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(ca) Italy, FdCA, IL CANTIERE #39 - IRÁN (en, fr, it, pt, tr)[Traducción automática]
Date
Thu, 18 Dec 2025 08:50:21 +0200
"El velo es un pretexto, queremos pan y queremos la caída del régimen."
---- Nos reunimos con Assareh Assa, una compañera iraní exiliada en
Francia, para una entrevista que repasa el levantamiento iraní de 2022,
que siguió al asesinato de Mahsa Jina Amini. En esta primera parte,
exploramos el éxito del movimiento desde la perspectiva de la libertad
de las mujeres, sus limitaciones en cuestiones sociales, la represión y
el nacionalismo en Irán. En la segunda parte, Assareh hablará sobre la
guerra entre Israel e Irán, la situación de la clase trabajadora iraní y
la naturaleza "fascista" del régimen.
La segunda parte se publicará en un próximo número. (*)
¿Nos ayudan a releer hoy, con la distancia que da el tiempo, el
significado del levantamiento "Mujer, Vida, Libertad" que surgió tras el
asesinato de Jina (Mahsa) Amini?
El movimiento que estalló tras el asesinato de Jina Amini en septiembre
de 2022 marcó un punto de inflexión histórico. Por primera vez, de forma
tan amplia y espontánea, mujeres y hombres de todo el país salieron a
las calles para desafiar abiertamente a la República Islámica.
La frase que apareció en su tumba -«Jina, no morirás, tu nombre es
nuestro lema»- unió a millones en un clamor por la libertad, pero
también expuso las profundas contradicciones de la sociedad iraní. El
nombre de Jina, una joven kurda asesinada por la policía moral, se ha
convertido en un símbolo universal de rebelión contra la misoginia
estructural del régimen, pero al mismo tiempo, puso de relieve la
división entre quienes buscan una revolución social y quienes se
conforman con reformas superficiales. Ese levantamiento no fue solo una
revuelta contra el velo obligatorio: fue un acto de insubordinación
colectiva contra todo el sistema teocrático, su opresión y sus
injusticias. ¿Cómo se convirtió el nombre de Jina -y la decisión de
llamarla por ese nombre o por su nombre "oficial", Mahsa- en un elemento
político y simbólico de división?
La diferencia entre "Jina" y "Mahsa" no es un detalle lingüístico: es
una fractura política.
"Jina" era su verdadero nombre, kurdo, pero en Irán no fue reconocido
por el Estado, que impone nombres persas en los documentos oficiales.
Llamarla "Mahsa", por lo tanto, significa aceptar la eliminación de la
identidad kurda, mientras que llamarla "Jina" es un acto de resistencia
y reconocimiento de la pluralidad étnica del país. Durante el
levantamiento, las fuerzas más reaccionarias y nacionalistas prefirieron
llamarlo "levantamiento de Mahsa", mientras que los sectores más
radicales, aquellos que simpatizaban con las minorías, siempre lo
llamaron "levantamiento de Jina". Esta simple elección de término reveló
dos visiones del mundo: por un lado, quienes querían reducir el
movimiento a una cuestión de moralidad o costumbres; Por otro lado,
quienes lo vieron como una lucha contra el Estado patriarcal y
nacionalista en su totalidad. La República Islámica explotó esta
ambigüedad, alimentando el sentimiento paniraní para dividir a los
rebeldes y aislar a los kurdos, quienes han estado en el centro de la
represión durante décadas. Por eso digo que el nombre "Jina" resume
tanto la fuerza como la fragilidad de ese movimiento: el deseo universal
de libertad y, al mismo tiempo, la dificultad de unir a los diferentes
componentes de la sociedad iraní bajo un proyecto común.
¿Qué logros y limitaciones concretas tuvo ese levantamiento en términos
de libertad de las mujeres en Irán?
El levantamiento de Jina cambió profundamente la imagen y la presencia
de las mujeres en el espacio público iraní.
Hoy, especialmente en las grandes ciudades, muchas se visten como les
place, sin velo o con un estilo de vestir más holgado, algo impensable
hasta hace unos años. No porque el régimen lo permita, sino porque las
mujeres han impuesto esta libertad con su determinación diaria. En este
sentido, realmente hay un antes y un después de Jina.
Pero se trata de una libertad relativa y desigual, marcada por profundas
diferencias sociales. Las mujeres de las clases pudientes pueden
desafiar la ley con mayor facilidad, mientras que las mujeres de la
clase trabajadora y de los suburbios se arriesgan a ser arrestadas,
agredidas o incluso a morir. Quienes ostentan el poder lo saben bien y
tratan de reaccionar con nuevas leyes restrictivas: han aprobado un
paquete represivo que incluye duras penas, pero aún no pueden aplicarlo
plenamente, precisamente por la resistencia de las mujeres.
Sin embargo, tras las imágenes que circulan en redes sociales -fiestas,
bailes, cabello descubierto- se esconde una realidad más amarga: una
mujer todavía vale la mitad que un hombre ante la ley, el aborto está
prohibido, los anticonceptivos son cada vez más difíciles de conseguir y
la violencia doméstica queda impune.
La emancipación lograda en las calles aún no se ha traducido en derechos
concretos ni en una mejora real de las condiciones materiales de vida.
La libertad individual ha avanzado mucho, pero no ha derrocado el
sistema patriarcal y teocrático que domina Irán.
¿Se puede decir que la condición de las mujeres iraníes ha cambiado
realmente desde el levantamiento, o solo para un segmento de la sociedad?
El cambio es real, pero no para todas de la misma manera. En las grandes
ciudades, las mujeres jóvenes y de clase media experimentan una mayor
libertad cotidiana: se visten como les place, organizan fiestas, se
manifiestan contra el régimen. Pero todo esto ocurre en espacios
sociales claramente definidos, a menudo protegidos por privilegios
económicos.
Sin embargo, las mujeres de las clases trabajadoras y bajas viven una
realidad diferente. Deben seguir usando el velo y se enfrentan a
vigilancia constante, violencia y discriminación salarial. Para ellas,
la represión sigue siendo una amenaza diaria. Es una libertad de dos
niveles, y el régimen se aprovecha de esto para mantener el control:
permite márgenes de tolerancia donde no teme la revuelta, pero reprime
con dureza donde el descontento podría derivar en organización política.
En definitiva, el levantamiento de Jina demostró que la libertad
individual, por muy importante que sea, es insuficiente si permanece
aislada de la lucha colectiva por el pan, el empleo y la justicia
social. Este es el quid de la cuestión que la sociedad iraní aún no ha
desentrañado.
Usted ha hablado a menudo de la naturaleza "social" del levantamiento:
¿hasta qué punto el levantamiento de Jina logró involucrar a la clase
trabajadora y a las clases populares?
La participación popular fue amplia, pero desigual. El levantamiento
"Mujeres, Vida, Libertad" involucró a muchos jóvenes, estudiantes,
mujeres urbanas y trabajadores precarios. Sin embargo, la clase
trabajadora organizada -la de las fábricas, el transporte y el sector
petrolero- no logró involucrarse plenamente en el movimiento. Las
razones son múltiples: miedo, fragmentación, pero sobre todo, la falta
de coordinación política capaz de aunar las reivindicaciones de género
con las económicas.
Sin embargo, no debemos olvidar que la represión afectó principalmente a
los trabajadores. Muchos de los manifestantes asesinados o ejecutados
provenían de la clase trabajadora: obreros, desempleados e hijos de
familias obreras. Las autoridades lo sabían y atacaron con ferocidad
precisamente donde el levantamiento podría haberse convertido en una
amenaza sistémica.
El ejemplo más dramático es la condena a muerte de la activista obrera
Charifeh Mohammadi, un hecho casi sin precedentes en Irán. En el pasado,
el régimen había ejecutado a comunistas, muyahidines y peshmerga kurdos,
pero rara vez a un simple trabajador activo en movimientos sindicales.
Con este gesto, el Estado quiso enviar un mensaje: cualquiera que
intente organizar a la clase obrera contra el régimen será aniquilado.
En resumen, el levantamiento ha demostrado un enorme potencial de
convergencia social, pero aún no ha encontrado una forma organizativa
capaz de unir las luchas de las mujeres, los trabajadores y las minorías
en un frente común.
La represión ha sido brutal. ¿Cuánto pesa esa violencia hoy en día y qué
formas de resistencia sobreviven dentro y fuera de las cárceles iraníes?
La represión ha sido despiadada y sigue marcando la vida cotidiana en el
país.
Miles de personas han resultado heridas, asesinadas o detenidas durante
las manifestaciones. Cientos han sido condenadas a muerte y al menos una
docena ya han sido ejecutadas. Las cárceles iraníes están llenas de
presos políticos, muchos de los cuales sufren tortura sistemática.
Pero la violencia estatal no se detiene ante los opositores directos: en
los últimos tres años, se han ejecutado más de tres mil condenas a
muerte, a menudo contra reclusos comunes, para sembrar el miedo en la
sociedad.
A pesar de todo, la resistencia no ha sido aplastada. Un movimiento
silencioso pero poderoso se ha desarrollado dentro de las cárceles: cada
martes, miles de reclusos participan en huelgas de hambre colectivas
contra la pena de muerte. Es una forma de lucha con un enorme valor
moral, pero lamentablemente, aún no ha encontrado suficiente resonancia
en el exterior.
La brutalidad del régimen ciertamente debilitó el movimiento, pero no lo
aniquiló. De hecho, demostró cuán temido era. El verdadero problema no
fue solo la violencia en sí, sino el contexto que la hizo efectiva: el
aislamiento de los rebeldes, la falta de apoyo organizado, las
divisiones entre clases y grupos étnicos. La represión por sí sola no
explica el fracaso del levantamiento; lo que lo hizo tan devastador fue
el hecho de que muchos, frente a la violencia estatal, no se
reconocieron en esa lucha.
Usted ha identificado el nacionalismo iraní como un factor decisivo en
el fracaso del movimiento. ¿Puede explicar por qué?
Sí, creo que el nacionalismo iraní es una de las enfermedades crónicas
de la sociedad.
Al comienzo del levantamiento, se creó una solidaridad inesperada entre
kurdos, persas, baluchis, árabes y otras minorías. Pero esta unidad se
hizo añicos en cuanto el movimiento comenzó a amenazar seriamente al
régimen.
La cuestión de la "integridad territorial" de Irán, un tabú para muchos,
ha resurgido con fuerza. Cuando los kurdos recuperaron su identidad o
cuando otras regiones marginadas se rebelaron, muchos iraníes
"nacionalistas" se distanciaron, temerosos del riesgo de "separatismo".
El régimen ha explotado este reflejo nacionalista, presentándose como
garante de la unidad nacional frente al "caos étnico". Y en un país
plagado de desigualdades y desconfianza mutua, este discurso ha
funcionado. Así, en lugar de unir las diversas luchas contra el Estado
teocrático, el nacionalismo ha ofrecido a quienes ostentan el poder una
herramienta para dividirlas.
En definitiva, el nacionalismo iraní es una ideología que defiende el
propio orden social de la República Islámica: patriarcal, autoritario y
centralista. El lenguaje cambia -religioso o patriótico-, pero la lógica
sigue siendo la misma: negar la pluralidad e imponer un modelo único de
nación, cultura y poder. Por eso, mientras el nacionalismo siga
arraigado en la conciencia colectiva, ninguna revolución podrá ser
verdaderamente emancipadora en Irán.
¿Cómo se manifestó la división entre las diferentes nacionalidades de
Irán -kurdos, baluchis, árabes, azeríes- durante o después del
levantamiento?
Al principio, el levantamiento de Jina desencadenó una conmovedora
unidad. Desde Saqqez, en el Kurdistán iraní, las manifestaciones se
extendieron por todo el país: Teherán, Tabriz, Ahvaz, Zahedán. Por un
momento, las barreras étnicas parecieron disolverse en una sola voz.
Pero esa unidad duró poco. A medida que la represión se intensificaba,
resurgieron viejos prejuicios: muchos iraníes de habla persa dejaron de
considerar a los muertos kurdos, árabes o baluchis como "suyos". Cuando
varios prisioneros kurdos fueron ejecutados, las regiones centrales del
país guardaron silencio.
El régimen alimentó esta división con un mensaje simple y venenoso:
"Quien proteste en Kurdistán o Baluchistán quiere destruir Irán". Y un
segmento de la población lo creyó.
Este aislamiento de las periferias fue fatal para el movimiento. El
miedo a una hipotética desintegración del país prevaleció sobre la
solidaridad de clase y de género.
Tras esta reacción se esconde una verdad más profunda: la República
Islámica no inventó el nacionalismo iraní, sino que lo heredó y lo
utilizó como cimentación de su poder. Es una forma de patriotismo que
considera toda diferencia como una amenaza. Y mientras las minorías
sigan siendo tratadas como "invitados" y no como parte integral de la
nación, ningún movimiento unirá verdaderamente a todo el pueblo iraní.
¿Qué papel desempeñaron el regreso del frente monárquico y la figura del
hijo del Sha en la crisis del movimiento?
El regreso del frente monárquico fue uno de los golpes más astutos -y
más tóxicos- para el levantamiento. Justo cuando el movimiento comenzaba
a forjar un horizonte radical, el hijo del Sha se autoproclamó una
"alternativa" al régimen, lanzando la campaña "Delego en el príncipe",
como si el pueblo debiera confiar su libertad a un nuevo soberano.
Esta maniobra, amplificada por los medios de comunicación y apoyada por
círculos prooccidentales y proisraelíes, dividió el frente opositor: por
un lado, quienes deseaban una revolución social; por el otro, quienes
soñaban con el retorno al orden monárquico.
El régimen explotó cínicamente esta división. Permitió al bando
monárquico ganar visibilidad, precisamente porque sirvió para
desacreditar a la oposición y desviar la atención de los problemas
sociales. Además, muchos antiguos reformistas y funcionarios del
régimen, personas que habían colaborado con la República Islámica
durante años, se unieron en torno al hijo del Sha. Esto hizo aún más
evidente la continuidad entre ambos sistemas: la monarquía y el poder
clerical como dos versiones del mismo autoritarismo. El propio príncipe
ha declarado que, si volviera al trono, mantendría los aparatos
represivos existentes, incluyendo la Guardia Revolucionaria. En otras
palabras, promete una monarquía "renovada" basada en las mismas
estructuras de violencia y control.
Por eso digo que la monarquía no es una alternativa: es el reflejo de la
República Islámica, un pasado reaccionario que quienes ostentan el poder
han resucitado para impedirnos imaginar un futuro libre.
¿Por qué dice que la monarquía y la República Islámica son, en última
instancia, dos caras de la misma moneda?
Porque ambas representan la misma lógica de poder: autoritarismo,
patriarcado, centralismo y desprecio por las clases trabajadoras. El
régimen del Sha se presentaba como "modernizador" e "ilustrado", pero su
desarrollo económico se basó en la represión, la desigualdad y la
dependencia de Occidente. La República Islámica, que se autodenominaba
"revolucionaria" y "antiimperialista", reprodujo el mismo modelo,
sustituyendo el culto al monarca por el del clero.
Hoy, los monárquicos buscan reescribir la historia, presentando los años
del Sha como una época dorada interrumpida por la locura popular. Pero
esta narrativa nació precisamente gracias a la República Islámica, que
eliminó o silenció a los actores revolucionarios de 1979 y reescribió la
historia en su propio beneficio. Así, la memoria colectiva se ha
corrompido: las nuevas generaciones, que solo conocen la miseria del
presente, terminan preguntándose si "quizás las cosas eran mejores
entonces". Es esta falsificación mutua la que hace que la monarquía y la
República Islámica sean complementarias.
Económica y culturalmente, ambas defienden el orden capitalista,
patriarcal y nacionalista. La primera lo hace en nombre de la modernidad
y Occidente, la segunda en nombre de la religión y la tradición. Pero el
resultado es el mismo: la explotación de los trabajadores, la
subordinación de las mujeres y la negación de las minorías. Por eso digo
que se retroalimentan: cada uno sirve al otro para sobrevivir como un
falso opuesto, un espejo distorsionador que impide al pueblo iraní
imaginar una alternativa verdaderamente emancipadora.
¿Cree que existen las condiciones en Irán hoy para que surja un nuevo
movimiento revolucionario? ¿Y cuáles son sus perspectivas?
Irán vive actualmente una situación explosiva, pero también llena de
incertidumbre.
Por un lado, el régimen está en una profunda crisis: la bancarrota
económica, la corrupción generalizada, el aislamiento internacional y la
pérdida de legitimidad moral han erosionado sus cimientos. Por otro
lado, las clases trabajadoras están agotadas y la ira crece, pero sin
una organización capaz de darle dirección política.
Existen las condiciones materiales para un nuevo levantamiento -salarios
de miseria, desempleo, desigualdad abismal, jóvenes sin futuro-, pero
aún faltan las estructuras colectivas que puedan transformar la protesta
en un proyecto revolucionario.
Las redes sindicales y feministas están bajo vigilancia, los partidos
políticos están prohibidos y cualquier forma de coordinación se ve
aplastada desde el principio. Sin embargo, bajo esta superficie de
silencio, se agitan corrientes subterráneas de solidaridad: trabajadores
organizándose informalmente, grupos de mujeres resistiendo en escuelas y
hospitales, estudiantes que siguen difundiendo materiales clandestinos.
Muchos esperan la siguiente chispa: podría surgir de un nuevo episodio
de violencia estatal, un colapso económico o un conflicto regional. Los
monárquicos esperan que Israel lo provoque con un ataque militar, pero
su llamado a la movilización ha caído en saco roto: nadie quiere otra
dependencia, ni una "liberación" traída por bombas.
Finalmente: ¿qué lección política nos deja el levantamiento de Jina,
tres años después?
El levantamiento de Jina nos enseñó dos verdades fundamentales. La
primera es que una revolución no nace de una ideología, sino de una
experiencia vivida: el gesto de una mujer que se quita el velo en la
calle, de un joven que desafia a la policía, de una madre que llora por
su hija asesinada. Estos gestos, multiplicados, conmocionaron a todo el
país y demostraron que el poder no es invencible.
La segunda es que la libertad individual no basta. Sin una base social
sólida, sin la participación organizada de las clases trabajadoras,
incluso la revuelta más valiente corre el riesgo de ser sofocada o
recuperada.
El régimen sobrevivió porque explotó las divisiones étnicas, de clase y
de género, y porque la oposición permaneció cautiva de las ilusiones
reformistas o la nostalgia monárquica.
Sin embargo, no todo está perdido. El levantamiento de Jina dejó un
legado irreversible: destruyó el tabú del miedo y dio voz a una
generación que ya no acepta el silencio.
En fábricas, universidades y pueblos, su nombre sigue circulando como
una palabra de libertad.
Y aunque el régimen aún parezca fuerte hoy, su autoridad moral se ha
derrumbado definitivamente.
Cuando llegue la próxima ola -y llegará- será más consciente, más
organizada, más capaz de unir las luchas por el pan y la libertad.
Esta es la verdadera lección de Jina: que la valentía de una sola mujer
puede abrir una grieta en el muro de la opresión, pero solo la
solidaridad de todo un pueblo puede derribarlo.
Creo que el futuro del movimiento revolucionario iraní depende de la
capacidad de unir a estas fuerzas fragmentadas -feministas,
trabajadores, minorías- en una visión común. No será ni religiosa ni
monárquica, sino social, igualitaria e internacionalista.
*) El texto original se publicó en el número 353 de octubre de 2025 de
Courant Alternative. Hemos traducido y editado la entrevista del francés.
https://alternativalibertaria.fdca.it/
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