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(ca) New-Zeland: Respirando Juntos en un Sistema que Nos Asfixia: Una Crítica Anarcocomunista al Discurso de Chlöe Swarbrick en la Asamblea General Anual de 2025 (de, en, it, pt, tr)[Traducción automática]
Date
Mon, 29 Sep 2025 09:59:37 +0300
El discurso de Chlöe Swarbrick en la Asamblea General Anual de 2025 del
Partido Verde comienza con una invitación serena, casi meditativa:
"Quiero que todos respiren hondo... Inhalando. Exhalando". Es una forma
encantadora de comenzar un discurso político, especialmente uno
pronunciado en medio de la creciente desigualdad, el colapso climático y
un clima político cada vez más autoritario en Aotearoa. La respiración
busca unir a la audiencia en un acto físico compartido, para calmar los
nervios antes de hablar de la lucha política. Sin embargo, hay algo
revelador en este inicio. En una época en la que la gente no solo está
cansada, sino activamente aplastada por las presiones del capitalismo,
liderar con una respiración profunda colectiva corre el riesgo de
silenciar la urgencia en lugar de agudizarla. Respirar juntos está bien,
pero solo si esa inhalación es el preludio de un grito, una llamada de
atención, y no solo un suspiro.
El discurso procede a identificar el problema fundamental: nuestro
infinito potencial humano, mercantilizado y limitado por la "lógica de
mercado" del capitalismo neoliberal. Swarbrick tiene razón al señalarlo.
Durante décadas, Aotearoa se ha transformado en un paraíso para la
especulación inmobiliaria, la agroindustria y el capital extranjero,
mientras que a la gente común se le dice que mida su valor por su
productividad y su capacidad para pagar la renta de las tierras en las
que sus antepasados pudieron haber vivido durante generaciones. Vincula
correctamente estas condiciones con una política de traición, señalando
cómo el Estado ha dejado de atender a su gente, reemplazando la
asistencia social por soluciones de mercado que tratan a los ciudadanos
como clientes. Pero incluso en este caso, el análisis resulta limitado.
El discurso diagnostica la mercantilización de la vida, pero evita
identificar la causa raíz: la existencia misma del poder jerárquico y la
propiedad privada. El Estado y el capitalismo no están funcionando mal;
funcionan exactamente como fueron diseñados. Existen para centralizar el
control y extraer valor de la mayoría para beneficio de unos pocos.
Mencionar las "lógicas de mercado" es un comienzo, pero el discurso no
llega a abogar por su abolición.
Cuando Swarbrick habla de ira, actúa con cautela. "Tenemos muchos
motivos para estar enfadados", admite, pero insiste en que, para que sea
efectiva, la ira debe canalizarse mediante la "acción organizada". Esto
es inobjetable a primera vista, pero en contexto, la "acción organizada"
se refiere claramente a la acción parlamentaria: votaciones, campañas,
propuestas políticas. Para los anarcocomunistas, canalizar la ira por
estos canales es precisamente la forma de neutralizarla. Nuestra ira no
debe ser contenida en procesos legislativos que, en última instancia,
sirven para proteger el sistema. Debe alimentarse mediante la acción
directa, la organización en el lugar de trabajo, las huelgas de
alquiler, la autodefensa comunitaria, la recuperación de tierras y
recursos, formas de lucha colectiva que no esperan la autorización del
Parlamento ni la llegada de un político con mejores intenciones. La
historia de Aotearoa está llena de acciones de este tipo, desde las
ocupaciones de Ngati Whatua en Bastion Point hasta el sindicalismo
militante de principios del siglo XX. Esos son los canales que realmente
transforman la ira en poder.
Una de las decisiones más impactantes del discurso es la de evitar una
política de culpabilización. Swarbrick afirma que la gente "no quiere
oír otra discusión sobre de quién es la culpa". Esto suena conciliador,
incluso maduro. Sin embargo, existe un peligro. Cuando evitamos hablar
de la culpa, corremos el riesgo de oscurecer la realidad de la
dominación de clase. No basta con decir que "políticos, directores
ejecutivos, terratenientes, monopolios" nos han fallado. No han fallado,
sino que han logrado enriquecerse y mantener el control. Es el sistema,
el propio poder jerárquico, el que perpetúa la explotación. Al negarse a
realizar un análisis de clase explícito, el discurso corre el riesgo de
convertir la opresión sistémica en una historia de malos actores que
podrían ser reemplazados, en lugar de una estructura que debe ser
desmantelada.
Esta evasión se hace más evidente al considerar las soluciones que
propone Swarbrick. Como gran parte de la política del Partido Verde, se
trata de reformas: impuestos sobre el patrimonio, servicios públicos
gratuitos y mitigación del cambio climático mediante la regulación
gubernamental. Estas son, sin duda, preferibles a la austeridad punitiva
y la privatización impulsadas por la derecha política. Sin embargo,
siguen estando sujetas al mismo marco de autoridad centralizada, trabajo
asalariado y dependencia del mercado. Aquí no hay espacio para el
control comunitario de la producción, para que los trabajadores se
apropien de sus lugares de trabajo, para que los hapu y las iwi reclamen
sus tierras a perpetuidad. En cambio, los cambios propuestos mantendrían
intacta la economía capitalista, a la vez que redistribuirían parte de
sus beneficios de forma más equitativa. Se trata de "crecimiento verde"
en lugar de ecosocialismo; de un capitalismo mejor gestionado en lugar
de su abolición.
Los elementos ambientales del discurso se ven igualmente limitados por
este marco. La política climática de Swarbrick es mucho más sólida que
la del Partido Laborista o el Partido Nacional; está dispuesta a señalar
a las empresas de combustibles fósiles, la agroindustria y las
industrias extractivas como culpables. Sin embargo, las soluciones
siguen ancladas en la lógica del capitalismo estatal. Se habla de
inversión en energías renovables y de la expansión del transporte
público, pero no se reconoce que la verdadera justicia climática
requiere desmantelar la esencia del capitalismo industrial: la
extracción incesante de recursos con fines de lucro. Los
anarcocomunistas abogan por el decrecimiento: una reducción planificada,
democrática y voluntaria de la producción para satisfacer las
necesidades humanas dentro de los límites ecológicos, no por formas más
eficientes de mantener el crecimiento en marcha.
La esperanza es un estribillo constante en el discurso. Swarbrick
insiste en que podemos y debemos restaurarla. Este es un mensaje
atractivo en tiempos difíciles. Pero la esperanza, al estar ligada al
ciclo electoral, también se convierte en una mercancía: algo que los
partidos venden a cambio de votos. La esperanza que necesitamos no es la
esperanza en los políticos, por muy íntegros que sean, sino la esperanza
en nuestra propia capacidad colectiva para vivir de forma diferente.
Aquí es donde el anarcocomunismo se distancia más marcadamente de la
visión verde. No queremos mejores gestores del sistema; queremos abolir
el sistema que requiere gestión en primer lugar.
Quizás la omisión más flagrante del discurso sea la solidaridad con los
movimientos fuera del Parlamento. En ningún momento menciona a los
trabajadores en huelga, los sindicatos de inquilinos, las ocupaciones de
tierras anticoloniales ni las redes de ayuda mutua que mantuvieron vivas
a las comunidades durante la pandemia. En estas luchas se siembran las
semillas de una sociedad liberada, fuera del foco de la Colmena, en los
actos cotidianos de resistencia y cooperación que construyen una
autonomía real. Al centrar el Parlamento como el centro del cambio, el
discurso, sin darse cuenta, margina a estos movimientos de base,
reduciéndolos a posibles aliados en una campaña legislativa en lugar de
a los principales agentes de transformación.
Y, sin embargo, el discurso no carece de puntos fuertes. Swarbrick habla
con una autenticidad poco común en la política parlamentaria,
reconociendo abiertamente el agotamiento, la desesperación y la
manipulación del miedo por parte de quienes ostentan el poder. Su
crítica al neoliberalismo es más aguda que cualquier otra del Partido
Laborista en la última década, y su disposición a desafiar los mitos de
la economía del derrame resulta refrescante. Pero para los
anarcocomunistas, la sinceridad y la valentía en los círculos de poder
no son suficientes. El problema no es simplemente quién ocupa el cargo,
sino el hecho mismo de que existan.
En definitiva, el discurso de Swarbrick en la Asamblea General Anual
encarna las contradicciones del propio Partido Verde. Expresa una
profunda desilusión con el statu quo y apunta hacia un cambio sistémico,
pero mantiene su compromiso con la vía parlamentaria. Busca unir a la
gente a través de las divisiones, pero al hacerlo, debilita el carácter
revolucionario necesario para enfrentarse al capital y al Estado.
Reconoce la urgencia de nuestras crisis, pero propone soluciones que
dejan intactas las estructuras subyacentes.
Para los anarcocomunistas, la tarea no consiste en descartar de plano
estos discursos, sino en leerlos críticamente y ver tanto las
oportunidades que crean como las limitaciones que imponen. Cuando
Swarbrick menciona la mercantilización de la vida, podemos aprovechar
ese momento para impulsar el debate hacia la propiedad colectiva. Cuando
llama a la acción organizada, podemos recordar que la organización más
poderosa ocurre fuera de los muros parlamentarios. Cuando habla de
esperanza, podemos insistir en que debe basarse en la autogestión y la
ayuda mutua, no en las victorias electorales.
No debemos esperar que el Partido Verde, ni ningún otro partido, traiga
la revolución. Ese es nuestro trabajo. Es el trabajo de los inquilinos
que se niegan a subir el alquiler, de los trabajadores que toman el
control de sus lugares de trabajo, de las comunidades que reforestan
tierras robadas, de los vecinos que se alimentan mutuamente sin esperar
al camión de reparto del supermercado. Es caótico, descentralizado y sin
garantías, pero es el único camino hacia una libertad que no se puede
legislar.
Así que sí, respira. Llena tus pulmones con el aire que el capitalismo
aún no te ha robado. Pero al exhalar, que sea un rugido, no un suspiro.
Que se propague a través de piquetes y marchas de protesta, a huertos
comunitarios y reuniones sindicales, a cada lugar donde las personas se
niegan a ser controladas y, en cambio, toman el control de sus propias
vidas. El futuro por el que luchamos no se entregará desde un podio en
una Asamblea General Anual, sino que lo construiremos todos juntos, en
las calles, en el campo y en los innumerables actos de desafío que hacen
posible otro mundo.
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