasiado grande se hace necesario dividir el trabajo por ramas de
producción o por fases y secciones. Una cooperativa o red de
cooperativas podría gestionar una producción a gran escala, como
demuestra el conocido grupo cooperativo Mondragón, pero quizás sus
intereses se alejarían de los intereses generales, como se le acusa a
ese grupo empresarial cooperativo vasco. El sindicato o el consejo
obrero es el organismo que falta en esa ecuación. Y dado que ya tenemos
sindicatos funcionando, serán éstos quienes gestionen esta parte de la
economía hoy dominada por el ánimo de lucro privado.
El verdadero reto es si esto podría crecer lo suficiente antes de que la
crisis ecológica y social nos supere.
Los retos del comunismo y del anarquismo
Tanto uno como otro son ideologías y tradiciones políticas socialistas
surgidas en el siglo XIX y tuvieron su momento álgido en el siglo XX.
Ambas tradiciones beben de los comunales, de esas sociedades rurales
tradicionales desarticuladas por el liberalismo, que terminaron como
mano de obra barata en las fábricas. Aún existen los restos de esas
tradiciones comunitarias. Deberíamos contextualizar también que estas
tradiciones coexistían con el auge de las ideas de la Ilustración, una
época con grandes aspiraciones para la humanidad. Otro de los factores
que contribuyeron a las ideas socialistas fueron los gremios artesanos,
también destruidos por el liberalismo a principios del siglo XIX. En su
reconstrucción posterior, los gremios dieron pie a mutualidades y
cooperativas. En cada país las tradiciones fueron distintas, pero más o
menos tenían estos parámetros mezclados de ser hijas de la Ilustración
europea, defender bienes comunales y tener un artesanado post-gremial
unido a la necesidad intrínseca del proletariado de organizarse para la
defensa de sus condiciones en medio de la explotación despiadada que
reinaba.
Ahora volvemos a los retos del siglo XXI y valoramos lo bueno que tiene
cada socialismo.
Como hemos visto, el comunismo estatal tiene la capacidad de planificar
la economía para priorizar las necesidades básicas en contextos de
escasez. Se basa en un fuerte aparato estatal, que podría resistir
embargos o ataques militares, y el estado centralizado podría reorientar
recursos de forma masiva, dependiendo de las necesidades estratégicas
del estado.
Sin embargo, también tiene sus riesgos - y por eso en Embat nos alejamos
de este modelo - como la excesiva concentración de poder, que degenera
en burocracias represivas, la dependencia de líderes carismáticos y un
productivismo insostenible, que rivalizaría con la insostenibilidad del
propio capitalismo. Estos problemas harían del comunismo estatista
tradicional un modelo poco adaptable a la crisis civilizatoria actual,
en la que la participación de la base es clave.
El anarquismo, por su parte, implica una resiliencia descentralizada.
Sus sistemas autogestionados pueden adaptarse a crisis locales. Además,
es más proclive tener una lógica basada en ciclos locales y una
reciprocidad con la naturaleza. Y, por supuesto, sin un monopolio
estatal del poder, es más difícil (pero no imposible) la corrupción y la
creación de élites. Sin embargo, también reconocemos sus puntos débiles,
como depender de una cultura política cooperativa, algo raro hoy en día
que era bastante corriente en el siglo XIX con aquellas sociedades
arraigadas en la tierra y en las tradiciones comunitarias. El mayor reto
del modelo anarquista es la escalabilidad y su capacidad de defender a
su sociedad liberada. No en vano todas nuestras revoluciones han sido
derrotadas por las armas.
Por consiguiente, el comunismo estatista podría imponer medidas
drásticas de forma muy rápida, por ejemplo ante una crisis climática o
frente a una invasión externa, pero la población podría verlas como
medidas totalitarias, mientras que el anarquismo podría regenerar
ecosistemas desde abajo, pero no habría garantía de coherencia, ya que
cada comunidad podría hacer las suyas, no podría hacer las suyas a las
comunidades. rápido. Pero si observamos el capitalismo actual, vemos que
también está cargado de burocracia y está sometido a los grandes lobbies
que actúan en contra de cualquier tipo de cambio beneficioso para el
planeta o para las personas.
Creemos que podría marcar la diferencia en cuanto a coherencia y rapidez
de implementar cambios sociales drásticos si el modelo que elegimos
fuera de tipo anarcosindicalista, siempre y cuando la mayoría de la
población sea miembro de los sindicatos o asociaciones productivas y,
por tanto, podríamos suponer que en algún grado estaría impregnada de
las formas de funcionar de los mismos.
Continuando con las diferencias, el comunismo estatista reemplazaría al
capitalismo global con un sistema internacional basado en estados
socialistas, algo que tuvieron entre 1945 y 1990. La tendencia al
anarquismo, en cambio, sería crear economías bioregionales y redes
internacionales de zonas liberadas, siguiendo un modelo confederal. Esto
chocaría con la interdependencia actual, en nuestro mundo de comercio,
comunicaciones e intercambios globalizados. En una hipotética sociedad
postrevolucionaria libertaria quizás no sería demasiado bien recibido
tener que producir casi de todo en una escala reducida de forma casi
autárquica. La lógica es que lo que ya se produce de forma eficiente y
barata en otro sitio, no debería producirse en casa mientras no incumpla
factores ambientales, huella ecológica o derechos laborales. Pero esto
podría variarse si las zonas liberadas son múltiples y se desarrollan en
varios lugares del mundo alejados entre sí.
En cuanto a la cultura política, el comunismo requiere que la población
siga fielmente las directrices de las instituciones estatales, algo en
declive en las sociedades conectadas, diversas y bastante descreídas de
nuestro tiempo, a no ser que se les adoctrine con propaganda, mientras
que el anarquismo tiene la oportunidad de encajar con las demandas de
horizonte pero individualistas imperantes en los que parece escasear la
lealtad hacia la comunidad y la responsabilidad social.
En un escenario de colapso global generalizado - nos imaginamos que
tendrá lugar en unos años o décadas - lo más probable es que surjan
modelos híbridos en línea con la democracia económica que se basarían,
por ejemplo, en estructuras comunales de carácter local, industria
relocalizada vehiculada a través del anarcosindicalismo y el
cooperativismo las mutualidades y redes confederadas por lo regional y
global. Este sistema podría combinarse con instituciones públicas
limitadas (municipios, sistema de justicia, de transportes, servicios
sociales, sanidad, educación, pensiones, seguridad, defensa...). No
podemos plantear una respuesta binaria, o uno u otro, puesto que la
supervivencia probablemente exigirá tomar alternativas complejas,
combinando varios modelos, como vivieron las generaciones antecesoras
durante la Guerra Civil de 1936-39.
Como hemos dicho, esto podría ser una de las distintas formas que
tomaría una sociedad liberada según las tesis libertarias y comunistas.
Sin embargo, todo dependerá de la fuerza social que tengamos para
imponer nuestro modelo de comunidad.
El gran desafío
La posibilidad de que un modelo alternativo gane terreno en un contexto
de desencanto generalizado con los sistemas políticos y económicos
actuales depende de varios factores. Estos pasarán por la capacidad de
los movimientos populares y del sindicalismo para conectar con las
necesidades inmediatas de la gente, por la construcción de alternativas
viables y huir del derrotismo sabiendo comunicar una proyección
esperanzadora sin caer en abstracciones.
Hoy vivimos en una crisis de legitimidad del modelo capitalista liberal.
Los indicadores económicos y geopolíticos nos hablan de una creciente
desigualdad a pesar de un ascenso económico visible en los países del
Sur Global. Tenemos una crisis climática sin precedentes. Y en Occidente
tenemos un descrédito cada día mayor de los gobiernos y de todo el
sistema en general. El populismo es la reacción típica del desencanto.
Pero igualmente, este populismo cuando tiene posiciones de gobierno
acaba reincidiendo en el extractivismo, la desigualdad, la corrupción,
el despotismo gubernamental y el desempoderamiento o criminalización de
las clases subalternas. El populismo lleva la semilla de su autodestrucción.
A ese desencanto también convergen otros factores como los de la caída
del poder adquisitivo, con el encarecimiento especulativo de bienes y
servicios básicos como la vivienda. Para España la política industrial
se decide en Bruselas, como ha ocurrido con la actual apuesta por
rearmar Europa. Los gobiernos nacionales y las grandes empresas son
partícipes de estas decisiones estratégicas, pero nunca se les pregunta
a los sindicatos, que ya han dejado de ser actores relevantes más allá
de negociar prejubilaciones y recolocaciones de puestos de trabajo, y
mucho menos en la comunidad.
Decimos que no es viable un sistema democrático en el que la gente vota
con las emociones, y los políticos gobiernan pensando en la cartera. La
ciudadanía ve a los gobiernos de uno u otro signo como el mal menor,
vota sin el menor entusiasmo para que no gane el otro bando. El miedo
radicaliza hacia la derecha y esta desorientación es aprovechada por las
opciones de la derecha radical para atraer a nuevas masas descontentas.
La reacción crece por momentos.
Añadimos que las opciones de la nueva izquierda han tenido su
oportunidad y la han derrochado: Lula y Dilma en Brasil, Morales en
Bolivia, Tsipras en Grecia, Boric en Chile, Petro en Colombia, Iglesias
en España... todos los gobiernos progresistas dilapidaron las esperanzas
depositadas en ellos porque no trenzaron trenzados. Han sido unos
ineptos a la hora de propulsar cambios estructurales que realmente
beneficien a las personas.
Esto y no otra cosa ha creado las bases del auge reaccionario de nuestro
tiempo. De otro modo, si el progresismo hubiera cubierto mínimamente las
expectativas populares no se hubiera producido oleada reaccionaria de
este tipo, aunque las redes sociales estén cooptadas por la reacción más
recalcitrante.
Sin embargo, esta crisis de legitimidad es también una oportunidad para
la izquierda transformadora o de intención revolucionaria. Necesitamos
encontrar la forma de llegar a toda esa población descontenta. Para ello
es necesario ejercer un diálogo desde la diversidad, sin tratar de
imponer una "línea correcta", sino construir puentes entre sindicatos,
movimientos sociales, ecologismo, feminismo, movimiento vecinal, y todos
los demás. Es necesario demostrar que el apoyo mutuo es la mejor opción,
y que además se trata de la forma más transparente y eficaz de funcionar
para garantizar la supervivencia de la vida.
Es necesario enfocarse en lo que se puede ganar y no tanto en lo que se
puede perder. Es importante apelar a la esperanza ya la ilusión y no al
miedo al colapso y al fascismo. Pueden difundirse ejemplos reales para
demostrar que no son sueños imposibles. De nada sirve quedarse en el que
el sistema actual lo está haciendo muy mal si no se difunde una
alternativa creíble. En ese sentido, también es importante celebrar los
triunfos. Estas celebraciones refuerzan la identidad colectiva y
propagan una positiva imagen de los movimientos populares.
Hay que construir alternativas tangibles, donde sea posible, en todas
partes. Pero estos nuevos proyectos, ya sean alternativos, comunalistas,
ecosociales, anarquistas, o lo que sean, deberían tomar una identidad
clara. No sólo deberían demostrar la potencia de la autogestión en
acción, sino demostrar que otro mundo es posible aquí y ahora. Esta
identidad y ese "otro mundo posible" debe estar conectado a lo que
ocurra en otros lugares y considerarse parte del mismo movimiento global
como en los tiempos de la Primera Internacional o, al menos, como hacía
la Acción Global de los Pueblos de finales de los 90 y primeros 2000.
Trabajamos desde la vida cotidiana para conectar con las luchas locales
y promover soluciones desde abajo. Las redes de solidaridad, las
asambleas populares, los grupos de mutuo apoyo, los sindicatos realmente
transformadores sirven para construir confianza y tejido social. Es
necesario promover espacios para debatir y aprender sobre los nuevos
modelos. Es imprescindible difundir las ideas novedosas de forma
accesible y deben resolverse todas las dudas y dar espacio para nuevas
aportaciones.
Por muy negativo que sea el contexto geopolítico, no podemos perder de
vista que la historia no acaba aquí. Al contrario. Las autonomías se
abren camino en contextos de derrumbe político. Así, la crisis mexicana
en los 90 dio pie a un movimiento zapatista que controló un tercio del
territorio de Chiapas. O el desgaste del MAS en Bolivia, durante la
pasada década, ha dado pie a debates en torno a la autonomía indígena ya
modelos postcapitalistas como los descritos anteriormente. O en Siria,
en medio de la guerra, floreció la autonomía del noreste del país, o en
Libia o en Mali la de los pueblos tuareg y amazigh.
Existen graves riesgos. H sabemos. En un contexto de creciente
militarización y control social asfixiante, será complicado construir
redes estables de zonas liberadas sin recibir represión o ataques de
algún tipo. Otro de los riesgos es la cooptación por parte de partidos
políticos o instituciones. Por ejemplo, aceptar financiación o
subvenciones dificulta el mantener la autonomía y comprometen la
horizontalidad, bajo la premisa de que "quien paga manda". El
cooperativismo, el municipalismo o el movimiento vecinal siempre han
tenido estos lastres, al ser relativamente fácil de ser cooptados.
También existe el peligro de la fragmentación y el aislamiento. Por eso
hay que tener en mente en todo momento nuestros objetivos, la
coordinación regional y las confederaciones a fin de crear un cuerpo lo
suficientemente voluminoso como para hacerle frente al estado o al
capitalismo.
Como suele decirse, hay que actuar local y pensar global. Pero es
necesario hacerlo ya. La combinación de una crisis multisistémica y el
desencanto generalizado abren ventanas de oportunidad, pero éstas no
durarán para siempre. Los modelos alternativos deben prosperar, arraigar
en el territorio y plantearse un salto de escalera. ¡Y deben hacerlo en
unos pocos años! El reto es muy grande y está a la altura de los graves
problemas de nuestra era.
Embate, octubre de 2025
https://embat.info/conjuntura-2026/
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