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(ca) Argentina, Organizacion-Obrera #102: EL MOVIMIENTO OBRERO, LA PATRIA Y EL NACIONALISMO (de, en, it, pt, tr)[Traducción automática]
Date
Sun, 28 Apr 2024 11:09:06 +0300
Uno de los lemas que más resonó en las manifestaciones populares
realizadas desde que asumió el gobierno de Javier Milei fue "la patria
no se vende". Esta interpelación al conjunto de la ciudadanía enarbola
un sentido de identidad nacionalista, la pertenencia a una comunidad
mancomunada en el sostén y la mejora de lo común. Entendiendo que los
intereses privados van a perjudicar aquellos bienes, ámbitos y símbolos
de pertenencia colectivo, consideramos pertinente revisar aquella
consigna a la luz del análisis histórico respecto al vínculo
desarrollado entre el movimiento de trabajadores, las diferentes
corrientes políticas del nacionalismo y el término de patria.
Comencemos por situarnos en las últimas décadas del siglo XIX. Una vez
superado el proceso de las guerras civiles, el Estado nacional avanzó en
consolidar su estructura política y en la ocupación efectiva de un
espacio geográfico más amplio que el heredado de la administración
colonial. Esta expansión sobre territorios indígenas y la modernización
de la economía derivaron en importantes movimientos demográficos. Al
respecto, es sabido que la conformación de la población de argentina, y
de la clase obrera en particular, se nutrió de un gran componente de
inmigrantes provenientes de Europa. Durante la gestación del movimiento
obrero y las primeras manifestaciones de las tendencias revolucionarias,
el patriotismo fue el refugio cultural de la elite local ante el aluvión
de las nuevas costumbres traídas por los inmigrantes, sin importar su
pasar económico, como también un instrumento de diferenciación social
respecto de los trabajadores criollos.
Con el paso de un siglo a otro, los reclamos obreros y la mayor cohesión
entre los sindicatos comenzó a generar una mayor preocupación entre
empresarios y políticos. Una de las medidas adoptadas para frenar la
conflictividad social en creces fue la aprobación de la ley de
Residencia en 1902, política de honda repercusión histórica que
determinaba la expulsión del país de cualquier extranjero que fuese
acusado de ser peligroso o indeseable, es decir, que actúe en contra de
los intereses de la patria. Comprendasé que bajo los ojos de los
legisladores de la época los reclamos sindicales que pudiesen afectar
los intereses empresariales del modelo agroexportador constituían un
perjuicio contra el país. Por tanto, bajo el lema de desprenderse de los
extranjeros desagradecidos de la hospitalidad otorgada por la nobel
nación, se utilizó aquella ley como herramienta para combatir al
movimiento obrero, en general, y a los anarquistas, en particular.
Esta perspectiva represiva adoptada por el Estado a inicios del siglo XX
se manifestó de forma más nítida en 1910, en ocasión de los festejos del
Centenario de la revolución de mayo. Producto de las tensiones
ocasionadas entre el elenco gobernante y el movimiento obrero se
sancionó la ley de Defensa Social. Esta dispuso la actualización de los
mecanismos de aplicación de la ley de residencia, el control sobre
quienes arribaban al país y la prohibición de manifestar críticas
públicas contra el gobierno y los símbolos patrios. Su alcance de
aplicación ya no se restringía a los extranjeros, sino que pasaron a ser
plausibles de sanción y detención también quienes hayan nacido en el
país y que fueran acusados de actividades antipatrióticas. Es así como,
bajo el amparo de esta ley el Estado reprimió con dureza al movimiento
obrero, remitiendo a muchos detenidos a la cárcel de Ushuaia e incluso
deportando a criollos. Quedó de manifiesto que para el elenco gobernante
el peligro no le representaba el extranjero per se, sino el conjunto de
ideas y manifestaciones políticas enarboladas por una gran parte de la
población obrera.
Los grupos nacionalistas en aquel momento eran la expresión de la
derecha más exaltada, conformados por lo más concentrado de la elite
local, defensores por herencia de los valores patrióticos. Pero hacia
fines de la década del veinte esta corriente política inició un proceso
de transformación. En miras de poder disputarle la hegemonía a las
fuerzas políticas más populares, consolidadas gracias a la ampliación de
la base electoral durante la etapa de la democracia de masas, el
nacionalismo comenzó una búsqueda por ampliar su base social e integrar
a más individuos. Con el fin de constituir un movimiento de masas,
debieron relegar la comodidad de estar integrados exclusivamente por
individuos del mismo sector social al promocionar la inclusión de
personas pertenecientes a los sectores populares.
La expansión de la corriente nacionalista durante la década del treinta
se emparentó con el auge de los regímenes fascistas de Europa, de los
cuales se imitan postulados teóricos, modos de expresión y la
intervención pública agresiva, en muchas ocasiones violenta hacia sus
opositores político (véase el caso del asesinato del joven obrero de la
FORA, Severino Hevia, en diciembre de 1932). Al mismo tiempo, se puede
apreciar cierto éxito dentro de estas agrupaciones en sus objetivos de
obtener un mayor arraigo social, contando entre sus militantes un mayor
componente obrero. Sin embargo, sus intentos por conformar nuevas
organizaciones sindicales no lograron mayores éxitos. Podría decirse que
el movimiento obrero todavía guardaba un perfil de izquierda, a pesar
del apoliticismo propagado por los sindicalistas.
Pero es aquí donde empieza a manifestarse un nuevo elemento político de
importante trascendencia. Las corrientes mayoritarias del movimiento
obrero comienzan a tomar lemas propios del nacionalismo vernáculo,
especialmente los socialistas y sindicalistas, pero alcanzando también a
los comunistas en su búsqueda de aliarse con todo aquel que no sea
fascista. La línea divisoria entre clases sociales dejó de ser un
impedimento para coordinar acciones en común. Son tiempos de proclamas
anti imperialistas y de frentes populares en contra del fascismo. La
denuncia realizada contra el avance de las potencias mundiales en
búsqueda de imponer su hegemonía y el rechazo a la dependencia
extranjera derivó en una mayor preocupación por la defensa de interés
"nacionales", ya no de clase. Bajo esta nueva cosmovisión es que la
conducción de los sindicatos de la CGT comenzó a exaltar la utilización
de la bandera argentina en las manifestaciones obreras como símbolo de
unidad de la población, aceptando sin mayor preocupación la prohibición
del uso público de las tradicionales banderas rojas.
A mediados del siglo, la alianza entablada entre el nacionalismo
(también con fuerte influencia de la Iglesia) y las organizaciones
obreras quedó consolidada en la conformación del movimiento peronista.
Durante el gobierno de Perón se dispusieron todos los recursos a su
alcance en pos de convencer a la población que las políticas sociales
realizadas por el Estado y la consolidación de un modelo capitalista más
autónomo de los monopolios extranjeros estaban orientadas a devolverle a
los trabajadores el control de la nación y el provecho de sus frutos
económicos. El obrero se convirtió en una figura central dentro del
discurso peronista, el heredero de la patria. Pero cabe resaltar que
este obrero ideal formulado desde las oficinas de propaganda del
gobierno no era el mismo sujeto histórico del cual venimos haciendo
mención. Este trabajador ideal guardaba las condiciones de ser:
argentino, católico, educado, consumidor, obediente de las leyes y de
las disposiciones patronales. Es decir, un buen empleado que con su
esfuerzo diario contribuía al engrandecimiento de la patria.
El pasaje de una idiosincrasia internacionalista y revolucionaria, a
otra nacionalista y reformista, fue una transformación operada, tanto
dentro, como por fuera del movimiento obrero. Las expresiones de derecha
o izquierda se volvieron más esquivas para poder clasificar al nuevo
movimiento político, pero una característica indeleble fue y es su
nacionalismo. A lo largo de las décadas siguientes, el sistema
democrático ha modificado su fisonomía reiteradas veces en búsqueda de
una mayor incorporación institucional de los diferentes sectores
sociales. Establecer un vínculo orgánico con los mismos resultó
necesario para incorporarlos al sistema. Esta política de Estado, que
podría denominarse de "inclusión", no hace más que confirmar una
tendencia histórica adoptada por las diferentes estructuras estatales
del mundo, la sujeción de la población y la tendencia totalizadora de
intervenir y poder controlar las diferentes variables de la sociedad.
La patria, más allá de alguna reminiscencia cultural localista, remite
al Estado. Y por definición el Estado es el órgano de administración y
control de la población de una determinada región, por ende, la
dirección de este jamás puede estar en manos de quienes padecen su opresión.
Si algo queda claro es que el éxito de un discurso hegemónico es cuando
lo incorporen y lo defiendan con fanatismo aquellas personas que se ven
materialmente afectadas por sus implicancias. En este sentido, lo que
vemos hoy en día, donde la clase trabajadora se diputa por defender al
capital o la patria, será digno de reflexión en un futuro cercano.
La patria puede venderse, arrendarse o hipotecarse. Puede estar en manos
de latifundistas, empresas, fuerzas armadas, burócratas o agentes
extranjeros. Pero la ficción reside en considerar que aquella entelequia
le pertenece a la población o que guía su destino. Mientras la dictadura
del capital siga vigente, el Estado continuará siendo su fiel protector,
por ende, el garante de la sumisión de la población.
Ante los lemas nacionalistas, solidaridad entre explotados. Al mismo
tiempo, se puede apreciar cierto éxito dentro de estas agrupaciones en
sus objetivos de obtener un mayor arraigo social, contando entre sus
militantes un mayor componente obrero. Sin embargo, sus intentos por
conformar nuevas organizaciones sindicales no lograron mayores éxitos.
Podría decirse que el movimiento obrero todavía guardaba un perfil de
izquierda, a pesar del apoliticismo propagado por los sindicalistas.
Pero es aquí donde empieza a manifestarse un nuevo elemento político de
importante trascendencia. Las corrientes mayoritarias del movimiento
obrero comienzan a tomar lemas propios del nacionalismo vernáculo,
especialmente los socialistas y sindicalistas, pero alcanzando también a
los comunistas en su búsqueda de aliarse con todo aquel que no sea
fascista. La línea divisoria entre clases sociales dejó de ser un
impedimento para coordinar acciones en común. Son tiempos de proclamas
anti imperialistas y de frentes populares en contra del fascismo. La
denuncia realizada contra el avance de las potencias mundiales en
búsqueda de imponer su hegemonía y el rechazo a la dependencia
extranjera derivó en una mayor preocupación por la defensa de interés
"nacionales", ya no de clase. Bajo esta nueva cosmovisión es que la
conducción de los sindicatos de la CGT comenzó a exaltar la utilización
de la bandera argentina en las manifestaciones obreras como símbolo de
unidad de la población, aceptando sin mayor preocupación la prohibición
del uso público de las tradicionales banderas rojas.
A mediados del siglo, la alianza entablada entre el nacionalismo
(también con fuerte influencia de la Iglesia) y las organizaciones
obreras quedó consolidada en la conformación del movimiento peronista.
Durante el gobierno de Perón se dispusieron todos los recursos a su
alcance en pos de convencer a la población que las políticas sociales
realizadas por el Estado y la consolidación de un modelo capitalista más
autónomo de los monopolios extranjeros estaban orientadas a devolverle a
los trabajadores el control de la nación y el provecho de sus frutos
económicos. El obrero se convirtió en una figura central dentro del
discurso peronista, el heredero de la patria. Pero cabe resaltar que
este obrero ideal formulado desde las oficinas de propaganda del
gobierno no era el mismo sujeto histórico del cual venimos haciendo
mención. Este trabajador ideal guardaba las condiciones de ser:
argentino, católico, educado, consumidor, obediente de las leyes y de
las disposiciones patronales. Es decir, un buen empleado que con su
esfuerzo diario contribuía al engrandecimiento de la patria.
El pasaje de una idiosincrasia internacionalista y revolucionaria, a
otra nacionalista y reformista, fue una transformación operada, tanto
dentro, como por fuera del movimiento obrero. Las expresiones de derecha
o izquierda se volvieron más esquivas para poder clasificar al nuevo
movimiento político, pero una característica indeleble fue y es su
nacionalismo. A lo largo de las décadas siguientes, el sistema
democrático ha modificado su fisonomía reiteradas veces en búsqueda de
una mayor incorporación institucional de los diferentes sectores
sociales. Establecer un vínculo orgánico con los mismos resultó
necesario para incorporarlos al sistema. Esta política de Estado, que
podría denominarse de "inclusión", no hace más que confirmar una
tendencia histórica adoptada por las diferentes estructuras estatales
del mundo, la sujeción de la población y la tendencia totalizadora de
intervenir y poder controlar las diferentes variables de la sociedad.
La patria, más allá de alguna reminiscencia cultural localista, remite
al Estado. Y por definición el Estado es el órgano de administración y
control de la población de una determinada región, por ende, la
dirección de este jamás puede estar en manos de quienes padecen su opresión.
Si algo queda claro es que el éxito de un discurso hegemónico es cuando
lo incorporen y lo defiendan con fanatismo aquellas personas que se ven
materialmente afectadas por sus implicancias. En este sentido, lo que
vemos hoy en día, donde la clase trabajadora se diputa por defender al
capital o la patria, será digno de reflexión en un futuro cercano.
La patria puede venderse, arrendarse o hipotecarse. Puede estar en manos
de latifundistas, empresas, fuerzas armadas, burócratas o agentes
extranjeros. Pero la ficción reside en considerar que aquella entelequia
le pertenece a la población o que guía su destino. Mientras la dictadura
del capital siga vigente, el Estado continuará siendo su fiel protector,
por ende, el garante de la sumisión de la población.
Ante los lemas nacionalistas, solidaridad entre explotados.
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